La diferencia entre China y EEUU, explicada (con Rusia de fondo)

Las élites de los principales países del mundo tienen visiones muy diferentes sobre la sociedad. Un ensayo las retrata a través de historias con notable carga simbólica

Foto: Wall Street, vacío. (EFE)
Wall Street, vacío. (EFE)

El regreso de la geopolítica pone el foco en las fortalezas y debilidades de las dos grandes potencias, EEUU y China, y más en una época tan complicada como la nuestra. Con el telón de fondo de la gravísima crisis sanitaria que afrontamos, asistimos a la pelea entre el pulmón financiero y la fábrica del mundo, entre la democracia y la dictadura y entre la globalización y su cierre, pero también por la hegemonía tecnológica, el mercado europeo y el dominio en Latinoamérica, entre otras cosas.

En el análisis de esta nueva tensión imperial, surge a veces la tentación de practicar una suerte de psicologismo que impregna los sistemas de las características personales de sus líderes, una técnica que explica algunos detalles, pero difícilmente el conjunto. Sin embargo, las prácticas, las asunciones implícitas, las formas de actuar interiorizadas de cada sistema y el modo en que estas se traducen en las actitudes de los individuos que los integran suelen arrojar algo más de luz su sobre sus fortalezas y debilidades.

El retrato de las élites

A menudo recuerdo, en este sentido, 'Nothing but a circus. Misadventures among the powerful' (Ed. Penguin), el libro de Daniel Levin, un consultor en asuntos políticos y económicos, asesor en materia de finanzas y en resolución de conflictos con gran experiencia internacional, por lo revelador que resulta.

No se puede comprender la complejidad de las culturas a través de unas cuantas historias, pero las que ofrece Levin nos dan alguna pista

El trabajo de Levin le permitió codearse con élites de todo el mundo y conocer sus costumbres y sus formas de pensar. Narró su experiencia en un texto de fácil lectura, una sucesión de entretenidos relatos cargados de potencia simbólica. No son más que viñetas, y haríamos mal en tratar de entender la complejidad de las culturas y de sus prácticas estructurales a través de unas cuantas historias, pero tampoco deberíamos desdeñarlas, por si pueden dar alguna pista.

He contado la experiencia de Levin en alguna otra ocasión, pero la recuerdo hoy por si nos ayuda a comprender algo de la mentalidad de las élites de los países que más importancia tienen en el orden global. Además, son amenas y cuentan con carga irónica, y cierta relajación no nos viene nada mal en este instante tan complicado.

EEUU

Levin comenzó su carrera trabajando para una firma de abogados de Wall Street. Su jefe y mentor era una persona completamente dedicada a su oficio, una persona laboralmente generosa que le enseñó gran parte de lo que sabía. También era exigente: Levin no pasaba menos de 80 horas semanales en la oficina, y su jefe era el primero en dar ejemplo. Abandonó la firma a los tres años, cuando fue consciente de que acabaría convirtiéndose en su mentor. El detonante que le llevó a cambiar de empleo fue una anécdota que le hizo caer en la cuenta del destino que le esperaba. Mientras su superior estaba de viaje por Europa, la mujer de este tuvo un accidente de automóvil y fue ingresada en el hospital. La secretaria intentó localizarle y reservó un billete en el siguiente avión para que regresara a EEUU. Sin embargo, el abogado entendió que la prioridad era la reunión que había concertado con uno de sus clientes y no volvió a su país hasta cinco días después. Lo primero que hizo tras bajar del avión no fue, por supuesto, ir a visitar a su mujer. En ese instante, Levin comprendió que estaba en el lugar equivocado y optó por cambiar de aires.

Rusia

En un viaje a Rusia, Levin conoció a un político opositor a Putin, un tipo interesante, divertido y culto. Trabaron amistad y volvieron a encontrarse en algunas ocasiones durante varios años hasta que el político desapareció de la vida pública sin motivo aparente. No logró contactar con él, ya que no contestaba a mensajes ni llamadas. Pasaron varios años, y cuando reapareció se había convertido en otra persona: “Había pasado de ser el enemigo de Putin a uno de sus pistoleros”. Levin fue consciente entonces de que era un movimiento planificado que entroncaba con la mística maquiavélica que rodeaba al viejo Kremlin, un juego de espejos en el que nadie es quien parece ser.

