"¿Y nosotros, qué?": Madrid Central revela el futuro de la política española

La capital se ha convertido en una batalla entre las dos opciones políticas dominantes en España. Pero lo que pasa en Madrid Central no se queda en Madrid Central

Foto: Entrega de firmas para mantener Madrid Central. (EFE)
Entrega de firmas para mantener Madrid Central. (EFE)

Madrid Central continúa siendo una batalla entre la derecha y la izquierda, hasta el punto de que se ha convertido en un símbolo. Por una parte se argumenta que es un perjuicio para los comerciantes de la zona, que produce dificultades de movilidad y que no rebaja la contaminación, además de que se pierden los típicos atascos nocturnos: esto es lo que defienden las dos derechas y la derecha ciudadana reunida en torno a Albert Rivera. Por otro lado, se insiste en que permite tener una zona central en Madrid más habitable, mejor equipada para el turismo, que brinda más espacio a los peatones y que mejora mucho la calidad del aire. Esta última es la visión que defienden Pablo Iglesias, Errejón, Garzón, Carmena, el PSOE y esa parte de Cs que alaba a Toni Roldán, quien este martes se manifestó en contra del fin de Madrid Central.

Pero Madrid Central es otra cosa, más allá de la lucha contra la contaminación o de que el centro quede más o menos bonito para ser paseado: representa bastante bien las dos formas de pensar ideológicamente dominantes hoy y constituye un aviso de la brecha política que se está abriendo, entre arriba y abajo y dentro y fuera, que irá haciéndose más profunda en los próximos años.

Lo decisivo

Vaya por delante, para no caer en ese pecado del que todo el mundo abomina hoy y que denominan equidistancia, que me parece muy bien el cierre de Madrid Central, que respiramos un aire lamentable y que todas las iniciativas sensatas para mejorarlo tendrán mi apoyo. Pero esto es lo de menos, como en el fondo esta tensión entre las derechas e izquierdas dominantes es mucho más simbólica de lo que parece. Lo decisivo para el futuro circula por debajo de estas tensiones.

Barrios como Malasaña, Chueca o Lavapiés han salido beneficiados con el cierre de Madrid Central

Para entender esta brecha ideológica, hay que comenzar por un imprescindible repaso geográfico. Madrid Central contiene barrios como Chueca, Lavapiés, Malasaña o Las Letras, que están de moda y que han sido mayoritariamente ocupados por hijos de las clases medias y medias altas, que son quienes pueden pagar los precios cada vez más elevados de sus alquileres. Son gente que ha optado por otro tipo de vida, alejada de sus barrios de origen y cuya sociabilidad ha quedado reconstruida a partir de sus elecciones. Se han ido a vivir a barrios en los que residen sus amigos, con locales y tiendas que les gustan, con una oferta de ocio atractiva y en cuya estética se reconocen. Cada una de estas zonas cuenta con una oferta de vida distinta, pero en todas ellas sus habitantes tienen puntos de conexión. Unas apuestan más por la diversidad sexual, otras reúnen a los hípsteres, en otras residen personas más concienciadas políticamente, pero esa identidad es parte esencial del atractivo del barrio. En general, en esas zonas, antiguos barrios pauperizados que se gentrificaron, suele ganar la izquierda, y la mentalidad dominante es progresista, con su defensa de la diversidad sexual y étnica, del feminismo y del ecologismo. Todos estos barrios, hay que subrayarlo, han salido beneficiados con el cierre de Madrid Central.

Los nuevos negocios

Estos barrios reconfigurados han creado nuevos entornos, tejidos mucho más por la afinidad que por lo geográfico, que destacan por su vitalidad, también empresarial. Las lógicas de consumo de sus residentes no encajan bien con las de los centros comerciales o las grandes cadenas, pero tampoco con las viejas tiendas de proximidad, por lo que han surgido todo tipo de pequeños negocios que ocupan ese espacio nuevo, desde peluquerías a tiendas de moda o de muebles, librerías y tiendas de discos, panaderías con 'cupcakes', cafés o tiendas de comida para llevar.

