Por qué regresa justo ahora la soberanía nacional: una visión desde la 'realpolitik'

El auge de las opciones nacionalistas suele atribuirse a las extremas derechas occidentales, pero analizar el asunto desde esa perspectiva supone no ver el mapa de nuestra época

Foto: Isabel II, Trump, Melania Trump, Angela Merkel y Mark Rutte, el pasado junio. (Reuters)
Isabel II, Trump, Melania Trump, Angela Merkel y Mark Rutte, el pasado junio. (Reuters)

Los cambios sociales raramente se han producido de golpe. La mayor parte de las transformaciones son procesos que duran años, y solo mirando hacia atrás cuando se ha avanzado en el camino puede apreciarse la magnitud de los cambios. Hoy estamos en una de esas épocas, y es natural que existan movimientos para recolocarse en el nuevo mundo.

El asunto de la soberanía nacional contra la globalización refleja con bastante nitidez estas transformaciones, pero suele manejarse de manera tramposa. En primera instancia, porque se señalan como posiciones excluyentes, o nacionalismo o globalismo, y sobre todo porque se obvia aquello que configura la política real. Un país es soberano no solo cuando posee una arquitectura institucional, normas propias, una población y un territorio, entre otras cosas indispensables, sino cuando posee la capacidad de ejecutar sus propias decisiones. Es decir, cuando cuenta con la legitimación interna precisa y con la fuerza necesaria para evitar las intromisiones externas. Sin ellas, las decisiones que se tomen serán frágiles, porque siempre estarán expuestas a ser cercenadas.

Una soberanía menor

Esto es fácil de entender con un ejemplo, Cataluña. El intento de secesión era imposible porque los independentistas carecían de todo aquello que se precisa para ser un país soberano: ni ejército, ni dinero, ni estructura, ni apoyo interno mayoritario ni, desde luego, un poderoso aliado exterior que les respaldase en su intención. La gran ficción soberanista catalana consistía en pensar que yendo a votar se solucionaba todo, un poco a la manera de Paulo Coelho, como si bastara con desearlo a nivel colectivo para que todo se tornase real. No es así, el voto indica una voluntad, pero luego están la potencia y los medios que se pueden aplicar para que ese deseo se traduzca en hechos. No ocurre solo en territorios que pretenden la independencia, sino en Estados teóricamente soberanos, y Tsipras puede atestiguarlo. Y la redacción actual del art. 135 de nuestra Constitución es también buena muestra.

El mundo, como de costumbre, está interrelacionado, y hoy más que nunca. Las posiciones nacionalistas puras apenas existen

Pocos Estados en el mundo cuentan con esta clase de soberanía y el resto, como España, suelen establecer alianzas con otros países para obtener el poder del que carecen o la protección que es necesaria. El mundo, como de costumbre, está interrelacionado, y hoy más que nunca. Las posiciones nacionalistas puras, autárquicas, no existen.

El trilema

Desde esta perspectiva se puede resolver el trilema de Rodrik, ese que subrayaba que no se pueden tener a la vez globalización económica, soberanía nacional y democracia. Lo cierto es que EEUU ha contado con las tres durante mucho tiempo. Es un país democrático, por más que la calidad de su sistema muestre fallas, tiene soberanía nacional a espuertas y la globalización económica le ha favorecido enormemente, en especial a sus mayores empresas. Un buen ejemplo es la última generación de estas, las grandes tecnológicas, con Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft adquiriendo un papel muy relevante en el mundo.

El regreso a la soberanía está aquí porque lo han traído EEUU, China y Rusia, pero también porque Alemania y Francia se mueven en el mismo marco

Gracias a esta situación, EEUU ha vivido muy cómodo en las últimas décadas, al menos hasta que emergió China como rival. El giro geopolítico actual tiene que ver con unos EEUU que tratan de ganar más poder para derrotar a la potencia emergente. Pero, al hacerlo, ha devuelto el nacionalismo al primer plano: regresan el proteccionismo, la importancia de las banderas y del nosotros y la pelea en clave nacional, lo que también supone la reescritura de las reglas de lo que fue la globalización.

