El porqué de los disturbios

Una oleada de malestar se ha dejado sentir en distintos países. Hay una causa común, plenamente presente en los países occidentales, y que subraya varios problemas serios

Foto: La policía chilena toma las calles para evitar disturbios. (Diego Ibacache/Efe)
La policía chilena toma las calles para evitar disturbios. (Diego Ibacache/Efe)

La explicación inmediata de los disturbios en distintos países en las últimas semanas (Chile, Ecuador, Francia, incluso Líbano) es en principio sencilla. Las revueltas chilenas fueron causadas por el anuncio de Piñera de subir los precios del transporte público para cuadrar las cuentas, así como por la subida del agua y la luz. Otros disturbios tuvieron un detonante similar: en Líbano fue el impuesto a las llamadas de whatsapp y en Ecuador la subida de los carburantes. “Precios del primer mundo, salarios del tercero” era la frase más repetida.

No es una realidad que ocurra únicamente en Hispanoamérica. En Francia sucedió algo similar, ya que, con la justificación de iniciar la transición ecológica, se decidió gravar a quienes empleaban combustibles más contaminantes, es decir, a clases materialmente fragilizadas que respondieron con revueltas simbolizadas por chalecos amarillos.

El precio de la subsistencia

La explicación segunda de estos disturbios también es evidente, pero se suele tener mucho menos en cuenta. Hay lugares peores, como Latinoamérica, una zona geográfica que soporta altos porcentajes de pobreza, y otros mejores, como Europa y Norteamérica, pero lo cierto es que alcanzar los recursos necesarios para una subsistencia digna es cada vez más difícil en todas partes. Las poblaciones soportan una triple presión: los precios de los bienes esenciales, como vivienda, luz, agua, gas o transporte se han incrementado; todo aquello que no sean bienes o servicios low cost, ya sea en ropa, alimentación, educación o sanidad, es mucho más caro; y en tercer lugar, los salarios no suben lo suficiente y los autónomos, así como los pequeños empresarios, están viviendo tiempos difíciles. En resumen, hay menos recursos disponibles para buena parte de la población al tiempo que los gastos aumentan.

Se exponen problemas reales y se los toma en consideración, pero las soluciones que se ofrecen no hacen más agravarlos

En ese escenario, subir los precios supone aumentar la presión, a veces hasta un punto insostenible. Estas revueltas, desde los chalecos amarillos a Chile, son el fruto de ese estar atrapados entre dos fuerzas coactivas sin válvula de escape. Desde esta perspectiva, quizá lo ocurrido en Latinoamérica sea un aviso para Occidente, o quizá la anticipación de lo que vendrá. Sin embargo, no parece que nadie al mando haya tomado nota, y hay hechos recientes que lo demuestran.

Los errores cometidos

El primero de ellos es perturbador, porque refleja un modo de acción usual y perverso, ya que analiza problemas reales y los toma en consideración, pero para promover soluciones que no hacen más que agravarlos. Tomemos el ejemplo del cambio climático. Tras las revueltas de los chalecos amarillos, nacidas de una propuesta equivocada, el FMI hizo público un informe con una receta para arreglar el problema, elevar el coste de las emisiones, que abogaba por que se cobrase más a quien más contaminase.

El descontento se multiplica no solo por una cuestión material, sino por simple justicia: son las clases medias y las bajas las que pagan la factura

El problema de esta perspectiva es fácil de entender, porque lo hemos vivido con los impuestos: cuando un Estado pretende gravar a quienes más tienen, estos aprovechan mecanismos legales existentes para huir de ese país y colocar sus capitales en otros con menores exigencias. Con la contaminación es lo mismo: es fácil que las grandes empresas elijan países donde esos impuestos no existan a la hora de ubicar sus fábricas, por ejemplo. De modo que, al final del camino, sólo quedan aquellos que no pueden huir del territorio, las clases medias y las bajas, que son quienes deben soportar el coste porque poseen vehículos diésel o tienen pequeñas empresas. Al promover, como pasó en Francia, que estratos sociales ya deteriorados paguen la factura, el descontento se multiplica. Y no sólo por lo material, sino por un elemento de justicia, ya que son ellos quienes pagan la falta de solidaridad de las clases altas.

