Vox y Franco, nuestros Putin: la jugada ideológica de Sánchez

El socialismo español está jugando desde hace tiempo a la construcción del enemigo para obtener éxito electoral, pero no es más que la demostración de su impotencia en las ideas

Foto: Mitin de Abascal en Málaga. (Carlos Díaz/EFE)
Mitin de Abascal en Málaga. (Carlos Díaz/EFE)
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Joe Biden ha publicado en redes un vídeo peculiar en el que acusa a Putin de intromisión en las elecciones estadounidenses y ofrece una solución clara y contundente para acabar con el problema: donar fondos a su campaña. Días antes, Hillary Clinton había arremetido contra una de las aspirantes demócratas, Tulsi Gabbard, tildándola de activo ruso. De fondo, está la idea insistentemente repetida de que Trump es presidente gracias a la interferencia de Putin.

Este sinsentido sigue instalado en el ‘establishment’ del partido demócrata, y ya alcanza extremos caricaturescos. No solo por obviar una realidad, que aquellas noticias a las que responsabilizan de su fracaso no fueron difundidas por los rusos sino por medios de distribución estadounidenses, empezando por Facebook, ni por lo que tiene de negación de lo ocurrido (Clinton era muy mala candidata y ella fue la principal responsable), sino por la impotencia que demuestra, ya que subraya la incapacidad de ofrecer ideas y propuestas con las que se identifiquen sus votantes. En ese vacío, apelar a un enemigo poderoso y peligroso es el único camino para conseguir aceptación electoral. Pero incluso en ese aspecto han actuado torpemente: puestos a construir un enemigo, seguro que los había mejores que Putin.

Lejos de la realidad

El partido demócrata, sin embargo, es mucho más que Biden, Clinton y su ‘establishment’. La comparecencia de Zuckerberg en el Congreso que tuvo lugar hace un par de días es un buen ejemplo, y la muestra es la intervención de Alexandria Ocasio-Cortez. Las primarias del partido, además, están demostrando que algunos de sus candidatos sí generan ilusión, como prueba la acogida en Nueva York que tuvo Bernie Sanders o la gran aceptación de Elizabeth Warren, que lidera las encuestas. Puede que ninguno de ellos gane la candidatura, aunque parece difícil que ocurra de otra manera, y también habría que ver qué posibilidades tendrían contra Trump, pero sus programas ya son un éxito, en la medida en que afrontan tiempos difíciles con nuevas políticas, tienen recorrido social y están marcando los debates, en especial las ideas que Warren está poniendo encima de la mesa. Veremos cómo se desarrolla todo, pero ese combate entre la estupidez funcional y el alejamiento de la realidad del ‘establishment’ del partido y la pujanza de los líderes emergentes es el retrato de los demócratas estadounidenses hoy.

La socialdemocracia europea da bocanadas para intentar respirar en un ambiente hostil, en buena parte por errores propios

En Europa es diferente, porque es mucho peor. La socialdemocracia europea da bocanadas para intentar respirar en un ambiente hostil, en buena parte por errores propios. El giro hacia el socioliberalismo, y después hacia el liberalismo cultural, les ha dejado sin otro margen de maniobra que convertirse en el partido de la estabilidad allí donde la derecha ha perdido apoyo social. Donde sobreviven, como en Portugal, lo hacen como partido sistémico, lo cual siempre es un lugar prestado.

La medianía ideológica

Tampoco sus propuestas para el nuevo mundo suenan prometedoras ni ilusionantes. Lo máximo que pueden oponer es Macron, la estabilidad de Portugal o Sánchez, es decir, gestores de la ortodoxia impuesta por Bruselas, o la propuesta de que el Estado invierta, con el objetivo de animar el crecimiento, pero solo en algunos países ricos como Alemania. Por el fondo aparece un giro climático que esencialmente se compone de impuestos que pagarán las clases medias bajas, como en Francia. En esa medianía, no es extraño que el mundo liberal haya acogido con hostilidad ideas que apuestan por cambios estructurales, como las de Warren.

La campaña del PSOE contaba con una amenaza territorial, la del independentismo, y otra ideológica, la de Franco y la involución, representada por Vox

En el caso español, con un partido socialista convertido en maquinaria electoral para seguir en la Moncloa y mucho menos pendiente de entender la realidad de los españoles y de proporcionar soluciones diferentes, solo queda el camino habitual para tener éxito en los comicios, el de la construcción del enemigo. Así estaba planificada la campaña del PSOE, con el doble juego de una amenaza territorial, la del independentismo, y la amenaza ideológica, la de Franco y quienes quieren regresar al pasado, todo ello envuelto en la bandera de Vox. Ahí se sintetizaba toda su oferta: necesitamos un Gobierno fuerte y estable que pueda enfrentarse a los independentistas y que, al mismo tiempo, aleje el fantasma de la involución.

Resultado desigual

La primera parte no les ha salido del todo bien, porque la frecuencia y la intensidad de los disturbios catalanes han dejado en mal lugar a Sánchez. La segunda les ha funcionado mejor, ayudados también por visiones extrañas desde la izquierda que tildaron la exhumación de “funeral de Estado”. Por eso ha comparecido públicamente Marlaska en el asunto catalán, y el presidente en funciones cuando Franco ha salido del Valle de los Caídos.

En ese vacío ideológico, con el marco de la mayoría silenciosa, se mueve el PSOE, convirtiendo a Franco y a Vox en nuestro Putin, en ese mismo enemigo al que Biden se aferra como opción electoral. La visita al monumento de las 13 rosas supone un paso más a la hora de dibujar un escenario que quizá le salga bien de cara al 10-N, pero que no deja de ser, como en el caso estadounidense, una muestra de la impotencia de las ideas de la socialdemocracia. El problema europeo y español es mayor, no obstante, porque no se atisba recambio en el horizonte. Y puesto que hay un espacio vacío, el gran peligro de estas tácticas es que se acabe dando alas a aquello que se infló con fines electorales.

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