'Gran Hermano': ¿un mal de la empresa contemporánea?

A menudo, los problemas estallan mucho tiempo antes de conocerse y en lugar de ser afrontados se prefiere el silencio. Es un mal frecuente que quizás explique algo sobre 'GH'

Foto: José María y Carlota, en 'GH Revolution'. (Mediaset España)
José María y Carlota, en 'GH Revolution'. (Mediaset España)

Gran parte de los 'realities', y 'Gran Hermano' es el mejor ejemplo, son parte de esa peculiar mentalidad empresarial que ha entendido que los espacios rentables se resumen en dos, prémium y ‘commodity’, el que puede cobrarse caro y el ‘low cost’ de consumo masivo. En la televisión, 'GH' representa a los segundos. Es un programa destinado a un público amplio cuya principal baza es construir un escenario que resalte la bajeza del comportamiento humano y que se construye mediante la exhibición de elementos antisociales, aquellos que 'dan juego': las mentiras, las dobles intenciones, los enfrentamientos soterrados o explícitos, las envidias, las traiciones o el rencor.

Especialmente en las primeras ediciones de 'GH' (después ya todos aprendieron la mecánica real), los concursantes entraban felices, deseando transmitir buen rollo, y salían envueltos en reproches y recriminaciones. El programa era la crónica retransmitida en directo de la degradación de los vínculos sociales mediante la hipocresía, las estrategias y las traiciones, una suerte de pornografía psicológica permanentemente a la vista. Sus espectadores estaban pendientes de descubrir quiénes eran los peores, los 'más malos', de cada edición, y se vinculaban emocionalmente con unos participantes u otros dependiendo de su grado de malicia, sinceridad o coherencia.

El contexto

Un 'reality' como 'GH' cuenta con un escenario de partida que habitualmente se pasa por alto, pero que es decisivo para los resultados que se obtienen. En primer lugar, tiene lugar en un entorno de competencia, todos están allí por la popularidad y el dinero y son conscientes de que quienes tienen al lado son rivales, por más que exhiban afecto o simpatía. Son personas, además, que han sido elegidas por sus características, psicológicas y físicas, para que puedan aportar algo a ese tipo de espectáculo. Por si fuera poco, suelen ser sometidas a privaciones, comenzando por la imposibilidad de salir de la casa. En ese contexto, es fácil que las tensiones surjan. Y en ocasiones, si creemos a Carlota Prado, la exconcursante que denunció los abusos sexuales, se favorecía que las pasiones se exacerbasen: “Mínimo había cinco botellas de whisky, ron, tequila, ginebra... Nos preguntaban previamente qué queríamos. Nunca nos han frenado la ingesta de alcohol”. Si se suman todos los factores, es fácil concluir que existían probabilidades no menores de que se produjeran comportamientos inadecuados a pesar de la presencia permanente de las cámaras y de los controles internos.

Quienes emiten estos programas eran conscientes de la mercancía que estaban vendiendo y también de que les funcionaba. Todos estaban contentos: los concursantes, por el dinero y la popularidad que recibían, y la productora y la cadena, por las audiencias y los ingresos vinculados a ellas. A lo mejor no eran programas ejemplares, se decían, pero era lo que la gente demandaba y generaban beneficios.

La ‘prudencia’

Sin embargo, cuando se juega en un escenario inflamable, es probable que se produzca algún fuego. El fantasma en la máquina aparece en algún momento y es entonces cuando hay que reaccionar rápido. Lo usual en estos casos no es afrontar los problemas sino silenciarlos. Se les echa tierra encima, se pasa de puntillas, se tapan, se ignoran, se intenta que no salgan al exterior. Se valora la publicidad negativa o los daños que puede causar a una empresa, el perjuicio económico o de prestigio, y tantas otras cosas que terminan aconsejando prudencia, es decir, no contar nada. Este es un mecanismo demasiado asumido, demasiado interiorizado.

Si es valiente, la empresa puede sufrir un daño a corto plazo, pero podrá recuperarse mucho más fácilmente que si se opta por el silencio

Buena parte de las disfunciones empresariales provienen de este doble movimiento: se crea un contexto en el que es probable que los problemas surjan y cuando estos suceden, intentan ocultarse en lugar de solucionarse. El caso Wells Fargo fue significativo en este sentido. El banco estadounidense presionó insistentemente a sus empleados, incluso con actitudes denigratorias, para que cumplieran los objetivos de rentabilidad. Las amenazas eran frecuentes y vivían en una presión continua. De modo que los trabajadores decidieron hacer lo que la compañía les demandaba aunque para ello tuvieran que saltarse las leyes. En Volkswagen ocurrió algo similar con el asunto de las emisiones de los coches diésel, porque ningún ingeniero quería pagar el precio de enfrentarse a la dirección. En ambos casos, como en muchos otros, había gente dentro que era consciente de los problemas, pero eso no significaba que se avanzase hacia la solución; más al contrario, reinaba el silencio.

Las dos opciones

Cuando estas cosas ocurren, hay dos opciones: se puede ser valiente, encarar lo que sucede y tomar medidas, lo que genera perjuicios a corto plazo pero conviene a medio y largo, u optar por minimizar o silenciar los hechos. La primera alternativa tiene sus complicaciones, pero permite que, tras los malos momentos, el prestigio de la empresa se recupere con facilidad; además, funciona como cortafuegos para evitar males mayores. Cuando se opta por la segunda, lo usual es que el asunto acabe haciéndose público y cause un perjuicio notable. En última instancia, esto es lo que le ocurrió a la Iglesia católica con la pederastia.

Sin embargo, no es infrecuente que la elección sea la de ocultarlo todo. En ocasiones, porque los directivos creen que si el asunto sale a la luz, lo hará tras un tiempo largo, y ellos ya no estarán allí; serán sus sucesores quienes deban afrontarlo. En otras, porque siempre queda el recurso de ofrecer una cabeza de turco, en general algún cargo con responsabilidad menor que permita la individualización del problema, como si fuera un hecho aislado producto de un error puramente personal. Lo cual es curioso, porque quienes crean un contexto adecuado para que ocurran cosas nada edificantes esconden después la cabeza cuando el fantasma en la máquina se manifiesta.

Y no olvidemos que detrás de esta dimensión está lo importante: todas estas prácticas causan víctimas.

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