La receta para la desigualdad

Algo muy semejante está ocurriendo con la desigualdad. El tema ha aparecido en el debate público y se está tomando conciencia de su gravedad, pero a la hora de ponerle remedio las respuestas son mucho más dubitativas. En parte porque se no ve como un problema en sí mismo, en parte porque cuando se toma en serio se ofrecen recetas perjudiciales. Gita Gopinath, economista jefa del FMI, ha señalado, en una entrevista publicada en 'El País', que “las políticas fiscales domésticas tienen hoy la tarea principal de corregir la desigualdad, quizá el efecto más indeseable de la crisis financiera”. Pero corregir la desigualdad, como bien explica un editorial del mismo medio, tiene una traducción peculiar, la de “promover una reforma fiscal profunda cuyo propósito sea aumentar la recaudación del Estado a niveles que le permitan apuntalar la estabilidad financiera pública”. Un doble error, de nuevo, resaltado por la decisión del PSOE de olvidarse del impuesto a los millonarios que había anunciado: se aumentará la fiscalidad por vía directa para las clases medias y medias bajas, y la indirecta para los demás, lo que perjudica especialmente a los estratos con menos recursos. Es decir, se trata de que la mayoría de los ciudadanos, y más aún los que están en peor situación, deban asegurar la estabilidad financiera y con ella el pago de la deuda y sus intereses. Una manera extraña de redistribución hacia arriba.

En sectores donde hay pocos operadores los precios de los bienes y servicios aumentan, como siempre ocurre con los monopolios y los oligopolios

En ese contexto, las poblaciones occidentales sufren también la presión privada. La insistencia de los grandes accionistas para alcanzar mayores rentabilidades ha creado una estructura perniciosa, en la que los estratos inferiores de la pirámide económica acaban siendo los principales afectados Ocurrió con los salarios: cada vez que había que aumentar los beneficios se externalizaban trabajos para conseguir menores costes o se sustituían empleados por otros más baratos, además de despedir a cuadros intermedios. También se operó sobre la cadena, presionando a los proveedores para alcanzar los objetivos, y por supuesto a los clientes. En sectores donde hay pocos operadores los precios de los bienes o servicios han aumentado, como siempre ocurre con los monopolios y los oligopolios. Esto tiene mucho que ver con la subida de los precios de bienes esenciales.

Buena parte de las distorsiones que sufren los sistemas nacen de la incapacidad de sus élites para reconocer los problemas y ponerlos una solución

Como consecuencia de estos factores, y deberíamos tomar nota de ello, el margen se está acabando. Pero no el que habitualmente se tiene en consideración, el del Estado, sino el de los ciudadanos. Estamos atrapados entre la presión pública y la privada, entre el aumento del coste de la vida y unos ingresos que no crecen, entre un presente inestable y un futuro incierto.

El momento español

En esa tesitura, los mensajes que recibimos no inducen al optimismo. Buena parte de las distorsiones que sufren los sistemas nacen de la incapacidad de sus élites para reconocer los problemas y ponerlos una solución, y este es, desde luego, el momento europeo.

Y también el español. La receta del PSOE irá ligada a subidas de impuestos, más flexibilización del mercado laboral, más estabilidad financiera y más dificultades para las pymes, ya sea con la excusa de combatir la desigualdad o el cambio climático, o con la de cuadrar las cuentas. Al mismo tiempo, se fomentarán las concentraciones y se continuarán promoviendo mercados oligopolítsicos, lo cual hará la situación más difícil. Y nada de lo que ha dicho el partido que podría gobernar en lugar de los socialistas (o con él), el PP, va en otra dirección. Más al contrario.

La realidad es obvia: cuando la presión sobre las poblaciones aumenta, siempre aparecen consecuencias políticas, tomen la forma que tomen

Al actuar de esta manera, se seguirá aumentado la inestabilidad, y con ella, las perturbaciones políticas. Hay que tener en cuenta que en Europa los disturbios no están llegando del lado del enfrentamiento puramente económico, como en Chile, sino desde su articulación política, sobre todo del lado de la derecha nacionalista, una tendencia que atraviesa desde Italia hasta EEUU pasando por Reino Unido.

Y es probable que nada del problema en Cataluña se achaque a estas causas, y a estas alturas sería un diagnóstico cierto, porque importan mucho más otros factores, pero no hay que olvidar que el independentismo se hizo fuerte después de la crisis, en un contexto de dificultades de buena parte de la población, de recortes y de inconvenientes cotidianos que eran permanentemente achacados a Madrid. Se trata de un movimiento que tiene mucha implantación en el mundo rural, ese que está en declive, entre pequeñas empresas y autónomos, y entre funcionarios, sectores que no lo están pasando nada bien. En ese malestar ha crecido el independentismo, aunque haya tomado otras derivas.

La realidad es obvia: cuando la presión sobre las poblaciones aumenta, siempre aparecen consecuencias políticas, tomen la forma que tomen. Pero en lugar de corregir las disfunciones, se está añadiendo gasolina al fuego, a menudo con la excusa de solucionar los problemas.

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