El progresismo y el problema del 'sí, pero'

Los debates de la pasada semana alrededor del cambio climático nos han dejado alguna lección política: han señalado de forma clara cómo funcionan las cosas

Foto: Protesta contra el cambio climático en Fráncfort. (EFE)
Protesta contra el cambio climático en Fráncfort. (EFE)

La agitación de la pasada semana respecto del cambio climático ofrece un par de lecturas que van más allá del tema objeto del debate. No solo por la presencia de una adolescente como portavoz de las reclamaciones y por el revuelo que su figura suscitó, sino porque subraya algunas de las dinámicas políticas de fondo; y muy relevantes, porque fijan el marco político de manera insistente.

El cambio climático es un problema comprendido. Por más que se insista en revelar a la población los efectos que está causando, poco más se puede hacer en el plano de la explicación. Hay consenso respecto de su existencia (quienes lo niegan son minoritarios en la sociedad) y el mundo político es consciente de los desafíos que plantea. Puede empujarse en dirección a una mayor pedagogía, pero no alterará demasiado la percepción social, que ya está instaurada.

¿Qué está ocurriendo?

La cuestión no es que no se haya entendido, sino que no se ha actuado. Y quizás esto también deba ponerse entre paréntesis, porque sabemos de la existencia de cumbres mundiales por el clima, de medidas que han tomado los gobiernos (por más que sean parciales) y de una insistencia grande en la transición energética por parte del mundo político y parte del empresarial. Se ha avanzado en conciencia, regulación e intenciones, pero no parece suficiente. La idea de fondo es que hace falta una acción mucho más decidida, porque las consecuencias del cambio climático no dejan de manifestarse y —nos auguran— el futuro será mucho peor. Con lo que la pregunta real sería: si el riesgo es tan elevado, ¿por qué no se afronta con el arrojo preciso?

La mayor parte de quienes menospreciaban a Greta eran varones mayores, lo que activó una de las constantes progresistas: volver al eje joven/viejo

En este escenario apareció Greta Thunberg, cabeza visible de una gran campaña que ha finalizado con manifestaciones juveniles para combatir el cambio climático. Y desde que tomó la portavocía, se ha producido una reacción llamativa y reveladora de los caminos políticos que está adoptando el progresismo.

La personalización

La popularidad de Greta generó cierta animadversión en diferentes grupos políticos. Quienes no han adoptado una postura negacionista pero perciben como negativo el énfasis en el cambio climático porque lo ven muy de izquierdas, tildaron a Greta de puro montaje y señalaron a la adolescente como un producto prefabricado y groseramente utilizado tanto por sus padres como por las empresas que sufragaron el viaje. Desde la izquierda, se produjeron críticas similares, pero poniendo el acento en una cierta blandenguería política.

Fue entonces cuando el activismo progresista encontró un patrón común en ambas posturas, y arremetió contra ellas desde un eje claramente definido. Atacaron a quienes se oponían a Greta formulando la crítica de la crítica, y para esa tarea el patrón común eran las características personales. La mayor parte de quienes menospreciaban a la adolescente nórdica eran hombres y eran mayores, lo cual les permitía activar una de sus constantes, esa que une juventud, feminismo y que hace de ambas la fuerza ganadora.

La nueva división

La forma de enfocar la resistencia al Brexit, a Trump, a las extremas derechas, a la derecha propiamente dicha (y a tantas otras cosas) desde una perspectiva progresista ha consistido en reconvertir los asuntos políticos en una división entre viejo y nuevo, en la oposición entre los jóvenes y los mayores, la gente abierta de mente contra la cerrada, los digitales contra los analógicos y las personas con costumbres avanzadas frente a las retrógradas.