No son negocios pensados únicamente para ganar dinero, también son una fuente de identidad y autonomía personal para sus propietarios

Lo llamativo de estos nuevos barrios es que reproducen la vitalidad y el tejido social, así como las redes comerciales, de los antiguos. Los pequeños empresarios de esas zonas son una recreación moderna de aquel deseo de mantener la posición social o de mejorarla a través de los pequeños negocios. Hasta ahora, que quizá sea el momento en que entren grandes cadenas, algunos de esos barrios son una sucesión de tiendas y bares, en los que arriesgan su capital (o el prestado por la familia) emprendedores jóvenes que hacen de la actualización de los viejos comercios su seña primera. Por tanto, no hablamos de negocios únicamente pensados para ganar dinero, sino que también son para sus propietarios una fuente de identidad y de autonomía personal.

La “nostalgia del futuro”

Desde este punto de vista, estos barrios encajan muy bien en las dinámicas generales de la gentrificación, aunque esto puede observarse desde otro punto de vista, ese que Errejón (en el prólogo al libro ‘Qué hacer en caso de incendio’) denomina “nostalgia del futuro”, y en el que “se mezclan la fascinación por la innovación tecnológica y el futuro con la añoranza de una calidad de vida, de relacionarse, de comer o de ocio que asociamos con un modo de vida de un pasado a veces idealizado, alejado del frenesí y la cultura de lo inmediato y lo efímero hoy reinante, y en el que se valorizan los placeres lentos o ancestrales que estaríamos perdiendo”.

La posición privilegiada de los ricos se asienta también en su invisibilidad para el resto de la gente y en elegir con quiénes y cuándo juntarse

Fuera de Madrid Central encontramos formas de vida muy diferentes. Por ejemplo, las clases altas residen en urbanizaciones exclusivas de las afueras o en pisos de lujo en el centro, y se reúnen en clubes y espacios privados en los que apenas tienen contacto con gente que no sea de su estrato social, porque parte de su posición privilegiada se asienta también en su invisibilidad para el resto y en elegir con quiénes y cuándo juntarse. Las clases medias altas, y las medias con pretensiones, suelen vivir en urbanizaciones de nueva creación cuyos espacios están diseñados para que existan escasas interacciones entre sus habitantes y mínimas con el exterior, y sus encuentros se producen en sus locales de referencia o en los centros comerciales. Su vida consiste en ir desde el centro de trabajo hasta la urbanización y suele hacerse en coche; sus compras tienen lugar en hipermercados o por internet, y su vida en común, especialmente si tienen hijos, rara vez les arroja fuera de su entorno social. Hay otra clase, aunque esta con características muy especiales, que tiene redes propias, como es la de los inmigrantes, que tienden a unirse con personas de su mismo origen geográfico, con sus partidos de fútbol de los fines de semana y sus reuniones en parques públicos a pasar la tarde cuando hace buen tiempo, o en sus locales, cuyo número va en aumento en nuestra ciudad.

El otro Madrid

Pero fuera de estas clases sociales, las de Madrid Central, las altas y las medias altas, estamos todos los demás, y lo cierto es que la vida en la gran ciudad para nosotros deja mucho que desear. Los precios de los bienes básicos, incluida la vivienda, son cada vez más elevados, los comercios de barrio cierran (subsiste algún supermercado de alguna gran cadena, las peluquerías, la panadería, unos cuantos bares y las tiendas de los chinos), las prestaciones públicas dejan mucho que desear y su localización nos obliga a gastar una parte importante del día en el desplazamiento hacia el puesto de trabajo, si es que tenemos; el transporte público es desastroso si no vives en el mismo centro de la ciudad, y es directamente un infierno si tienes que coger el Cercanías o el metro a primera hora de la mañana (y más ahora que han comenzado con la disminución de las frecuencias de paso), y los autobuses tardan la vida, con lo que perdemos muchas horas absurdamente.

