La coalición entre los tecnócratas y los 'bobos': Errejón, Cs y la política que viene

La peculiar alianza entre los nuevos expertos y una nueva visión empática y abierta de la sociedad recorre el panorama político. Y también refleja muchos de sus problemas

Foto:  Íñigo Errejón. (Jorge Álvaro Manzano)
Íñigo Errejón. (Jorge Álvaro Manzano)

La afirmación gramsciana de que estamos en un instante en el que lo viejo no termina de marcharse y lo nuevo no acaba de llegar, comúnmente citada, tiene mucho de cierto en lo que se refiere a la política de los últimos años, pero también algo de falso, como si fuera inevitable que el mundo actual se desvaneciese y abriera un espacio para algo diferente. Hasta ahora, lo que hemos vivido es un instante de mezcla, en el que los dos polos, el nuevo y viejo, intentan atraer hacia sí a los electorados, y a veces ganan unos, a veces otros, pero la balanza no termina de inclinarse definitivamente hacia ninguno de ellos.

Este momento mezclado ha quedado patente en las últimas elecciones, tanto en las españolas como en las europeas. Tras los comicios, los partidos nuevos como Podemos, Ciudadanos y Vox viven momentos agridulces, mientras que los antiguos, como PSOE o PP, parecen más fuertes y lideran derecha e izquierda, aunque con mucho menos votos que antaño. En la UE, los dos bloques tradicionales también ganan las elecciones, pero se dejan muchos escaños en manos de partidos distintos, como los euroescépticos, unos renacidos verdes y los liberales.

Sin embargo, estos resultados van más allá de la coyuntura y de la mejor o peor campaña de un partido o de un bloque de ellos. Son la expresión actual de movimientos políticos y sociales subterráneos, de un deslizamiento de placas tectónicas que está encontrando reflejo en nuevas opciones electorales.

Una nueva clase social

Estos días, Taurus ha editado en España el muy recomendable 'No society: el fin de la clase media occidental', de Christophe Guilluy, un texto polémico por realista, que señala una significativa división social, la que se abre entre una población urbana, globalista, interconectada, abierta al cambio y que ocupa trabajos simbólicamente relevantes, y la de sus periferias, ya sean de la ciudad o en el mundo rural. Según Guilluy, en las grandes metrópolis, como París, Nueva York, Milán, Madrid o Barcelona, se concentra la nueva burguesía, 'cool', abierta al mundo y a la diversidad, y que está fortaleciendo un poder económico y cultural que funciona aún cuando los recursos no sean los apropiados: “Puedes vivir en París y tener un salario modesto, pero culturalmente estar integrado en el modelo dominante. El proceso de secesión se hace casi inconscientemente”. Enfrente están las clases medias en descenso, las que viven en la inestabilidad continua, los habitantes de las ciudades pequeñas, de los barrios periféricos en las grandes ciudades, el mundo rural, y en medio, jubilados y funcionarios.

Errejón representa la opción política de la burguesía bohemia: moderada, diversa, creativa, empática, ecologista, feminista y dialogante

En esta recomposición social también aparecen nuevas mentalidades políticas, que se ven bien reflejadas en los jóvenes y en las generaciones de 30 y 40 años, y que han acabado por producir nuevos partidos. De ese entorno han salido las formaciones recientes. En el caso español, de las clases medias y medias altas urbanas, liberales, abiertas culturalmente, y muy favorables a la retórica de la innovación, el cambio continuo y la iniciativa emprendedora, surgió Ciudadanos, aun cuando tenga poco que ver con ese origen en la actualidad. De la burguesía bohemia surgieron buena parte del primer Podemos, después Carmena y ahora Errejón, que la representa a la perfección: una izquierda moderada, diversa, creativa, empática, LGTBI 'friendly', ecologista, feminista y dialogante.

Las dos nuevas opciones

Por explicarlo de otra forma: frente a la pérdida de legitimidad de la política y con ella de los partidos tradicionales, han surgido nuevas opciones. En lugar de líderes grises, impositivos, que dirigían formaciones férreas y llenas de gente sin talento, y en ocasiones corruptas, estas clases demandaban otro espíritu, ligado con el talante, el diálogo y la convicción. Así nacieron dos opciones. Una la practicaban los jóvenes tecnócratas mediante el despliegue de un argumentario científico, lleno de diagramas, cifras, recuadros y porcentajes, y el abrazo de la tecnología; la otra, la desarrollaron los jóvenes bohemios, los de las clases creativas, con sus sonrisas, su energía positiva, su lenguaje posmoderno y la sensación de ir a la par de los tiempos.

Los tecnócratas apuestan por la tecnología como garante de un futuro mejor, por las mediciones y por una nueva versión del 'fin de la historia'

En realidad, la primera opción era la preferida por los inversores, los emprendedores, los empresarios más jóvenes y modernos, así como por los técnicos y trabajadores cualificados de firmas prestigiosas o que operaban en sectores de moda: era liberalismo, pero moderno y preparado. La segunda encajaba con el precariado intelectual, los universitarios, los hijos de las clases medias altas, y de las medias culturalmente avanzadas, así como con clases bajas cuyos descendientes apostaron por profesiones creativas, y con parte del funcionariado, que vio en ellos una esperanza para la izquierda.

