La pinza del PSOE a Pablo Iglesias

El extraño caso de La Rioja es un buen ejemplo de cómo Sánchez está utilizando las debilidades internas de Podemos para fragilizar a su oponente en las negociaciones

Foto: Pablo Iglesias.
Pablo Iglesias.

La investidura fallida de la socialista Concha Andreu en La Rioja es bastante extraña, por los giros inesperados y por la ausencia de una explicación razonable. Los 15 diputados que el PSOE obtuvo, junto con los dos de la coalición Podemos-IU-Equo, garantizaban mayoría absoluta. En los días posteriores a las elecciones, Raquel Romero (Podemos) y Henar Moreno (IU) afirmaron que Concha Andreu sería la nueva presidenta “salvo que una catástrofe natural lo impidiera”.Sin líneas rojas, y con un planteamiento programático encima de la mesa, todo parecía bien encaminado. Y era lógico, porque durante toda la campaña Andreu y Moreno habían mostrado una especial cercanía, y porque negar el sí al PSOE después de décadas de gobierno popular en La Rioja suponía el suicidio como partido.

Pactaron el reparto de la mesa del Parlamento con total acuerdo e iniciaron conversaciones para acordar cuál sería la presencia de Unidas Podemos en el Gobierno. Las negociaciones estaban muy avanzadas y todo parecía seguir el camino previsto hasta que aparecieron los bautizados como ‘hombres de negro’, Francis Gil y Mario Herrera, venidos de Castilla-La Mancha para renegociar los acuerdos. Fue una irrupción llamativa, además, porque venían de fracasar en Aragón, donde Lambán se había negado a sentarse a la mesa con Gil, y porque no quedaba claro quién los había enviado. En todo caso, aterrizaron en Logroño y dinamitaron los acuerdos.

¿Quién los trajo?

Todo suena raro, porque los nuevos negociadores no podrían haberse puesto a la cabeza de las conversaciones si no contaran con el respaldo adecuado. Una de las hipótesis es que se les había enviado desde Madrid con el objetivo de conseguir el máximo número de puestos para los morados, o, en su caso, para lanzar un aviso a Sánchez de lo que podría ocurrir a nivel estatal en el caso de que se resistiera a concederles el poder que necesitaban. Iglesias ha negado repetidamente esa hipótesis, y ha señalado como posible explicación una cierta inestabilidad emocional de su diputada, que estaría tomando decisiones por su cuenta. Alberto Garzón, socio de Iglesias, respaldó a la diputada de IU, Henar Moreno, cuando abandonó la coalición con Podemos, y cuando fue especialmente dura con Raquel Romero en la investidura fallida.

La situación en La Rioja deja en evidencia la debilidad estrutural de Podemos, ya provenga de una puñalada trapera interna o de la simple rebeldía

Pero eso no resuelve la cuestión, porque si los ‘hombres de negro’ se hicieron cargo de las negociaciones, y no fue Iglesias quien lo ordenó, alguien tuvo que hacerlo. Otra versión señala las tensiones internas en Podemos La Rioja como las causantes del giro, y afirman que fue el líder de la formación riojana, Kiko Garrido, el instigador real, pero eso tampoco explicaría por qué en los primeros momentos hubo alfombra roja para el PSOE y después se hizo todo lo posible por dinamitar los puentes. Sea como sea, la situación en La Rioja, deja en evidencia la debilidad estrutural de Podemos, ya provenga de una puñalada trapera interna o de la simple rebeldía de un verso suelto.

La escenificación perfecta

El pasado jueves, el día que se hacían públicos los resultados de la consulta interna de Podemos sobre las opciones de pacto con el PSOE, y en el que más de 200 personas del ámbito de la cultura hicieron público un manifiesto para exigir un acuerdo entre UP y PSOE, Pedro Sánchez concedió una demoledora entrevista a La Sexta en la que atacaba sin piedad a Iglesias. Hubo un inciso en la conversación, justo el tiempo necesario para presenciar cómo Raquel Romero negaba su apoyo al PSOE en La Rioja. No era un asunto menor, porque uno de los reproches de Sánchez a Iglesias era que no controlaba a su partido y que por tanto no podía ofrecer las garantías de lealtad exigible a un socio, especialmente en asuntos tan relevantes como Cataluña. No fue casualidad, porque la entrevista tuvo lugar en directo justo a la hora en la que se iba a producir el no de Romero. Aquello significaba la perfecta escenificación de lo que Sánchez estaba subrayando.