Las dos opciones políticas de nuestra época, el neoliberalismo y el progresismo, han sido creadas en los barrios ricos y en Madrid Central

Este momento del capitalismo lo está bifurcando todo, con su sociedad de dos velocidades, y también ocurre en el aspecto geográfico: hay ciudadelas, por utilizar el término empleado por Christophe Guilluy, que poseen vida autonóma, y cuyas necesidades económicas y sociales quedan satisfechas en sus espacios, y después estamos los demás. Se nota políticamente, porque las dos grandes opciones políticas de nuestra época, la derecha y la izquierda, el neoliberalismo y el progresismo, han sido creadas o en esas urbanizaciones para ricos y para las clases medias altas, que es donde arraigan las primeras, o en los espacios a lo Madrid Central, que es donde las opciones progresistas nacen y se expanden. Las ideologías surgen y responden a las necesidades de esas clases y a la visión del mundo que tienen, y así ocurre con la gestión municipal: unos se dedican a favorecer a sus barrios y a hacer obras y privatizar para abastecerlos de recursos, y los segundos a mejorar los suyos, y a hacer obras y fiestas que satisfagan a sus clientes políticos.

El exotismo del barrio

A menudo se cita elogiosamente la vida en los barrios, incluso en los populares, pero forma parte de ese exotismo que últimamente se ha puesto de moda con el mundo rural y la España vaciada. Las derechas dicen que el campo es estupendo y que está lleno de buenos españoles que cazan y a los que les gustan los toros, pero sus medidas están arruinando la agricultura y la ganadería nacionales, y la globalización que defienden les ha dejado sin industrias; las izquierdas se imaginan un futuro ideal con un campo lleno de emprendedores ecológicos e hiperconectados por la red, pero los programas que imponen alejan sus fantasías de cualquier realidad.

Las izquierdas no les prestan atención porque en esos barrios hay mucha gente retrógrada, con mentalidad machista, racista y antiecologista

Con los barrios ocurre igual, todavía perduran en la memoria de mucha gente, pero muchos de ellos preferirían no volver a pasar jamás por ellos. No son la España vaciada, pero sí la olvidada: las derechas no se preocupan por los lugares en los que viven las clases medias empobrecidas o las populares, porque como su ideología divide a los seres humanos entre gente exitosa o fracasada, es decir, quienes triunfan por sus propios méritos o personas a las que les va mal porque no han sabido actualizarse y porque sus inercias les impiden salir de su zona de confort, tampoco piensan que estaría bien hacer algo por mejorar los lugares en los que viven: que se busquen la vida. Las izquierdas tampoco les prestan mayor atención, porque en esos barrios hay mucha gente retrógrada, con mentalidad machista, racista y antiecologista, y son una fuente de voto reaccionario, de modo que tampoco es necesario prestarles mucha atención: que cambien de forma de pensar.

Solo para Madrid Central

Esta mirada, que se plasma en la diferencia de inversión entre Madrid Central y los barrios bien, por una parte, y los de clase media empobrecida y los populares, por la otra, es también una causa de que el gobierno de la ciudad haya regresado a la derecha. Todo aquello que vemos en Madrid Central, desde la calidad del aire a la sociabilidad pasando por los pequeños comercios o el transporte público que funciona, no está presente en el resto de los barrios (más al contrario), por lo que es lógico que sus residentes se pregunten “¿y nosotros, qué?” y no vayan a votar o voten a un partido distinto del que gobierna.

Estamos en época de transformación social, con nuevas fuerzas emergiendo, con cambios culturales y económicos profundos derivados del declive de las clases medias y de las trabajadoras y de sus valores típicos. Ese vacío que dejan las derechas y las izquierdas, es decir, el neoliberalismo y el progresismo, será ocupado por alguien. Podéis apostar que así será.

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