La libertad real y la decisión de tener hijos: un asunto políticamente ocultado

Dos debates recientes, uno sobre la natalidad y otro sobre la cohesión en la zona euro, subrayan cómo solemos sacar fuera de las discusiones públicas los elementos esenciales

Foto: Foto: Imagen de RitaE en Pixabay.
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Conversación con alto funcionario holandés sobre presupuesto de la zona euro. "Vemos que los países que piden estabilización y mayor dimensión social son los que tienen más desigualdad y menos políticas sociales. Quieren que la EU arregle sus problemas". ¿Qué le respondes a eso?

Es un tuit de este jueves, que introdujo una discusión interesante sobre la cohesión en la UE, pero que tiene un lado molesto, ya que dirige hacia un debate en el que se evita la cuestión previa, aquella que da forma a todo lo demás. El hecho es que Países Bajos es uno de los grandes beneficiados del euro, que además practica el 'dumping' fiscal dentro de una Unión que se lo permite, y cuya acción perjudica gravemente a países como España. Obviar esta realidad permite al funcionario holandés, como antes a Dijssembloem, una superioridad altanera e hiriente.

Cambio de marco

El asunto podría reformularse de esta manera: probablemente, si dispusiéramos (y hubiéramos dispuesto todos estos años) de los 13.500 millones anuales que no entran en nuestras arcas públicas por causa del 'dumping' fiscal, o si el euro no estuviera pensado para que los países del norte se beneficiasen, el nivel de desigualdad, la cantidad y la dotación de las políticas sociales, nuestra estructura productiva y nuestro nivel de bienestar serían bastante más elevados. Si contásemos con las ventajas de estos países, estaríamos mucho mejor. Pasar por alto esto permite todo tipo de explicaciones, algunas más atinadas que otras, pero que no evitan el punto de partida: si la organización europea y el reparto de poder y de recursos fuera otro, hablaríamos de otras cosas.

La sensación de provisionalidad, de falta de lazos permanentes, penetra en la vida privada: se vive más el momento y apenas se piensa en el futuro

Evitar lo estructural, olvidarse del punto de partida, es un mal bastante habitual en nuestras discusiones públicas, y ocurre con una gran cantidad de temas. La última se produjo a partir de los datos del INE, que muestran que la natalidad en España está bajando, un hecho que ha sido explicado de múltiples maneras: hay menos mujeres en edad fértil, las costumbres han cambiado, la inestabilidad sentimental es mucho mayor, los jóvenes se han vuelto más cómodos o simplemente se es mucho más libre que antes a la hora de decidir si se quieren tener hijos o no, son algunas de ellas.

Una nueva mentalidad

Los cambios culturales, muchos de ellos positivos, son innegables y afectan, como no podía ser de otra manera, a la decisión sobre ser padres. A todas estas transformaciones en las costumbres, en las relaciones sentimentales y en los proyectos vitales, habría que sumar otra respecto de nuestra visión del mundo. La percepción de que el futuro no será bueno es cada vez más común. La sensación de provisionalidad, de ser incapaces de anticipar lo que nos espera, de falta de lazos permanentes, penetra también en la vida privada: se vive más el momento y se piensa menos en lo que vendrá.

La parte progresista de la sociedad y la parte más derechista confluyen así, con suerte desigual, en el mismo terreno de juego

No es un asunto banal, porque la derecha está creciendo en Europa también por estos motivos. No es solo su decisión de apoyar políticas natalistas, sino que su parte cultural insiste en la falta de compromiso, el egoísmo o el narcisismo como elementos discursivos, y en una sociedad donde los lazos son frágiles, esta apuesta tiene su recorrido. En este sentido, la parte progresista de la sociedad y la parte más derechista confluyen en el mismo terreno de juego, con suerte desigual.

Ricos y pobres

Poner el acento en los cambios de mentalidad relega a un segundo plano las explicaciones materiales. Y no se trata solo de la precariedad laboral, de las dificultades de acceso a la vivienda para los jóvenes o las escasas plazas en guarderías. Hay otros aspectos que subrayan que esta vertiente debe tomarse en consideración, por ejemplo, que las clases altas y medias altas españolas tienen un mayor número de hijos, que en los países ricos de Europa occidental tienen tasas de natalidad más elevada o que en Estados como Hungría, que cuenta con relativamente pocas mujeres en edad fértil, está aumentando la natalidad gracias a las políticas de ayuda a la familia de su Gobierno.

Lo decisivo no es tanto el contenido concreto de las elecciones personales, que pertenecen a cada cual, como la capacidad real de llevarlas a la práctica

Sin embargo, contraponer unas explicaciones a otras es caer en la trampa de evitar el contexto, como ocurría con nuestro buen y gorrón amigo holandés. Si en nuestra sociedad la incorporación al mercado laboral de los jóvenes fuera rápida, los salarios decentes, los trabajos estables y hubiera un acceso razonable a la vivienda, y si no viviéramos en la incertidumbre continua y contásemos con un contexto económico y social que favoreciese los lazos sólidos y la realización de planes a medio y largo plazo, muy probablemente estaríamos hablando de otra tasa de natalidad. Seamos sinceros, todo va en sentido contrario a lo que se necesita para que se pueda confiar en el futuro, para tener cierta seguridad y para dibujar proyectos, y así es mucho más difícil que podamos tomar las decisiones que queremos tomar.

El grado de libertad real

Esto es muy relevante, porque incide en muchos otros temas que son cruciales en nuestra vida y subraya claramente el grado de libertad del que gozamos. Esto se entiende bien con el ejemplo del trabajo y la discusión (ya menos habitual) sobre si eran mejor los tediosos empleos para toda la vida del pasado o los que funcionan por proyectos, un eufemismo para subrayar que carecen de continuidad y de seguridad. Eufemismo. Habrá quienes prefieran unos u otros, pero lo decisivo no son tanto las elecciones personales sino su capacidad real de elección. Hay quienes valoran más los empleos sin ataduras, aquellos que les permiten cambiar de trabajo después de un tiempo razonable, y otros que se sienten más cómodos bajo un paraguas seguro. Sin embargo, la realidad va por un lugar muy diferente del de esta discusión un tanto ficticia, porque el porcentaje de trabajadores que puede cambiar fácilmente de un empleo a otro por voluntad propia es escaso y la mayoría trabaja en lo que puede sin elegir las condiciones.

Un problema similar aparece cuando se plantea el dilema de si es mejor alquilar la vivienda o comprarla. La premisa para dar una respuesta correcta es tener la opción real de hacer ambas cosas, es entonces cuando se puede elegir de verdad. Y hoy, mucha gente alquila porque carece de recursos para comprar. Una elección se toma cuando se puede optar, lo otro es amoldarse a las circunstancias.

Con la natalidad ocurre igual: lo idóneo sería tener el contexto adecuado para realizar nuestros proyectos, sean estos cuales sean. Y lo cierto es que no lo tenemos. O, por ser más preciso, solo lo tiene una parte, cada vez menor, de la sociedad.

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