Las clases bohemias, más decididas

Y así fue: ambas eran las opciones destinadas a construir una nueva derecha y una nueva izquierda, más modernas, abiertas y activas. Unas, más tecnócratas, apostaban por el pensamiento positivo, por la confianza en el futuro tecnológico, la adaptación al cambio, las mediciones y los algoritmos, y por una peculiar recomposición de la idea del 'fin de la historia'; ya no se trataba de que hubiéramos llegado al final del camino, sino de que estábamos, a pesar de todo, en el mejor momento del ser humano: cualquier tiempo pasado fue peor. Las clases urbanas creativas apostaban por el ingenio, la diferencia, por el talento y por las estructuras horizontales y no impositivas. En lo político, las primeras apostaban por más liberalismo a través de reformas, las segundas por una mayor solidaridad. Y su simpatía por el feminismo, el combate contra el cambio climático y el apoyo a la diversidad también variaba en intensidad, ya que las clases bohemias eran mucho más decididas en su defensa.

Los jóvenes expertos han encontrado un espacio amplio en universidades y medios de comunicación y muchos de ellos asesoran a Cs o al PSOE

Esta coalición entre los nuevos tecnócratas y los burgueses bohemios, los 'bobos', por usar la terminología francesa, es muy reconocible en España, y no solo en lo que se refiere a su participación en los cambios políticos. Hemos presenciado cómo hornadas emergentes de jóvenes expertos, con empuje y recorrido, con perfil cuantitativo, que defienden la Ilustración a la manera de Pinker, abiertamente comprometidos con el liberalismo y con la UE en su actual forma, han conseguido presencia en medios públicos, han encontrado un espacio amplio en las universidades y se han convertido en asesores de Ciudadanos o del PSOE: ellos son los nuevos expertos. La otra vertiente la representa muy bien Errejón, y por eso cuenta con muchas simpatías entre la nueva tecnocracia. El líder de Más Madrid representa una apuesta tranquila por lo verde, el feminismo, la juventud y el buen rollo que encaja perfectamente en esta visión del mundo.

El futuro es suyo

Son la nueva derecha y la nueva izquierda, más dialogantes, más positivas, más abiertas, más pragmáticas, más dadas al acuerdo, gente joven empujando para abrirse paso en sociedades cerradas, cuyas poblaciones todavía se resisten al cambio y son culturalmente retrógradas. Suyo debería ser el futuro, y por eso son tan bien acogidos en determinados ámbitos del espectro institucional y en bastantes medios de comunicación, y no solo españoles.

Son las opciones políticas preferidas por las clases medias y medias altas urbanas, por lo que su recorrido y su eficacia se circunscribe a ellas

Sin embargo, esta pretensión tiene algunos problemas. En primera instancia, porque muchos votantes se muestran reacios a adoptar las nuevas perspectivas y prefieren, por tradición o convicción, a los viejos partidos, y esto explica que el PP y el PSOE sigan liderando sus ámbitos ideológicos en España. En segundo lugar, y esto lo refleja bien Guilluy, tales opciones son las propias de las clases medias altas urbanas, ya se dediquen a lo artístico, a la gestión o a las finanzas, por lo que su recorrido se circunscribe a ellas. Son expresión de una parte de la población, la más afortunada en esa separación entre urbano y rural, cosmopolita y nacional, y clases que suben en la escala social y clases que bajan, y pueden hacer valer cierto atractivo imitativo, pero también suscitan mucho rechazo en el resto de la población. Y tercero, porque las opciones emergentes parecen circular por otro lugar, y son las derechas populistas y las extremas derechas las que están teniendo éxito en Europa.

Green New Washing

Estas dificultades no solo se tratan de elementos coyunturales, sino que también encuentran objeciones de fondo. La nueva izquierda puede ser creativa, empática, diversa y ecologista, pero no ha tocado, y el ejemplo de Carmena lo refleja, aquello que hace que el sistema funcione, lo que estructura las sociedades y lo que determina las posiciones: la economía y el poder. Y esta ausencia es curiosa, porque sin abordar este asunto, el Green New Deal se convierte en el Green New Washing.

Esta alianza entre la tecnocracia y la burguesía bohemia, que es una nueva versión de lo de siempre, es una opción políticamente inane

El otro gran problema, esencial en nuestro tiempo, es el de la geopolítica, con esas clases globales regresando a ser nacionales. EEUU y China han iniciado las hostilidades y nos conducen a un mundo que va a pelear, con el respaldo último de las armas y de las finanzas, por los recursos y la tecnología. Desde este punto de vista, la opción liberal, la del libre comercio y la cooperación entre potencias, lo tiene mucho más difícil. José María Lassalle es el primero de su sector ideológico que, en España, ha percibido la deriva antiliberal y antihumanista que se esconde en este giro, y cómo ese tipo de ideología es una amenaza realmente seria. En un mundo de potencias, músculo financiero, auge de lo tecnológico y confrontación por los recursos, este sueño de la tecnocracia 'ilustrada', por una parte, y del buen rollo, por otra, no es más que una suerte de montaña mágica, la de los barrios afortunados de las grandes ciudades europeas, en la que se está refugiando lo que una vez pudo ser. Defender el nivel de libertades y de bienestar material que todavía tiene Europa con gráficos y magdalenas no parece la mejor idea. La desigualdad aumenta, el peso de la política frente a la economía financiarizada ha decaído sustancialmente, las extremas derechas están creciendo mundialmente y, en este final de la globalización tal y como la conocimos, la UE lleva las de perder. Es tiempo de imaginar el futuro, de plantearse nuevas opciones, de estar a la altura de los retos, y más aún si se pretende construir un mundo en el que vivamos mejor. Esta alianza entre la tecnocracia de nuevo cuño y la burguesía bohemia, que no es más que un grupo de gente aplicada repitiendo las viejas fórmulas, tendrá más o menos recorrido, pero es una opción políticamente inane.

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