Guerra en la cúpula: qué esconde la pelea por las retribuciones de los directivos

La controversia acerca de las elevadas cantidades que perciben los directivos de las empresas revela la dinámica de fondo de nuestro sistema. Ahora es el turno de los CEO

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Las elevadas retribuciones que perciben los directivos son frecuente objeto de polémica. Las críticas suelen formularse a partir de argumentos éticos y las contestaciones se producen habitualmente desde el lado pragmático. La discusión se entiende bastante bien si utilizamos un ejemplo, el de los futbolistas. El valor social que aportan un buen médico o un buen bombero es mucho mayor que el de unos deportistas cuya función última es dar patadas a un balón; salvan vidas, entre otras cosas. Sin embargo, los salarios de las estrellas del fútbol son estratosféricos, ya que entretienen o apasionan a millones de personas. La justificación es obvia: si ese deporte mueve cantidades ingentes de dinero y ellos son los protagonistas, los que producen el valor, tienen todo el derecho a llevarse un buen porcentaje. En este asunto, el capitalismo dice sí: en un negocio próspero y en el que hay competencia, asumen las exigencias de los futbolistas de élite.

Un razonamiento muy similar aplican los directivos, y especialmente los CEO de las grandes empresas, a su situación. Al margen de que su tarea tenga o no valor social, las empresas que dirigen producen grandes beneficios, y dado que ellos son los responsables del éxito, tienen derecho a retribuciones muy elevadas. Será ético o no, pero así es el mercado.

Socialismo para directivos

Este argumento es más llamativo de lo que parece, porque puede desplegarse una vez que se ha producido un desplazamiento de valor. Las empresas son una cadena en la que confluyen muchos participantes, y el movimiento típico de las últimas décadas ha consistido en considerar que el valor generado por la base de la pirámide y de las capas intermedias era cada vez más escaso.

La eficiencia dividió a los empleados en dos, aquellos que dirigían y producían valor y los que ejecutaban las tareas o aseguraban su realización

La mano de obra, por utilizar viejos términos, tiende a resultar secundaria, porque puede deslocalizarse o externalizarse, los cuadros intermedios son percibidos como un problema para la modernización de la empresa, en parte porque la tarea de control es ahora diferente, en parte porque sus salarios son más elevados, la mayor formación de las últimas generaciones ha abaratado a los trabajadores especializados, salvo los de áreas específicas, y los proveedores son cada vez más dependientes de las grandes firmas. Bajo el signo de la eficiencia, los empleados se dividieron en dos, aquellos que dirigían y producían valor y los que ejecutaban las tareas o los que aseguraban su realización. Unos eran estratégicos, los otros prescindibles. Por eso los segundos perdieron presencia y retribución al mismo tiempo que los salarios de los CEO creció vertiginosamente.

El verdadero valor

La teoría que permitió ese giro es la siguiente: una vez que las firmas se han reorientado fundamentalmente hacia los accionistas, la actividad concreta que realicen importa poco. Lo esencial no es la calidad del servicio que se presta o del bien que se vende, ni la satisfacción del cliente, sino qué cantidad de beneficios se generan y cuánto se puede repartir. Ese es el verdadero valor, y en ello se especializaron los CEO y sus equipos directivos. Era su gestión la que alineaba a la firma en la dirección precisa, y cuando los beneficios fluían, entendían justo que se les ofreciera un porcentaje satisfactorio.

La misma estrategia que la dirección de las empresas aplicó con sus empleados la están utilizando los accionistas con los CEO

En este caso, también el capitalismo dijo sí. Bajo lemas como la retención del talento, las leyes del mercado marcaban la pauta. Al menos en apariencia, porque esta reclamación del valor producido es bastante socialista, solo que su validez quedaba restringida a una parte de la empresa, la superior.

Nuevos sacrificios

Sin embargo, y como ya no estamos en el viejo capitalismo fordista, era cuestión de tiempo que se exigieran nuevos sacrificios. En el escenario actual, las empresas productivas, aquellas que prestan un servicio o venden un bien (incluida la banca tradicional) cada vez están más supeditadas a presionantes exigencias de rentabilidad a corto plazo. Las estructuras de propiedad están cambiando, como bien se nota en España, los lazos con los inversores institucionales nacionales son menos eficaces que en el pasado, hay más fondos extranjeros en el accionariado y los activistas comienzan a aparecer y apretar.

En esta carrera hay ganadores y perdedores, pero nadie se queda en el mismo sitio. En ella, las redes de poder nacionales son ya mucho menos eficaces

Se pueden utilizar argumentos éticos para el análisis y resaltar las enormes diferencias entre el salario más bajo (o el medio) y el del CEO, o utilizar consideraciones de mercado y señalar que el valor que aportan no merece tanto. También se podría insistir en que, en aquellos sectores bien conectados políticamente que obtienen sus beneficios gracias a sus privilegios o a transferencias presupuestarias, los elevados ingresos de los directivos provienen del parasitismo y, por tanto, no están justificados. Pero sería irreal, no es esto lo que está en juego. A estos enfoques éticos, de nuevo, hay que aportar una visión ligada a la realidad de las firmas y no a su retórica. Y aquí existen dos elementos que deben considerarse.

Los dos grandes cambios

El primero tiene que ver con ese tipo de gestión extractiva que se ha convertido en demasiado popular en los últimos tiempos. Del mismo modo que una parte de la acción directiva, a veces muy importante, para conseguir recursos para los accionistas fue reducir costes, ahora estos entienden que el aligeramiento debe seguir produciéndose. La mejora en la explotación de la firma que reclaman tiene que ver con que el dinero que cobran los directivos no revierte en los inversores, y estos quieren más. En otras palabras, los multimillonarios les están diciendo a los millonarios que dejen de serlo, que están percibiendo remuneraciones por encima de sus posibilidades y que es hora de apretarse el cinturón.

Las élites de los países perdedores, y casi todos los europeos lo son y España especialmente, tienen que pagar el precio de su pérdida de influencia

El segundo está relacionada con la pérdida de poder nacional en un sistema global, lo que pone las cosas más complicadas a las élites locales para conservar su poder. En este nuevo mundo hay dos opciones, o ponerse a la altura de las élites globales, fundamentalmente anglosajonas, o ir cediendo terreno. En esta carrera hay ganadores y perdedores, pero nadie se queda en el mismo sitio. Las redes de poder nacionales, siempre cercanas a la política, siguen teniendo peso, pero es menor del que atesora el ámbito financiero global. Un buen ejemplo de alineación: el BCE, la Autoridad Bancaria Europea y los inversores internacionales, a través de los 'proxy advisors', están diciendo a los directivos de los bancos que deben recortar sus salarios. En el viejo contexto, en el que el balance de poder era otro, estos avisos no se producirían o no surtirían efecto. Ya no funciona así: las élites de los países perdedores, y casi todos los europeos lo son y España especialmente, tienen que pagar el precio de su pérdida de influencia.

Es mala señal. No porque sea preocupante que personas que dirigen monopolios u oligopolios, y que gracias a ello ganan varios millones de euros al año, cobren un par de ellos menos, sino porque refleja un paso más en un modo de gestión de las empresas muy pernicioso para la sociedad, para sus trabajadores, para los proveedores y para los clientes. Esa pelea en la cúpula es una muestra más de cómo los 'makers' han perdido la guerra frente a los 'takers'. O, por decirlo de otra manera, de cómo el capitalismo rentista insiste en el extractivismo, la manera típica en que este sistema se está devorando a sí mismo.

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