Una mirada internacional sobre Cataluña (y qué tiene que ver la izquierda en esto)

El gran cambio político de los últimos años está teniendo lugar por arriba y por la derecha. Cataluña forma parte de él, pero también una izquierda que apoya al independentismo

Foto: Concentración soberanista en la Puerta del Sol, en Madrid. (EFE)
Concentración soberanista en la Puerta del Sol, en Madrid. (EFE)
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El gran viraje político internacional, que suele sintetizarse como el choque entre globalistas y nacionalistas, va más allá de esa simple descripción. Especialmente porque cuando se examinan las tensiones políticas de nuestra época, se suele poner el énfasis en los perdedores de la globalización y en sus esperanzas quebradas, pero lo cierto es que la ruptura está viniendo por arriba y por la derecha.

La separación de los ganadores

Son los países ganadores del proceso de globalización los que han emprendido una separación del orden existente precisamente para seguir siendo los ganadores. Al igual que las élites económicas se alejaron del resto de la sociedad, lo que está ocurriendo ahora reproduce ese movimiento en el plano nacional. El giro de Trump y de EEUU es exactamente esto, la intención de reescribir las reglas para que su país no pierda peso con la irrupción china y consolide una hegemonía que puede declinar; también lo es el Brexit, y la salida del Reino Unido de la UE se ha asentado en la misma retórica que la de las extremas derechas europeas: solos nos irá mejor, este es un país poderoso con enormes posibilidades que está siendo maltratado por socios egoístas y un tanto parasitarios que nos trasladan sus problemas. Separarse es la única opción de volver a ser grandes.

Se aprovechan de nosotros

Ese alejamiento del orden existente se asienta en una serie de argumentos, que se repiten aquí y allá, y que se constituyen en justificaciones obvias de la reorganización. Trump ha impugnado el mundo global porque EEUU ha salido perjudicado: los europeos se aprovechan porque ni pagan parte de la factura militar ni son justos en el comercio, los chinos han utilizado en su beneficio la propiedad intelectual de las empresas americanas y Asia y México se llevan sus trabajos.

En la UE, los países que más tienen porque se lo han ganado deben perder recursos para transferirlos a Estados que no los merecen

Esa visión aparece también en el seno de la UE. La hostilidad en Alemania, Países Bajos, Finlandia o Dinamarca, por citar algunos ejemplos, hacia los países del sur europeo repite esa mirada. Para sus extremas derechas, la UE es una asociación predatoria en la que quienes más tienen, porque se lo han ganado, porque están mejor preparados, son más trabajadores y se han esforzado más, deben perder buena parte de sus recursos para transferirlos a gente que no lo merece, que no es nada aficionada al esfuerzo y al sacrificio, pero sí a gastar y a pretender que otros paguen la cuenta. Toda la retórica sobre Grecia en la época de la llegada al gobierno de Tsipras se apoyó en estas ideas, y desde entonces no ha parado de utilizarse. Pero no solo por fuerzas extremistas: las negativas de la nueva Liga Hanseática (apoyada por los 'halcones' alemanes) a hablar de todo lo que no sea equilibrio presupuestario, ortodoxia fiscal y demás, parten de esa misma perspectiva.

Hay que insistir en ello, porque es esencial para entender el momento: esas críticas se emiten desde los países que han salido ganando con la UE. Alemania ha sido la gran triunfadora con la creación del euro, pero también los Países Bajos, Luxemburgo o Irlanda, que gracias al 'dumping' fiscal están viviendo mejor a costa del resto de europeos, y justo desde ahí cuestionan al resto. Deben recordarse aquellas afirmaciones de Dijssembloem acerca de cómo la gente del sur se gastaba el dinero en fiestas y mujeres y luego querían que otros pagasen la fiesta al hilo de los últimos informes, según los cuales España deja de percibir más de 11.000 millones de euros en impuestos por la competencia fiscal de los países europeos.

La transversalidad

No solo se ha convencido con estas ideas a la parte afortunada de los países ganadores, también a sus perdedores. Las proclamas de Trump o de los 'brexiters' respecto del beneficio que supondrá para los trabajadores nacionales el alejamiento de la globalización han sido recogidas por poblaciones que viven momentos económicos complicados, y que creen que con el control de la migración y con las nuevas reglas comerciales evitarán las deslocalizaciones. Ese mensaje de un mejor futuro y de mejores condiciones de vida ha cuajado en distintas clases sociales, también en las que han perdido con la globalización: no solo han girado políticamente EEUU y Reino Unido, sino que se ha convertido, gracias a su transversalidad, en la opción de oposición dominante en Europa.

