Rufián, ERC y el éxito de los partidos de izquierdas y de derechas

Los ejes políticos están cambiando y es cada vez más frecuente encontrar formaciones cuyas ofertas electorales aúnan posiciones ideológicas conservadoras y progresistas

Foto: Gabriel Rufián. (Kiko Huesca/Efe)
Gabriel Rufián. (Kiko Huesca/Efe)

La experiencia de ERC es significativa, no sólo por el peso que ha adquirido en el Parlamento español, sino por lo que deja traslucir de los cambios políticos en los que estamos inmersos y que probablemente se acentúen en años venideros. Estamos anclados en los ejes típicos de liberalismo y socialdemocracia, o políticas materiales contra políticas de la identidad, o nacionalismos contra globalización, pero sus líneas se están haciendo mucho más difusas.

Para entender las transformaciones, el caso de Esquerra viene muy a cuento. El partido de Rufián se declaró independentista desde hace mucho tiempo, incluso cuando Convergencia, en la época del bipartidismo, representaba al nacionalismo moderado que ayudaba a la gobernanza. El ciclo cambió con la llegada de Podemos, que fue el instante en que, coincidiendo con los efectos de la crisis, la política española comenzó su renovación. También ERC transformó su discurso en aquella época. Su manera de compatibilizar el independentismo con el izquierdismo fue peculiar, y no habría podido llevarse a cabo sin la traslación de las tesis de Podemos al territorio catalán.

La vieja España

Recordemos cómo, en sus inicios, los de Iglesias nos hablaban del agotamiento del régimen del 78, de impulsar la república, de un proceso constituyente y de la lucha contra las élites dominantes, esas que se habían perpetuado desde la Transición. España continuaba siendo la continuación sociológica de lo que Franco dejó atado y bien atado, y era el momento de que todo aquello se cambiase de una vez por todas, para que una nueva España pudiera emerger.

España era el cortijo perfecto del régimen del 78, por lo que nada podía cambiarse: se trataba de un país irreformable

Esquerra tomo aquellas ideas como propias. Les venían bien para ahondar en el soberanismo, pero también para compatibilizar la posición independentista con la izquierdista, y al mismo tiempo para que su discurso sonara a novedoso. No querían separarse de España porque fueran insolidarios, ni porque pensaran que la Historia les concedía todo el derecho, sino porque era el único camino en que se podía ser catalán y de izquierdas. Querían irse porque España era casposa, franquista, autoritaria , represora, llena de corrupción e ineficiencia, y estaba atada a una monarquía que no había entendido el siglo XXI. Nuestro país era el cortijo perfecto del régimen del 78, y el PP lo representaba mejor que nadie. Nada podía cambiarse aquí, puesto que se trataba de un país irreformable, de modo que la única solución para avanzar en una sociedad más progresista y justa era decir adiós. Ellos sí iban a construir la III República, y lo harían con las armas de la democracia. Aquel “queremos votar” que tanto repitió Podemos en sus inicios fue recogido plenamente por Esquerra.

El PP y España

Todas aquellas características que Podemos atribuía al PP, entonces en el Gobierno, Rufián y Tardá las trasladaban a España. Ambos partidos acogieron el mismo argumento, la oposición al poder existente, el régimen del 78, sólo que sus soluciones eran diferentes. Mientras unos se fijaban como objetivo echar a los populares, los segundos afirmaban que el único camino era la separación.

En ese trayecto, ERC cada vez ocultó más su componente izquierdista, el relacionado con lo material, y priorizó el identitario

Los hechos posteriores al 1-O reiteraron a ERC en su posición, aunque con un nuevo planteamiento. La independencia unilateral, esa que quisieron forzar con las 155 monedas de plata, quedó sepultada con la entrada en prisión de varios de sus líderes. Desde entonces, el objetivo principal ha sido la liberación de los presos, cuya situación es la mejor expresión de un poder opresor, el español, que “nos pega y nos encarcela por querer votar”.

La fuerza dominante

En ese trayecto, ERC cada vez ocultó más su componente izquierdista, el relacionado con lo material, y priorizó el identitario. Gracias a ello cogió mucha fuerza electoral, y de no ser por la figura de Puigdemont estaría gobernando Cataluña, algo que todo apunta que ocurrirá en las próximas elecciones. ERC no tenía ningún problema en pactar con la derecha catalana ultraliberal si eso ayudaba en el proceso, pero cada vez tomaba más distancia de la izquierda española, a la que ha tratado con enorme condescendencia.