China

Levin también fue contratado por China. El primer contacto se produjo porque deseaban adquirir una compañía estadounidense cuya tecnología era superior a aquella con la que contaban y entendían que era una firma interesante. Las autoridades de EEUU estaban bloqueando la adquisición porque imaginaban que esa tecnología podía ser utilizada militarmente e impusieron un veto, con el consiguiente malestar chino. La tarea de Levin era ejercer de mediador para conseguir que el veto se levantara. En las conversaciones con el representante chino, este le transmitió claramente cierto resentimiento: su país sentía que no era respetado, que las reglas de juego que se les permitían a los estadounidenses eran más favorables que al resto. Los dos regímenes cometían ilegalidades en ocasiones, pero las normas solo se invocaban cuando favorecían a EEUU. Esa sensación de no ser tomados suficientemente en consideración llevaba a su interlocutor a la altivez: “No necesitamos comprar la empresa para acceder a esa tecnología; para eso nos bastaría con piratear sus ordenadores y robársela”.

No se aceptan negativas: China es una superpotencia y los días en que podía ser tratada como un país secundario se habían terminado

Lo más significativo del capítulo sobre las élites chinas es la parte en la que Levin narra el encargo de fijar una reunión con el ministro de Finanzas de un país africano, un continente en el que trabajaba con frecuencia. La reunión debía celebrarse el 12 de abril. El ministro africano no puso ningún problema al encuentro, pero deseaba cambiar la fecha, ya que ese día iba a estar en Washington en una reunión del Banco Mundial, y sugirió varias alternativas. Desde Pekín, dijeron a Levin que no, que la reunión debía ser el 12 de abril.

Levin entendió, además, que el funcionario chino que ejercía de enlace había recibido la orden de una de las máximas autoridades del Gobierno, y por tanto había que cumplir con lo encargado: su posibilidad de ascender en la estructura o de caer en desgracia dependía de hacer lo que le pedían. De modo que no se aceptaban negativas: China es una superpotencia y los días en que podía ser tratada como un país secundario se habían terminado. Levin, en ese punto, decidió desvincularse del asunto. Más tarde supo que la reunión se había celebrado, pero el 20 de abril y con el secretario del ministro de Finanzas.

EEUU otra vez

Hacia el final del libro, Levin recibe una llamada de la exsecretaria de su primer jefe, el abogado de Wall Street, quien le comunica su fallecimiento a causa de un tumor cerebral y le emplaza para el velatorio, que será íntimo, para familia y amigos. Cuando llega a la sala, solo hay una mujer, del personal de limpieza, que está barriendo. Levin piensa que se ha equivocado de hora y que todo el mundo se ha marchado ya. La mujer le cuenta que no es así, que en todo el día solo ha acudido él. Nadie más: ni mujer, ni hijos ni amigos. Tiene su lógica, ya que cuando únicamente se vive para el dinero y el éxito, se muere solo.

Más vale que Levin no tenga razón en las descripciones que hace; en caso contrario, vamos a tener mucho que hacer en los tiempos que vienen

Hasta aquí las historias narradas por Levin. Podríamos entender que tales retratos, fruto de su experiencia personal, no superan el rasgo de anécdotas y que, por tanto, son poco adecuados para extraer de ellos conclusiones generales. Sin embargo, el cuadro que nos dibuja, que es perturbador, se parece sospechosamente a algunas de las ideas que tenemos en mente: unas élites que solo piensan en los beneficios y que tienen éxito, pero sin vínculos sociales y que, por tanto, terminan solas y aisladas; otras élites que dirigen un sistema vertical y rígidamente dirigido que contempla a sus ciudadanos simplemente como personas que deben cumplir órdenes, y otras que maniobran aquí y allá, de forma poco confiable siempre, y que nunca se sabe cómo actuarán. Más vale que Levin no tenga razón en las descripciones que hace; en caso contrario, vamos a tener mucho que hacer en los tiempos que vienen.

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