¿Qué va a hacer Casado? El dilema del PP

El resultado permite a los populares ejercer de oposición dura a Sánchez en un instante en el que se les insiste para que apoyen la gobernabilidad. Su decisión será importante

Foto: Pablo Casado saluda a los simpatizantes en la noche electoral. (Chema Moya/EFE)
Pablo Casado saluda a los simpatizantes en la noche electoral. (Chema Moya/EFE)
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Buena parte de la explicación de los resultados de estas elecciones está en la secuencia de acontecimientos de las semanas previas. Tras la sentencia y los disturbios catalanes, que monopolizaron las noticias, llegó la exhumación de Franco, de modo que, para los últimos días, el principal motivo de debate era ya el enorme crecimiento de Vox.

Ese marco ayudó a Sánchez. Lo sabemos, además, porque lo habíamos vivido con Mariano Rajoy, cuando el enemigo sistémico era Podemos. Los populares focalizaron su discurso en los de Iglesias, en el peligro que suponían, en su relación con Venezuela, en la alarma insistente acerca de la posibilidad de que gobernasen con los socialistas. En realidad, nunca estuvieron cerca de hacerlo, pero el discurso era doblemente útil. Resaltar los riesgos morados permitía cohesionar a los electores de derechas alrededor de la formación con más posibilidades de ocupar la Moncloa, al mismo tiempo que restaba voto a su verdadero rival, el PSOE. El movimiento le salió especialmente bien, porque consiguió ambos objetivos incluso en un instante en que la fragilidad del PP era grande.

Minar al rival

Sánchez ha hecho exactamente lo mismo: ha minado a su rival principal (lo que determinan estas elecciones es quién ocupa el primer puesto) al mismo tiempo que crecía la fuerza derechista que podía movilizar a los electores socialistas. El resultado de este movimiento es más dudoso en cuanto a los votos que ha obtenido, pero no en lo referido a la división de las fuerzas contrarias.

Mucha gente que había votado al PP y a Cs ha acabado en Vox: no es mal ejemplo del giro duro que se está produciendo en los electorados

La pregunta es por qué esta división ha funcionado, por qué tanto voto del PP y Cs ha ido a parar a Vox. En ella late algo del signo de los tiempos, porque las fuerzas de derecha radical están creciendo en todas partes, y sería raro que no ocurriera aquí. Hace poco tiempo, aunque nos parece una eternidad, a los populares les surgió competencia, un partido que se ofrecía como fuerza liberal en lo económico y progresista en lo cultural. Sin embargo, una vez que Sánchez llegó al Gobierno, Cs giró hacia una derecha dura. No le fue mal en las elecciones de abril (aunque mucho peor de lo que auguraban las encuestas solo un año antes), pero llegado el momento ‘Cataluña + Franco’, esos electores prefirieron una versión de derechas más directa y menos dubitativa. Mucha gente que había votado al PP giró hacia Cs y ahora lo hace hacia Vox: no es mal ejemplo del giro que se está produciendo en los electorados de derechas, cada vez más atraídos por opciones duras.

Las dos opciones del PP

¿Qué va a hacer el PP ahora que Vox le está comiendo terreno? ¿Cómo actuará cuando estudie bien los resultados electorales? En realidad, solo tiene dos opciones. Una de ellas es apoyar la estabilidad y llegar a acuerdos con Sánchez para, con el grado preciso de apoyo parlamentario, hacer las reformas que Bruselas y los inversores les piden. Muchos analistas están insistiendo en que ese camino es el mejor para España y el único que puede desbloquear con solvencia la política española. Pero es una opción complicada, porque tendrían que diluirse las habituales tensiones entre populares y socialistas, y porque, y esto es relevante, dejaría el espacio abierto para que Vox siguiera creciendo.

Todo apunta a que Pablo Casado ejerza de oposición dura y evite los pactos con los socialistas

La segunda posibilidad es la de oponerse a Sánchez con tenacidad y pelear por el espacio con la extrema derecha, lo que supondría necesariamente recoger parte de su discurso. Lo hizo en abril y le salió mal, pero si quiere cerrar la puerta a Abascal, es difícil que no caiga en esa tentación. Planteado desde esta perspectiva, todo apunta a que Casado ejerza de oposición dura y evite los pactos con los socialistas.

¿Se sobrevalora a Vox?

Sin embargo, este movimiento es mucho más arriesgado de lo que parece. En primer lugar, porque supone sobrevalorar a Vox, lo que es comprensible en el momento de efervescencia de Abascal. Desde el punto de vista ideológico, Vox carece de muchos elementos discursivos que han llevado a las derechas europeas, como la de Le Pen o la de Salvini, al éxito: no son una fuerza transversal, no han calado en todas las clases sociales y su idea de España se limita a combatir los separatismos. Y, si se analiza desde lo estructural, es una formación frágil: depende en exceso de sus líderes, carece de esa fortaleza que da la implantación firme en los territorios y apenas cuenta con cuadros formados y sólidos; muchos aventureros han dado el salto a sus filas y no siempre son los que mejor le vienen al partido; buena parte de su ascenso se basa en la novedad y en el tono, mucho más que en su ideología, ya conocida, y sus propuestas concretas, como bajar radicalmente los impuestos y acabar con las autonomías, suenan bastante irreales. El PP, por el contrario, tiene más tradición, estructura y músculo territorial, y además está en recuperación.

El PP puede girar más hacia la derecha para evitar que Abascal le coma el terreno. Y esto es bastante más peligroso de lo que parece

Para que Vox tuviera recorrido real en voto y pudiera crecer hasta convertirse en un partido con opciones de gobernar, tendría que ser diferente, manejar otras ideas, ser más transversal y recoger algunas de las propuestas duras de las derechas populistas europeas. En ese caso, la plataforma que les da su tercera posición les serviría para crecer. Pero parece raro que ese movimiento se produzca, y lo más normal es que repitan la experiencia de Podemos y acaben regresando a una segunda fila minoritaria de la política española.

El precio de la tentación

El PP puede olvidar todo esto y girar hacia la derecha para evitar que Abascal le coma el terreno. Y esto es bastante más peligroso de lo que parece. El Brexit se produjo porque el partido conservador quiso evitar la fuga de votos hacia el Ukip, y ahora tienen a Boris Johnson. Trump dobló el brazo al partido republicano. Salvini reconvirtió una formación independentista en otra de extrema derecha. Estas tentaciones tienen un precio mayor del que se cree: las extremas derechas no solo se consagran gracias a nuevos partidos.

El dilema del PP es apostar por ser un partido claramente 'proestablishment' y soportar el coste derivado, o jugar con el 'antiestablishment' para no perder votantes. Lo más probable es que de momento no haga ni una cosa ni la otra y trate de mantenerse entre dos aguas, pero esa es una posición difícil de mantener a medio plazo. Y más en un momento histórico como el nuestro, con cambios profundos de fondo que van encontrando canalizaciones políticas diferentes.

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