La política reaccionaria

Lo sorprendente es que el discurso del nacionalismo y la soberanía ha sido difundido como una apuestas peligrosa de sectores políticos reaccionarios que impulsa el riesgo real de que las sociedades viren hacia regímenes mucho menos democráticos. Serían, según estas versiones, las extremas derechas, las derechas populistas y los rojipardos los responsables de introducir ideas muy dañinas en la sociedad. Pero esa versión solo funciona si vaciamos la realidad. El regreso a la soberanía está aquí porque lo han traído EEUU, China y Rusia, pero también porque Alemania y Francia se mueven en el mismo espacio. El reciente reparto de puestos en la UE ha demostrado una vez más que alemanes y franceses han pensado mucho más en sí mismos que en resolver los problemas europeos, en afianzar sus posiciones y perseguir sus intereses mucho más que en construir una UE que nos sirva a todos.

La UE es el mejor camino para que los europeos disfrutemos de la democracia y del Estado del bienestar. Al menos, en abstracto

Esta afición de las grandes potencias a pensar primero en sí mismas es un problema serio para Europa y más todavía para España. Nuestro país ha delegado parte de su soberanía en la UE, y en aspectos no menores, como el monetario, como contrapartida necesaria para una alianza que nos haría bastante más fuertes. En abstracto, la UE es una buena opción en lo cultural y en lo estratégico, y debería ser un instrumento útil para afrontar muchos de los retos que vienen. En este contexto de lucha entre EEUU y China, una Europa soberana, que fuera una potencia real, que contase con fortaleza interna y externa sería la mejor solución. Por el potencial de nuestro continente, por nuestra cultura y por nuestra capacidad para construir una fuerza diferente, pero también porque es el mejor camino para que los europeos podamos disfrutar en el futuro de una sociedad democrática y cohesionada y con un Estado del bienestar sólido como modelo.

Las dos debilidades

Es una buena idea, pero no basta con eso. Se precisan concreción, voluntad y medios para llevarlas a la práctica. Y es aquí donde reside el verdadero problema, ya que esa asociación que es la UE se ha convertido en una potencia frágil, ya que su fuerza exterior es escasa y su cohesión interior muy débil. En varios sentidos, pero fundamentalmente en dos: porque las clases medias y trabajadoras de la UE han sido las grandes perdedoras de la globalización y están en declive, lo que está construyendo fuerzas sociales diferentes, y porque hay tensiones sustanciales en Europa entre países y bloques de países que impiden una dirección común. A ello se suma la ausencia de ejército europeo y una posición financiera que genera dudas.

La vuelta a la soberanía se vincula a Italia o a la extrema derecha francesa, pero eso obvia la realidad: la secesión se ha producido por arriba

Con todos estos factores, nacidos de una doble ruptura, la de los países grandes de la Unión pensando más en sí mismos que en la fortaleza de la UE, y el de las clases altas europeas ampliando la desigualdad, se conforma un clima en el que es inevitable que el nacionalismo reaparezca. Las asociaciones entre Estados se mantienen o porque la mayoría de los socios sacan partido o porque no se percibe una opción mejor. Y ya no es el caso.

Los países poderosos

Una vez más, solemos malentender este movimiento, en el sentido de que esta vuelta a la soberanía nacional se vincula a países como Italia, o a la extrema derecha francesa o a Orbán, lo que obvia la realidad primera: la secesión en esta época se está produciendo por arriba. Es EEUU quien ha roto los consensos de la globalización, es el Reino Unido el que se ha marchado de la UE, y son regiones ricas, como Cataluña, las que quieren separarse de sus Estados. En el ámbito europeo, Alemania sigue pensando en términos nacionales mucho más que en la Unión. Este regreso a la soberanía es el deseo de los países poderosos de serlo más aún en un momento de gran competencia entre ellos, y para ese objetivo modifican las reglas o establecen alianzas diferentes.

El regreso a la soberanía se está planteando como la reescritura de las reglas y de las alianzas entre países, no como una apuesta autárquica

Lo cual lleva a que otros Estados quieran hacer lo mismo. El regreso a la soberanía no está planteándose como el aislamiento de los Estados del orden global, como una suerte de vuelta a la autarquía, sino como la reescritura de las reglas y de las alianzas establecidas. Esto es el Brexit, la ruptura del Reino Unido con la UE y la construcción de un vínculo (todavía) mayor con EEUU. Está ocurriendo en Europa de una manera evidente, ya que el grupo de Visegrado tiene afinidades obvias con los EEUU de Trump, e Italia ha firmado un acuerdo con China acerca de la Ruta de la Seda el mismo día que Bruselas declaró a la potencia asiática “enemigo comercial estratégico”. Cada país comienza a pensar si los lazos actuales les convienen o no, y si otros nuevos resultarían más beneficiosos.

