'Financial Times', Vox y las formas que están acabando con la crítica

La concentración de poder privado en que estamos inmersos genera efectos políticos y sociales evidentes que demuestran la dificultad de nuestro sistema para corregirse

Foto: Lionel Barber, actual director de 'Financial Times', dejará su puesto en enero. (Reuters)
Lionel Barber, actual director de 'Financial Times', dejará su puesto en enero. (Reuters)

El tema estrella de los últimos días en los medios de comunicación españoles, en especial en los progresistas, ha sido Vox. La actitud con la formación de Abascal suele ser muy hostil en esos ámbitos, máxime cuando se justifica por la necesidad de plantar cara a la extrema derecha e impedir así que continúe creciendo. Esto lo hemos vivido antes, cuando Podemos tuvo opciones de convertirse en la primera fuerza de la izquierda, y todos los medios, especialmente si eran de derechas, llamaban al combate contra el desastre. Del mismo modo que los de Iglesias fueron el fantasma que alentó Rajoy para ser elegido e investido, el progresismo está subrayando la presencia de Vox con objetivos similares.

No solo ocurre en España. En EEUU, los medios de comunicación encontraron un tema al que supeditaron prácticamente todo lo demás: una vez que Trump apareció en escena, su presencia en las noticias se convirtió en abrumadora. Y con efectos perversos, no solo por lo que tuvo y tiene de refuerzo del actual presidente, sino por su utilización como coartada por la prensa progresista: hay un único tema, Trump, que les permite olvidar toda posición de izquierdas. Es un movimiento típico del vaciamiento de la política occidental, que se centra en una diana y olvida toda crítica al funcionamiento del sistema en sí.

“La batalla de los intereses económicos”

Como subrayaba un reciente artículo publicado en 'Columbia Journalism Review', "Why the left can’t stand New York Times", esta ortodoxia monocorde agota a sus lectores. La tesis de la autora es que un periódico económico de derechas como ‘Financial Times’ mantiene una postura más sensata e interesante que los medios de referencia progresistas como NYT; en parte, porque “FT cubre el mundo tal y como es: una batalla global no de ideas o valores, sino de intereses económicos y políticos”, y en otra medida porque cuenta con columnistas como Rana Foroohar o Martin Wolf, que resultan estimulantes a la hora de describir la realidad e incluso de encontrar soluciones. Y es cierto: ‘Financial Times’ es de los escasos medios internacionales con lectores y prestigio que se han atrevido a incluir la crítica al poder como parte de su oferta.

Una vez que aparecen los problemas, si la capacidad de autocorrección del sistema es nula, las extremas derechas crecen

Mientras que en otros medios solo se encuentran complacencia y lugares comunes, cuando no reverencias indisimuladas al poder, el diario británico añade algo imprescindible: estamos habituados a la crítica a lo externo al sistema, como los populismos de derecha, pero mucho menos a la crítica interna, que está desapareciendo. Y sin ella, no puede haber un plan para afrontar las disfunciones. Por decirlo de otra manera, si se falla a la hora de impedir que crezca una opción política como la extrema derecha, no es porque los elementos comunicativos no sean los adecuados (“hablamos mucho de ellos, hablamos poco de ellos, no les confrontamos, no negamos sus mentiras”) sino por la ausencia de un programa político que pueda generar una mínima ilusión entre la gente.

Los populismos no crecen en el vacío, sino que lo hacen en unas condiciones sociales concretas, sin las cuales no existirían. Una vez que aparecen los problemas, si la capacidad de autocorrección del sistema es nula, como es el caso, no se pueden generar liderazgos ilusionantes, ni ideas nuevas ni ofrecer soluciones. Eso es lo que está provocando que las democracias liberales, y dentro de ella las posiciones progresistas, estén perdiendo espacio social, no el carácter supuestamente fascista de los votantes. La retórica habitual tiene algo de satisfacción moral, pero es socialmente poco eficaz: sin una reacción política y unas propuestas a la altura, este desplazamiento continuará produciéndose.

Las tres negaciones de la crítica

Y todo esto comienza por la aceptación de la crítica, porque sin ella no se da la reflexividad necesaria para que un sistema haga los cambios precisos. En nuestra época, las posiciones críticas no están presentes, y no tanto por la falta de ideas o de personas que subrayen los problemas sino porque no son escuchadas. La primera negación ya ha sido apuntada: se señala a un enemigo externo, peligroso y antisistema, y se pone el foco en combatirlo mientras se continúa actuando igual, con lo que los problemas se hacen más grandes.

Hay otras maneras de obviar la crítica. Una de ellas aparecía en una alabanza reciente a ‘Financial Times’ publicada en un diario español. En el artículo, Víctor Lapuente señalaba que “para leer la crítica más demoledora al capitalismo” es mucho más útil el diario británico que la producción académica y que son los liberales quienes la enuncian y no las izquierdas. Su afirmación no fue muy bien recibida en esos ámbitos minoritarios, pero tiene bastante de cierta.

