El programa imposible de Joe Biden y el triunfo definitivo de Trump

Las primarias demócratas son muy relevantes, tanto por la importancia para el mundo de las elecciones en EEUU como por lo que indican sobre el final de la globalización

Foto: Protestas durante un mitin de Joe Biden. (Reuters)
Protestas durante un mitin de Joe Biden. (Reuters)

Los resultados del supermartes demócrata han sido concluyentes. Biden ha emergido como el gran vencedor; Sanders ha sufrido un gran revés que le pone muy difícil el éxito final —ya que necesitaba ganar y dar la sensación de que su candidatura iba a ser imparable y se ha quedado muy lejos de eso—; Bloomberg ha fracasado estrepitosamente y ha optado por abandonar, y Warren se ha quedado sin opciones ni de nominación ni de influencia y mantiene una candidatura que, a pesar de su brillantez inicial, carece ya de sentido.

El programa imposible de Joe Biden y el triunfo definitivo de Trump

Más allá de la situación en que ha quedado cada candidato, las primarias demócratas cuentan con muchos elementos de interés. Desgraciadamente, el martes clave de las primarias ha tomado el camino políticamente más pobre. Muchas de las discusiones se establecen sobre quién será el mejor candidato para derrotar a Trump, o sobre conceptos como elegibilidad, centrismo, moderación y radicalidad. Son aspectos plenamente presentes en lo discursivo, pero de escaso peso real.

El gran cambio

Si en lugar de detenerse en una terminología que ya no es efectiva, los demócratas tomaran consciencia de cuál es el espíritu de los tiempos, les iría mejor, pero también actuarían de modo más provechoso para su sociedad. Estamos ante un giro político ligado con el fin de una época y el inicio de otra que Trump identificó con bastante precisión. Su triunfo, que fue difundido por el ‘establishment’ como una excepción provocada por un montón de paletos blancos resentidos, algo que sería rápidamente corregido, es un buen ejemplo. Cuatro años después, Trump está mucho más asentado, el Brexit ha tenido lugar y las nuevas derechas crecidas a su alrededor se han extendido por todo Occidente. No ha retrocedido, ha avanzado.

La ideología de Trump está construyendo nuestro mundo: ha combatido el orden creado con la globalización para reordenarlo en favor de EEUU

Es pertinente constatar que lo que ha hecho Trump durante su mandato está muy alineado con aquello que prometió en su campaña: el repliegue proteccionista, la relectura de la globalización y la reorganización del mundo multilateral tienen que ver con la idea de que su país había quedado demasiado expuesto. China, convertida en la segunda potencia mundial y con capacidad de amenazar la hegemonía estadounidense, era un buen ejemplo de la creciente debilidad de EEUU. Para fortalecer su país, Trump ha promovido cambios en diferentes ámbitos: ha apostado por la expansión internacional de las empresas tecnológicas estadounidenses y de sus fondos de inversión (como bien vemos en España), por mejores condiciones para Wall Street y recortes de impuestos para los ricos, por tensionar las relaciones internacionales para contener y debilitar la expansión china, en especial con la tecnología, y por iniciar el repliegue en aquellas cadenas de valor que tienen que ver con aspectos estratégicos. El 'fracking', por ejemplo, es producto de esa intención de no depender del exterior con la energía. Este giro también se ha concretado en nuevas exigencias a los aliados para que se adecúen sus voluntades a los planes estadounidenses.

El precio interno

Más allá de sus formas, esa es la ideología de Trump y es la que está construyendo nuestro mundo: ha combatido el orden creado con la globalización para reordenarlo en favor de EEUU. Este fortalecimiento estratégico a partir del refuerzo de los sectores con más poder en la sociedad estadounidense, no obstante, tiene un precio, el aumento de la debilidad interna. Como suele ocurrir en una economía que tiene en lo financiero un componente muy elevado, y precisamente por efecto de la orientación hacia los accionistas de las empresas, especialmente de las productivas, las disparidades sociales aumentan. Las posibilidades vitales son muy diferentes dependiendo de la clase social a la que se pertenezca, las dificultades para pagar bienes básicos están aumentando, e incluso las capas estables de la sociedad, como fueron las medias, observan el futuro con preocupación. El correlato de esta falta de cohesión es la ausencia de solidez política.