Los verdaderos negacionistas no son los varones de mayor edad que descreen; si cambiasen de opinión, las transformaciones serían mínimas

‘Te roban tu futuro’ es un argumento muy habitual, que apareció en la época de la separación del Reino Unido de la UE, ya que un montón de viejos resentidos y filofascistas estaban perjudicando a las nuevas generaciones, mucho más cosmopolitas, y condenándolas a quedar recluidas en un Reino Unido desconectado. Hay muchas semejanzas de estos argumentos con los utilizados respecto del cambio climático, acerca de la falta de consciencia y cuidado de las viejas generaciones que no se plantean el mundo que les van a dejar a sus hijos y nietos y les condenan a sufrir las consecuencias. Incluso en las últimas elecciones españolas muchos de esos argumentos se hicieron presentes durante la campaña, con un partido que decía enfocarse hacia el futuro, ser abierto culturalmente, querer avances sustanciales en las costumbres y otros que pretendían encerrarnos en un pasado oscuro. Ese eje de lo nuevo contra lo antiguo, de lo joven contra lo viejo, es parte permanente de las políticas progresistas.

Un sector irrelevante

Más allá de su efectividad y su utilidad discursiva, esta estrategia tiene dos graves problemas. El primero es bastante obvio, ya que focaliza la atención en un sector nada importante. Los verdaderos negacionistas no son los varones viejos que afirman “dónde está el cambio climático, que me lo enseñen, que no lo veo”, ni los científicos que ponen objeciones a su existencia, ni los rojos de las redes que satirizan a Greta. De hecho, si esta gente cambiara de opinión y decidiera certificar la existencia del cambio climático, la transformación que se produciría resultaría ínfima.

Una parte importante de quienes se oponen a tomar medidas creen en la existencia del cambio climático, pero priorizan otras lógicas

Los verdaderos negacionistas están en otra parte, y muchos de ellos son conscientes de la existencia del cambio climático y de sus consecuencias. Son esos directivos que dicen “sí, pero”, aquellos que saben que tomar otra dirección les llevaría a ganar mucho menos dinero, y con ello a retribuir escasamente a los accionistas y a que sus bonus se esfumasen; son esos dirigentes políticos que piensan en términos instrumentales, que saben que sus países causan enorme daño por el gasto energético de sus ejércitos, por sus fábricas, que siguen contaminando, o por instigar el 'fracking', entre otras muchas cosas, pero que saben que es justamente eso lo que sitúa a sus Estados entre los más poderosos del mundo o entre los beneficiados de la globalización; son esos expertos de las grandes instituciones que nos transmiten que una acción decidida causaría enormes perjuicios a la economía y así sucesivamente.

Las razones

Su mentalidad oscila entre “quien venga después ya cambiará las cosas”, “da igual el cambio climático, porque si sus efectos se producen, mi país estará bien situado para afrontarlo” y “yo sigo siendo rico, que se preocupen los demás”. Son estas personas las que están en posición de impulsar el cambio real, pero se niegan por razones coyunturales, de conveniencia política o de puro interés, y esa lógica no depende de la edad que se tenga ni de lo bien o mal que les caiga Greta.

Hay una constante: los problemas se reconocen, pero apenas se hace nada para solucionarlos

Son justo estas personas las que menos se ven interpeladas por las retóricas de lo nuevo contra lo viejo o de lo progresista contra lo conservador. Simplemente apelan a un supuesto pragmatismo, el de evitar las soluciones aduciendo que el coste sería grande, que existirían notables perjuicios, que habría muchas cosas que se pondrían en riesgo o que en realidad no es posible hacerlo ahora.

Como con la desigualdad

Este argumento reaparece en los grandes problemas de nuestra sociedad, no ocurre solo respecto del cambio climático. Otro buen ejemplo es la desigualdad, en que se repite el esquema: sabemos que existe, que produce tensiones que ahora son manejables pero que en el futuro serán mucho peores, que genera sociedades más quebradas y polarizadas y que desdibuja el porvenir para una parte muy relevante de la población. Es un problema que en Occidente se reconoce pero que no se aborda, porque las soluciones pondrían en riesgo la economía (o cualquier otra excusa). Y cuando se ofrece alguna receta para enfrentarse al problema, suele ser en el sentido de hacerlo más profundo, por ejemplo, señalando la educación como el gran paliativo, pero haciendo abstracción de que precisamente las clases con menos recursos también cuentan con muchas menos probabilidades de recibir una educación adecuada.

En este contexto, el eje joven/viejo, apertura/cierre es escasamente relevante, porque deja sin tocar el fondo del asunto: los problemas se reconocen, pero apenas se hace nada para solucionarlos. El centro de la cuestión está en el 'sí, pero', y mientras no haya un programa contra el pero, todo será seguir cayendo.

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