Sea cual sea la validez de las propuestas académicas, su función no es otra que conservar la apariencia de pluralidad, porque no son escuchadas

Sin embargo, hay algunos elementos ausentes. El texto rechazaba las posiciones de Piketty, quien acaba de publicar en España su nuevo libro, ‘Capital e ideología’ (Ed. Deusto), lo que se ha convertido en un lugar común para la tecnocracia occidental. Los textos de Piketty tienen la extraña virtud de provocar muchos comentarios adversos entre los economistas, y tanto rechazo contribuye sobremanera a que los problemas que el francés señala se hagan visibles.

Sin embargo, el papel que juega Piketty es marginal. Lo que le ocurre se parece mucho a esas tertulias plurales a las que se invita a cinco personas que piensan igual y a un experto que tiene una visión contraria y cuya función es recibir los golpes dialécticos del resto de participantes. No nos engañemos, sea cual sea la validez de los estudios y las propuestas académicas, su función no es otra que conservar la apariencia de pluralidad. Los economistas no ortodoxos, por ejemplo, tienen una influencia nula en la realidad, pero sirven para dar color a la academia. Están ahí, dicen sus cosas, pero jamás son tenidos en cuenta, como ocurrió en la época de la crisis económica: quienes advirtieron de la posibilidad de un 'crash' fueron relegados al rincón, tildados de pocos rigurosos e ignorados por el resto.

La tercera negación de la crítica

La tercera forma de evitar la crítica es muy llamativa, porque la asume y la rechaza al mismo tiempo. Un buen ejemplo fue la declaración de la Business Roundtable, firmada por los CEO de 181 grandes empresas estadounidenses, que señalaba que los ‘stakeholders’ (clientes, empleados, proveedores, comunidades y sociedad) deben ser tenidos muy en cuenta y que las empresas deben equilibrar las preocupaciones legítimas de estos con las expectativas de los accionistas de obtener el máximo rendimiento. Una vez emitido el comunicado, nada se desarrolló para llevar a efecto esos propósitos.

El progresismo cortafuegos adopta como propio un tema en auge, como ocurrió con la desigualdad, pero para tornarlo inocuo

En esto de asumir la letra e ignorar el espíritu, el liberalismo tecnócrata, en especial el ligado a posiciones progresistas, es experto. Cuando algún tema cobra auge y ya no es evitable, como ocurrió con la desigualdad, o como sucede en la actualidad con el mal funcionamiento del capitalismo, lo adopta como propio pero para convertirlo en inocuo. La columna de Lapuente es un buen ejemplo de esta tendencia. No solo porque, después de recoger las disfunciones del capitalismo financiero y de tomar como única guía el beneficio de los grandes accionistas, regrese al Estado como la mitad del problema, sino porque al sintetizar todos los males en la mera avaricia, en el ansia por las rentas, sofoca la potencia de la crítica que el antitrust está formulando.

La concentración de poder privado

La causa última de las disfunciones, y el punto de partida del movimiento antimonopolio estadounidense, es la enorme concentración de poder privado, no público. Y el correlato obvio de un mundo financiarizado, en el que los monopolios y los oligopolios reinan, es el final del liberalismo, tanto del económico como del político. Del mismo modo que no hay Estado cuando existen poderes con una fuerza superior a él, no hay mercado cuando grandes actores imponen sus normas.

Si centrásemos el problema en el ámbito político, el consenso sería grande. ¿Se aceptaría un sistema en el que desaparecieran las garantías y los balances de poder que la ideología liberal defiende en sus textos y a cambio se nos ofreciese un Estado más eficiente, más productivo y en el que habría un crecimiento económico del que se beneficiarían (en última instancia) todas las capas de la población? La respuesta sería negativa, porque esas son las críticas que se formulan ya a las extremas derechas.

El poder muy grande es un problema muy grande.Tildar esto de ansia por las rentas es como calificar el autoritarismo de ansia por la regulación

Sin embargo, cuando se habla del poder económico, ninguna de estas objeciones parece funcionar. A la derecha y al progresismo les parece bien que el poder se concentre por la supuesta eficiencia, el crecimiento y el aumento de la productividad que genera, y la izquierda no se preocupa por estos asuntos, ya que piensa que, pese a la concentración, se podrán recaudar impuestos con los que financiar el Estado de bienestar. Pero esto es absurdo, porque una de las características de los grandes poderes privados es su capacidad para escapar de la fuerza impositiva y regulatoria de los Estados (como vemos claramente en el tema de los impuestos), y la otra es acabar con el mercado al convertirlo en un coto de una serie de grandes actores. El poder muy grande es un problema muy grande.

Tildar esto de simple ansia por las rentas es semejante a calificar el autoritarismo de ansia por la regulación. Este tipo de argumentos, cuando se realizan desde el progresismo, se convierten en un puro cortafuegos, la última barrera que se establece para impedir que la crítica surta un efecto real.

La desaparición de la crítica, su invisibilización y su conversión en inocua es lo que está abriendo la puerta a que el autoritarismo de los populismos de derechas se convierta en realidad mucho más que sus proclamas. Dejar sin arreglar las cosas que no funcionan tiene consecuencias.

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