Debilitar al oponente para obtener ventajas es un juego usual en la política, y Podemos tiene muchas zonas vulnerables que el PSOE está explotando

Sánchez eligió ese momento para golpear duro, y era esperable. Debilitar al oponente para conseguir ventajas es un juego usual en la política, y Podemos tiene muchas zonas vulnerables que el PSOE está explotando. La utilización del extraño caso de La Rioja forma parte de un escenario en el que también están presente la promoción de Errejón como futuro líder de la izquierda, la amenaza de que ponga en marcha un partido, Más País, para que concurra a una hipotética repetición electoral, la creación en el Senado del grupo Izquierda Confederal, en el que se han integrado Más Madrid, Compromís, Adelante Andalucía, Més per Mallorca y Catalunya en Comú o las continuas críticas de Teresa Rodríguez a la dirección.

El paso atrás de Iglesias

El partido antes conocido como Podemos se ha partido en tres, los partidarios de Errejón, los anticapitalistas y el núcleo de Iglesias. El plan del líder morado para recuperar terreno y asentar la posición de los suyos es alcanzar una presencia institucional bien visible, porque nada cohesiona internamente tanto como tener poder. En ese contexto, Iglesias sabía que resultaba prescindible, ya que lo importante es dejar bien situados a los suyos, comenzando por Irene Montero, para que en un tiempo puedan heredar el partido. Eso explica su paso atrás para facilitar el acuerdo, que es también consecuencia de su debilidad interna.

Además de una posible recesión que todo el mundo está anticipando, el escenario en general es poco favorable, y menos desde las elecciones europeas

En ese juego estamos, y habrá más movimientos de aquí a la investidura. En esta pugna confluyen dos visiones temporales, la lucha por la subsistencia de Iglesias y los suyos, y la mirada más a largo plazo de los socialistas, que son conscientes de que van a necesitar otros apoyos: pronto llegarán las sentencias del procés y habrá de afrontarse el problema catalán, y los presupuestos, y bastantes más desafíos en una legislatura que no será sencilla. Hay que insistir en que más allá de una posible recesión que todo el mundo está anticipando (llevan tiempo diciéndolo y alguna vez acertarán, aunque sólo sea por aquello de que un reloj parado da bien la hora un par de veces al día), el escenario en general es poco favorable, y menos desde las elecciones europeas.

Un socio frágil y dócil

La UE pinta mucho en esto y lo que han llegado desde allí son malas noticias. Macron y Sánchez se reunieron en el Elíseo para pactar una alianza contra la extrema derecha, pero ha sido el Grupo de Visegrado el que ha decidido en última instancia la presidencia de la Comisión; iban a ser la punta de lanza de una nueva UE impulsada por liberales y socialdemócratas, pero es la derecha la que marca la pauta. Europa ha girado en lo ideológico, porque se ha hecho más de derechas; en lo geográfico, porque ahora el Este tiene más peso que el sur; y hacia una menor cohesión e integración, producto también del giro geopolítico estadounidense. En ese contexto, es fácil pensar que las autoridades europeas, incluidas las del BCE, van a ser poco comprensivas con España, y eso se traducirá en políticas que exigirán socios diferentes de Podemos para ser aprobadas. Eso está también presente en la desconfianza última de Sánchez hacia Podemos, ya que necesita un socio dócil para que no se convierta en un problema en el futuro, por si hay que tomar otro tipo de decisiones. No es sólo Iglesias, es bastante más, y la presión socialista también apunta hacia ese objetivo.

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