El 80% de los ingredientes activos utilizados para fabricar medicamentos en EEUU, incluidos la penicilina y el ibuprofeno, proviene de China

Podría afirmarse que el Gobierno Trump ha hecho un EEUU más fuerte fuera, pero más débil dentro. Un asunto como el coronavirus lo pone de manifiesto. Partamos de una evidencia: si el foco de infección no hubiera estado en China sino en una ciudad estadounidense, las consecuencias habrían sido tremendas. Y aún ahora, las dificultades para afrontar una crisis allí parecen evidentes: en un país que carece de sanidad pública y en la que un tratamiento para el Covid-19 tendría que ser abonado por personas con escasos recursos, los contagios serían mucho más frecuentes. Tampoco cuentan con los medios necesarios para enfrentarse a una crisis seria (serían precisos 750.000 equipos de respiración asistida y no tienen ni la décima parte), y muchos de los medicamentos que se consumen en EEUU se fabrican fuera y podrían no estar disponibles cuando fuera necesario: el 97% de los antibióticos y el 80% de los ingredientes activos utilizados para fabricar medicamentos en EEUU, incluidos la penicilina, el ibuprofeno y la aspirina, provienen principalmente de China. Y eso sin contar con los problemas económicos derivados para muchas familias. No se trata solo de que pueda tener lugar una recesión, sino de algo más inmediato: el simple cierre de las escuelas durante un mes dejaría sin salario a muchos de sus profesores y de su personal, que cobran por hora trabajada.

Lo que revela el virus

Hasta ahora, el coronavirus es una amenaza, un riesgo abierto, no una pandemia. Sin embargo, es un buen telón de fondo que subraya las debilidades estadounidenses y, con ellas, las del orden construido con la globalización, las cadenas de valor dispersas y la fragilidad material de buena parte de las sociedades occidentales. China muestra una cohesión interna mucho mayor; por cultura, por el sistema político y por orgullo nacional en una época de auge, pero también porque el nivel de vida ha aumentado mucho. En EEUU, ocurre al revés.

Si Trump es un líder que ganó lidiando con los efectos exteriores de la globalización, Sanders está subrayando los efectos internos

Al mismo tiempo, y esto conviene tenerlo en cuenta, el coronavirus está revelando las debilidades estratégicas en la economía de un Occidente globalizado: hay muchos países (como España) cada vez más dependientes del exterior en muchos de sus suministros estratégicos, muy expuestos a fallos lejanos en la cadena, y con una economía muy enfocada a las exportaciones. Además, si el mercado interno no funciona lo suficiente como para compensar lo que se pierde por el frenazo global, y sus poblaciones tampoco cuentan con el poder adquisitivo necesario, ya que los bienes esenciales son caros y los salarios no permiten el ahorro, esa fragilidad interna se multiplicará.

Biden o la nostalgia

Ahí es donde entra en juego Sanders. Si Trump es un líder que lidia con los efectos exteriores de la globalización, Sanders subraya los internos. Su empuje tiene que ver con el deseo de buena parte de su sociedad, que quiere una vida mejor, en la que los bienes indispensables para una existencia digna, como sanidad o educación, sean accesibles para todos, que se dé marcha atrás en las deslocalizaciones, que se promuevan trabajos con salarios decentes, y que las deudas no les asfixien. Demandan un giro político que apueste por la inversión en la sociedad en lugar de las recompras de acciones. Son gente que se vuelve contra todo ese escenario que se tejió con la globalización y que les ha acabado perjudicando: quieren más bienestar en sus sociedades, más y mejores empleos y mayor poder adquisitivo.

Queda mucho tiempo para las elecciones y no es imposible que Biden gane, pero si se celebrasen la semana próxima, Trump se lo comería vivo

El cierre político respecto de la globalización ya está aquí, lo que varía es dónde se pone el foco. Por sintetizar, Trump y Sanders son las dos opciones políticas de nuestra época. Lo demás es Biden, es decir, la nostalgia de un tiempo que se ha esfumado. El ‘establishment’ demócrata, como aquí el europeo, insiste en anclarse en el pasado y trata de salvar los restos del naufragio, pero el único efecto de eso será el triunfo de las nuevas derechas.

El programa imposible de Biden

Biden sirve aquí como ejemplo: es el máximo favorito para la nominación demócrata, está lanzado tras el supermartes, contará en la convención con los delegados de otros candidatos y con los superdelegados, si fuera necesario. Sin embargo, es muy mal candidato para ganar a Trump. Las elecciones serán en noviembre, queda mucho tiempo para ellas y no es imposible que Biden gane; pero si se celebrasen la semana próxima, Trump se lo comería vivo.

Pero en segundo lugar, y esto es crucial, Biden no puede ganar porque no podrá aplicar su programa. Si gobierna, acabará desarrollando políticas internas muy similares a las de Trump, aunque con voz más amable y una mano de pintura. Y en cuanto a la geopolítica, será menos agresivo en la expresión, pero básicamente hará lo mismo que Trump. Y esto sí será una absoluta derrota para el partido demócrata. Los vientos políticos soplan desde otro lugar, y parar a Sanders (o las propuestas que traía Warren) no es más que un ejercicio estéril de inmovilismo. Trump está abriendo champán en la Casa Blanca.

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