El independentismo catalán forma parte de la respuesta que ha brindado la derecha a los problemas planteados con el fin de la era global

Lo cual es también paradójico, porque repiten sobre otros países los argumentos que se aplicaron sobre las clases en declive: no se adaptan, no son capaces de cambiar, no se esfuerzan y se aprovechan de todos los impuestos que pagamos.

Cataluña

Estas ideas han sido la respuesta que ha brindado la derecha de los países ganadores a los problemas planteados con el fin (o el declive) de la era global. El independentismo catalán forma parte de esta deriva política. En el 'procés', los argumentos típicos han aparecido con gran frecuencia: Cataluña es un país innovador, cosmopolita, bien situado en la órbita global, empequeñecido por el atraso español, por sus élites antiguas y por la presión fiscal que les obliga a repartir ingresos, lo que impide que tenga el gran desarrollo que le esperaría si volara sola.

La solución, partiendo de esta premisa, aparece por sí misma, ya que la independencia permitirá que Cataluña se posicione globalmente con fuerza

Del mismo modo, el deterioro en el nivel de vida de sus ciudadanos se achaca a la falta de recursos y de inversión a que el Estado español les somete, en general transferidos a territorios menos productivos, de modo que bastaría con que esos ingresos se liberasen para que los catalanes vieran cómo sus transportes, su sanidad, su educación mejorarían. Un argumento repetidamente utilizado frente a Bruselas o Washington DC, ahora centrado en Madrid.

La solución, partiendo de esta premisa, aparece por sí misma, ya que la independencia permitiría que Cataluña se posicionase globalmente con fuerza, generase más empleos y contase con más recursos. Eso se dijo en el Brexit y se repite en las extremas derechas europeas con insistencia.

La izquierda

Todo esto forma parte de nuestro tiempo político, y era raro que no cuajase en España. Aquí no ha ocurrido mediante un movimiento nacionalista antiUE, como en Italia o Francia, pero sí en una parte del territorio, que ha reproducido a menor escala los argumentos, la visión del mundo y las promesas de esta ideología.

La manifestación de la Puerta del Sol, con los antifascistas defendiendo a los independentistas, es buena muestra de ese sinsentido

Lo extraño es que la izquierda española haya acogido con simpatía, o con pleno apoyo, según los casos, estas reivindicaciones. Tiene cierta explicación histórica, porque tras la época del comunismo, las izquierdas se centraron en combatir el poder allí donde lo encontraban, ya fuera el del patriarcado, el del conocimiento, el de los intelectuales, el de la raza blanca, el de la clase media, el de los viejos o, por supuesto, el del Estado. Por eso, en décadas anteriores, los separatistas fueron descritos por esa izquierda emergente como luchadores por la libertad y representantes de pueblos oprimidos. Esa simpatía no se desvaneció en las décadas posteriores, y ahora ha sido retomada como la lucha por la democracia y la república, como el combate contra las élites que provienen del franquismo, como la resistencia a ese fascismo arrastrado que aún perdura.

Al respaldar ideas que se sitúan en un marco reaccionario, pierden por una parte y por otra. Es poco pragmático e inútil para el cambio social

Al contrario que otras izquierdas, como las estadounidenses, que han entendido que el poder estructural proviene de lo económico, las nuestras se describían avanzando mientras daban pasos atrás, lo cual ha provocado que respalden las posiciones de las nuevas derechas a partir de la defensa de la libertad. La manifestación de apoyo en la Puerta del Sol, con los antifascistas defendiendo a los independentistas catalanes, es buena muestra de ese sinsentido.

Y esto tiene muy poco que ver con la sentencia del Supremo, con la conveniencia o la injusticia de sus penas, y ni siquiera con los políticos en prisión. Porque defender otras posiciones en esos asuntos viene después. Lo primero habría sido estar contra la independencia catalana planteada desde el marco de las nuevas derechas contemporáneas y oponerse claramente a ella, lo cual habría generado la legitimidad suficiente desde la izquierda para defender posiciones diferentes. Al partir desde otro lado, y respaldar ideas (o contemporizar con ellas) que se sitúan en un marco reaccionario, pierden por una parte y por otra. Es poco pragmático para ellas e inútil para el cambio social.

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