Lo esperable

En gran medida, esto tiene muy poco de ideológico, y mucho más de político, es decir, de operar sobre las condiciones dadas. En el caso de la UE es evidente: cuando las alianzas son frágiles porque no cumplen el propósito que se espera de ellas, porque hay más perjudicados de los previstos o porque aparecen otras opciones, las grietas empiezan a reproducirse, los socios cuestionan la dirección del colectivo o el reparto del poder y los recursos comunes, amenazan con marcharse o taponan con firmeza las iniciativas que no les benefician directamente aunque sean positivas, entre otras reacciones. Esto, que es frecuente en todo colectivo, está ocurriendo también en la Unión, lo cual facilita que fuerzas externas se aprovechen de esta debilidad interna para generar divisiones o atraer posibles socios. EEUU y Rusia están en ese juego, como lo está China.

Se están conformado fuerzas sociales que son difíciles de entender desde el punto de vista del típico eje izquierda/derecha

En Occidente, además, esa posibilidad de reescritura de reglas y alianzas encuentra un apoyo político firme en unas clases sociales deterioradas, como las medias y las trabajadoras, que entienden, con razón, que ellas han sido las grandes perdedoras del orden global. Se conforman así fuerzas sociales que son difíciles de entender desde el punto de vista del eje izquierda/derecha típico, pero que son potencialmente movilizables a partir de nuevos resortes discursivos. En Europa, fue la derecha la que abrió esa puerta, con formaciones hostiles a Bruselas que cuestionaban el orden existente porque estaba deteriorando su cultura y sus tradiciones, porque favorecía una inmigración que quitaba los trabajos a los nacionales y que deterioraba su Estado del bienestar. Estos argumentos son usuales en la Europa del norte, la más rica, pero también han penetrado en el sur con bastante éxito. El regreso a unas fronteras sólidas y la ruptura del orden actual en la UE contiene para estas fuerzas políticas la promesa de acabar con los males que debilitan sus países.

Y ahora, la izquierda

Sin embargo, esa opción también está abriéndose paso en la izquierda. Hasta ahora, las fuerzas progresistas eran proUE por convicción y por cultura (y las que no, tomaron nota de la experiencia de Tsipras). Ahora empieza a ser diferente, porque la idea de que el marco de la Unión impide desarrollar políticas de izquierda, de que deberían renegociarse las reglas de juego en la UE para tener margen de acción o de que habría que recuperar la soberanía monetaria, está ya presente. El eje político actual es cada vez más soberanía nacional/globalismo, y esa tendencia se va a hacer más profunda a izquierda y derecha, porque existen fuerzas sociales perdedoras proclives a ese mensaje y porque unos y otros encuentran en este cambio de las reglas de juego un elemento indispensable para la solución a los problemas.

La Historia nos demuestra que las potencias en declive empiezan su caída a partir de una dirección ineficaz y torpe

Todo esto, sin embargo, resultaría políticamente irrelevante si la misma Unión no estuviera dando alas a estas posturas. Se puede acabar con las tentaciones soberanistas fácilmente y la solución no tiene mucho misterio. Bastaría con fortalecer la UE, que se decidiera a ser una potencia real y con influencia, que fijase un mejor reparto interno de poder y recursos y que fortaleciese económica y socialmente a sus clases medias y a las trabajadoras. Tan sencillo como eso, y tan difícil que ocurra hoy. Estamos en el momento María Antonieta de las élites europeas, y ese es el principal problema, la incapacidad para tomar las decisiones adecuadas y, con ella, el refuerzo de aquellas opciones que quieren combatir. Ha sido usual en la Historia, porque las potencias en declive empiezan su caída a partir de una dirección ineficaz y torpe y es probable que lo estemos repitiendo, de modo que habría que enfocar la retórica sobre los demonios nacionalistas desde otra perspectiva, porque su existencia no es más que el efecto políticamente esperable a la falta de visión de los líderes y al momento global. Se puede culpar a los viejos y obsoletos que votan a la derecha nacionalista, a los rojipardos, a los deplorables, o a los racistas y xenófobos, pero es enfocar el asunto desde el lado equivocado. Quienes reaccionan a las deficiencias del sistema no pueden ser más responsables que quienes las provocan. No podemos olvidar que la política no se hace en el vacío, sino que tiene lugar en un momento histórico concreto que ofrece posibilidades concretas, y que sin una lectura desde la ‘realpolitik’ entenderemos mucho peor lo que está ocurriendo.

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