Rufián ha criticado en Twitter a la “true left de caviar” y ha menospreciado a Óscar Guardingo por haber sido liberado sindical

Por supuesto, ERC también ha hablado de estado del bienestar y de la sanidad y la educación públicas, pero han sido mensajes mucho menos presentes en sus discursos si los comparamos con el espacio que han dedicado a Franco, al Rey y a los presos (la independencia es algo que se menciona poco ya). Incluso, en estos días, Rufián ha tenido varias polémicas con quienes le han cuestionado su posición política. Algunas en persona, como con Monedero en la presentación del nuevo libro del portavoz parlamentario de ERC, ‘Ser de izquierdas es ser el último de la fila (y saberlo)’, y otras a través de Twitter, donde ha criticado a la “true left de caviar”, o a Óscar Guardingo por haber sido liberado sindical. Incluso finalizó un cruce de tuits con Iván Gil acerca de su filiación política lamentándose de “que aún seamos sospechosos de no ser de izquierdas en ese lugar...En fin”.

De izquierdas y de derechas

Tiene algo de razón Rufián, porque son un partido de izquierdas, pero también lo son de derechas, en el sentido de que compatibilizan esa defensa de los derechos sociales y del estado del bienestar típica de los partidos progresistas, con el cierre nacional y la defensa de la bandera, un marco habitual de las derechas. Y gracias a esa priorización de lo identitario, están liderando el bloque procesista (más que independentista, como bien puntualiza Guillem Martínez).

El triunfo de la socialdemocracia danesa se ha producido justo después de que haya apoyado medidas muy duras contra la inmigración

Esa mezcla de izquierda y derecha en un mismo programa no es una cuestión catalana, sino que resulta cada vez más frecuente en la política internacional. El reciente triunfo del partido socialdemócrata en Dinamarca, así como la caída de la extrema derecha danesa, se ha producido justo después de que los socialistas hayan apoyado medidas muy duras contra la inmigración. En Suecia, los socialdemócratas compatibilizan la defensa del estado del bienestar con una posición bastante hostil respecto de los inmigrantes. Y en el sur de Europa han sido los partidos de derecha los que han envuelto en la bandera medidas materiales propias de la izquierda, como ha ocurrido con Le Pen y Salvini.

Romper por arriba

Esta clase de partidos son una muestra de cómo están alterándose y mezclándose los mensajes, y de cómo se está tejiendo de nuevas formas el eje nacionalismo/ globalización. En este escenario diferente, hay países, como EEUU o Reino Unido, que están rompiendo el mundo global por arriba, desatando los lazos que les unían a otros Estados porque afirman que esas alianzas les perjudican. EEUU, en su pugna con China, cree que reescribiendo las reglas con los exsocios tendrá mucho más recorrido, más músculo comercial y más posibilidades de contener al país asiático; el Reino Unido piensa que sin la UE le irá mucho mejor, en parte porque establecerá relaciones más fuertes con EEUU, en parte porque no se verá sujeta a las normas europeas. La idea de la independencia catalana, como la de la vieja Lega, parte de premisas similares: se trata de una región con más recursos que otras partes de España, por lo que los independentistas entienden que alejándose de una España vieja conseguirán una vida mejor, en especial porque no tendrán que cargar con el coste de compensar a regiones más atrasadas.

Ofrecían una visión transversal, ligada a la fortaleza nacional, hacia la que atraían a clases populares y a medias en declive

En estos entornos, las opciones políticas que han triunfado han sido de derechas, con programas económicos neoliberales, pero cuya promesa de mejora también incluía a los perdedores, a los que se les aseguraba protección: no perderéis vuestros trabajos, porque las fábricas no se irán fuera y cerraremos las fronteras a los inmigrantes. De este modo ofrecían una visión transversal, ligada a la fortaleza nacional, hacia la que atraían a clases populares y a medias en declive. Algo de esto hay también en el giro de las izquierdas del norte de Europa: el deterioro de su estado del bienestar, poderoso todavía pero cada vez más reducido, es atribuido a los extranjeros que llegan al país a buscar trabajo, de modo que la mejor manera de mantenerlo, y de proteger a su gente, es endureciendo las condiciones. Se trata de una posición política muy alejada de la típica de su estrato ideológico, pero que les ha funcionado.

Al convertir la lucha de clases en lucha de Estados pueden tejer sin contradicción programas ideológicamente híbridos

El sur de Europa es diferente, porque los efectos de la crisis han sido profundos. La ruptura de las alianzas existentes se argumenta desde la necesidad de alejarse de socios más poderosos que les están perjudicando. La idea de fondo, como subrayan Le Pen o Salvini, es que la UE está explotando a sus países y que si se separan conseguirán más recursos y con ellos podrán satisfacer las necesidades de sus nacionales. Esta es también la postura catalana. En lugar de Bruselas, es Madrid la responsable de que no les vaya bien, pero el escenario es muy semejante: con la separación tendrán más recorrido, dispondrán de más recursos y podrán ayudar a su población.

Ambas perspectivas, que ofrecen protección y seguridad por caminos diferentes, son vías de resolución a través de la de la tensión entre Estados lo que antes pertenecía a las clases: hay lucha de naciones, no de clases. Por esos sus programas se hibridan y pueden ofertar sin contradicción soluciones provenientes de distintas ideologías, lo que expresa de un modo palpable cómo se está construyendo una política diferente. El proceso sigue abierto.

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