Greta Thunberg y la causa de todo lo que va mal en el mundo

La polarización de la política puede explicarse de varias maneras, pero una de ellas es crucial: la conversión de las ideas es una cuestión puramente moral

Foto: La activista sueca Greta Thunberg. (EFE)
La activista sueca Greta Thunberg. (EFE)
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Una de las claves de la polarización, y quizá su factor principal, es lo mucho que nos fijamos en los demás. No en sus ideas, sino en sus características, en sus actitudes, en sus personas. Lo cierto es que la política se ha convertido en un continuo afeamiento de las transgresiones ajenas y ocurre entre los líderes (Sánchez es un mentiroso, el otro se compra una casa, el otro es fascista y demás) y en la micropolítica, desde las conversaciones de bar hasta Twitter. Esta confrontación banal genera insatisfacción y hartazgo, pero también impide que surjan discusiones reales y que la política pueda ser eficaz. Es difícil hoy hablar de ideas, porque todo se resuelve en lugares comunes soportados por las personalidades de quienes los emiten.

Mucha de esta retórica se repite con el cambio climático, y es una dinámica peligrosa. Se está celebrando la cumbre por el clima, algo de lo que nos hemos enterado en España, pero no mucho fuera de aquí. Los líderes de los principales países del mundo no se han acercado por ella y, sin embargo, todos ellos (los occidentales) están en la cumbre de la OTAN, lo cual marca claramente qué interés resulta prioritario y cuál es el momento en el que nos encontramos.

El poder y los intereses

Como es obvio, si existen dificultades para tomar medidas que nos dicen que resultan imprescindibles, si los acuerdos de cumbres anteriores no se han cumplido, si los presidentes de EEUU, China, Rusia, India, Brasil o Reino Unido, al igual que muchos de los grandes fondos de inversión, o los accionistas y directivos de muchas de las mayores empresas del mundo, se niegan a desarrollar las medidas que serían precisas, es fácil entender dónde están las dificultades para poner solución al cambio climático y hasta qué punto están ligadas a los intereses y al poder económico y geopolítico.

Hay un grupo de gente que está por todas partes y a quienes debemos casi todos nuestros males: son los viejos, resentidos, misóginos y obsoletos

Sin embargo, en estos días de cumbre, de lo que más hemos oído hablar es de los negacionistas, esa gente que se resiste a aceptar la verdad científica. Tampoco se refutaban sus tesis con otros argumentos, lo cual se considera poco útil a estas alturas, sino que se les atacaba a través de sus características personales. Y esto es llamativo, porque los rasgos con los que se les describe coinciden con los de aquellos que, según nos dijeron, votaron a Trump, apostaron por el Brexit, han nutrido a las extremas derechas o se resisten al cambio tecnológico.

Una extraña mezcla

Aparentemente hay un grupo de gente que está por todas partes y a quienes debemos casi todos nuestros males: son los viejos, resentidos, misóginos, atrasados, conservadores, aquellos que caen en rabietas infantiles, que carecen de la madurez psicológica necesaria o que tuvieron poder y lo han perdido. Esa extraña mezcla de resentimiento, decadencia, indignación y falta de control de las emociones se ha confabulado para fabricar nuestros problemas.

Todo termina reduciéndose, como ocurre cuando se utiliza el individualismo metodológico como guía, a las acciones y actitudes personales

Con estas descalificaciones no solo se contribuye a una polarización artificial, sino que permite borrar del mapa algo esencial en nuestra sociedad, lo estructural. Todo se reduce, como suele pasar con el individualismo metodológico, a las acciones y actitudes personales, como si la suma de las partes diera forma a un conjunto mágico, como si no hubiera diferencia entre el poder de unos y el poder de otros, como si no fueran mucho más decisivas las de unos que las de otros.

Los vicios privados

Esto es muy común a la hora de explicar nuestra sociedad y se repite de manera abrumadora. Un buen ejemplo lo tenemos en la forma en que se han justificado las diferencias sociales: a quien le va bien es gracias a sus méritos, a su capacidad de innovación y talento, y a quien le va mal es por su falta de esfuerzo o de perspectiva, por no haberse adaptado al cambio o no haberse preparado lo suficiente. En la crisis ocurrió también, tanto respecto de los países como de sus ciudadanos, y los argumentos circularon del lado de los vicios privados: quienes se gastaron lo que no tenían, no fueron responsables o se endeudaron por encima de sus posibilidades son quienes deben afrontar ahora los momentos duros. Es un asunto lógico de responsabilidad moral, de entender cuáles son las consecuencias de sus actos.

Al final, todo se convierte en una cuestión privada: si adoptamos los hábitos correctos de alimentación, transporte y consumo las cosas se arreglarán

Este moralismo es insoportable, y en gran medida porque impide poner solución a los problemas que nos aquejan, cambio climático incluido. En tanto ocluye las cuestiones estructurales y las diferencias de poder, lleva todo a una simple cuestión de actitudes. Si nos desprendiéramos de los lastres que nos colocan esos resentidos, todo iría bien y seríamos capaces de ponernos las pilas y transformar nuestros hábitos; así disminuiríamos el consumo de carne, dejaríamos de utilizar el automóvil y el avión y prescindiríamos de los plásticos. Tendríamos una ciudadanía concienciada, moderna, decidida a actuar correctamente para salvar la vida en el planeta y así construir un futuro brillante en lugar de uno oscuro.

La vida cómoda

Al final, se convierte en una cuestión privada: si adoptásemos los hábitos correctos de alimentación, transporte y consumo, todo se arreglaría. Por eso a mucha gente no le gustan Greta y sus ideas, porque le obligan a salir de su zona de confort, a cambiar y a tener una vida menos cómoda, y lógicamente se resisten.

Las cosas no funcionan así. Si no se pone remedio al cambio climático, no es por el señor de los memes que dice “¿dónde está, que yo lo vea”, ni por los tuiteros que niegan esto o aquello, ni por medios de comunicación que difunden noticias falsas. Esta visión olvida que priman el poder y los intereses y que, sin tener en cuenta ese factor, lo demás son mínimos parches.

El progresismo se ha convertido en guardián de la moral y nos dice cómo vivir, qué hábitos adoptar, cómo comportarnos, qué está bien y qué mal

El problema de esta actitud no es que incite al cambio a la gente, es que en lugar de transformar lo estructural, eso que parece no existir, pone el acento únicamente en lo individual. De este modo, gran parte del progresismo se ha convertido en guardián de la moral (del mismo modo que las derechas llevan tiempo apostando por ese juego) y nos dice cómo vivir, qué hábitos adoptar, cómo comportarnos, qué está bien y qué mal. Pero lo hace precisamente para esconder su complacencia con lo estructural, con aquellos que realmente tienen poder de decisión.

Esta absurda gestión de la política es peligrosa. Y es un juego fácil de jugar, porque bien podría decirse que ese permanente señalar con el dedo no es más que la rabieta infantil de progresistas impotentes que, al constatar que no cambian nada, vuelcan su ira en otros grupos sociales e insisten en avergonzarlos. De modo que, para no caer en ese error, sería mucho más práctico dejarnos ya del individualismo metodológico y del moralismo, y pensar mucho más en las razones verdaderas de nuestros problemas.

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