Cómo funciona el grifo del dinero para la recuperación (y la advertencia china)

Debemos enfrentarnos a grandes desafíos sanitarios y económicos, y nuestra reacción dista mucho de ser la adecuada. La visión china sobre cómo actuamos es significativa

Foto: Von der Leyen, Xi Jinping y Donald Trump. (EFE)
Von der Leyen, Xi Jinping y Donald Trump. (EFE)
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Si juzgamos el momento español a partir de las noticias que más relevancia han tenido esta semana, bien podríamos concluir que hemos regresado a la normalidad, porque estamos inmersos en nuestras típicas peleas políticas. Lo único que ha cambiado es el volumen de los gritos, que si antes era difícilmente soportable, ahora lo es mucho menos. Y es una actitud imprudente, parecida a celebrar fiestas multitudinarias hoy, a la vista de la gravedad de los problemas: la pandemia sigue aquí, nuestro futuro económico se está resolviendo ahora, y el giro geopolítico traerá consecuencias para España. Al relegar todo esto a un segundo plano y centrarnos en las cuitas internas, nos enredamos en una ficción según la cual si el Gobierno cambia de manos o si la oposición se decide a ayudar todo se arregla. Es una manera irresponsable de lidiar con las consecuencias del virus, porque lo único que hace es dificultar la reacción necesaria.

Los problemas y los desafíos en cada una de estas áreas, la sanitaria, la económica y la geopolítica son muy grandes, y más cuando el futuro es más difícil de prever que nunca. Sin embargo, en algunos sectores estamos poniendo las bases para que no sea especialmente bueno.

El doble camino

Así ocurre en la economía, donde encontramos movimientos con un denominador común, que podría definirse así: a unos sectores el dinero le está llegando rápido y en abundancia, y a otros en proporción escasa y lentamente. Mientras las pequeñas empresas y los autónomos sufren dilaciones dañinas en la concesión de los préstamos, y muchos de ellos son denegados, las firmas de mayor tamaño encuentran acceso fácil e instantáneo al capital. No es un mal española sino un movimiento general, que subraya claramente cómo va a ser la recuperación: lenta, costosa o inexistente para muchos, sencilla para pocos.

Es necesario que fluya el dinero y lo haga de manera rápida, y las pymes y los autónomos carecen de canales efectivos para que así ocurra

A veces, ni siquiera hace falta que el dinero llegue, basta con el respaldo estatal para que todo se solvente rápido. Un buen ejemplo lo hemos visto en EEUU, pero es algo generalizado, y muy europeo. La Reserva Federal anunció que iba a realizar compras directas de deuda corporativa, incluso para aquellos productos que tuvieran un rating bajo. Gracias a esta promesa, compañías en situación muy difícil, como Boeing o Carnival Cruises, emitieron bonos que fueron rápidamente adquiridos por los inversores: al final del camino, siempre está el Estado, de modo que se trata de una inversión respaldada. Ambas firmas evitaron así tener que recurrir a las ayudas directas estatales y someterse a la condicionalidad aparejada, como la exigencia de mantener los puestos de trabajo.

Son acciones como estas las que explican la subida de las bolsas: las apuestas sobre el recorrido futuro de las empresas quedan garantizadas por el Estado, con lo que la crisis se convierte en una oportunidad para ganar dinero. Mientras tanto, los pequeños negocios cierran, los trabajadores viven momentos difíciles, y su horizonte de recuperación se aleja más que se acerca. En momentos como este, es necesario que fluya el dinero y lo haga de manera rápida, y las pymes y los autónomos carecen de canales efectivos para que así ocurra, con las consecuencias que estamos viendo y veremos en el empleo.

Las dos velocidades territoriales

El segundo terreno en el que esta tendencia está manifestándose de modo evidente es en la estructura territorial. Ocurre en EEUU, donde el líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitchell McConnel, lidera la negativa a ayudar a sus estados. Sin inyección del Gobierno, la reducción de servicios en áreas como la sanidad, la educación y la seguridad pública será notable, justo cuando parece más necesaria. La falta de apoyo federal conducirá a ajustes presupuestarios por la vía de los recortes, por lo que sorprende que un Gobierno que ha inyectado una cantidad tan elevada en rescatar a sus empresas se niegue a actuar de forma responsable con sus Estados.

El resultado no parece muy halagüeño: el fondo supondrá un estímulo anual del 0,6% del PIB durante cuatro años, lo que suena muy escaso

En Europa sabemos algo de esto. El fondo que propone la Comisión ha sido celebrado por muchos motivos, entre ellos por lo que supone de solidaridad europea y por su relevancia para un futuro de mayor acción común. Pero como suele suceder en la UE, hay que mirar la letra pequeña. Dejemos de lado la pequeña molestia que supone constatar que no es un plan cerrado, sino una propuesta, y demos por hecho, quizá ilusoriamente, que el plan final se parecerá mucho a lo recomendado por la Comisión.

Malas señales

El resultado no es muy halagüeño. El fondo supondrá un estímulo anual del 0,6% del PIB durante cuatro años, lo que suena muy escaso. En lo que se refiere a España, la cuantía de los préstamos es cercana a las de las transferencias, y dado que nuestro país tendrá que aportar al presupuesto comunitario su parte, unos 43.000 millones, el saldo positivo se situará en torno a 34.000 millones. Además, se trata de un acuerdo sujeto a condicionalidad, tanto en lo que se refiere a los sectores a los que se destinará, sobre todo transición digital, energías renovables y preparación sanitaria para un futuro rebrote, como a la aceptación de las reglas fiscales y, con ellas, a la realización de reformas estructurales.

Buena parte del dinero invertido en la recuperación ha venido en forma de ayudas de Estado: Alemania ha destinado un billón de euros a sus empresas

De modo que hay buenas señales en el plan de la Comisión, pero otras son bastante malas. En especial si abandonamos por un momento la propuesta en marcha y nos fijamos en el mapa general. Buena parte del dinero invertido en la recuperación ha venido en forma de ayudas de Estado, y de ellas, más o menos la mitad han sido aprobadas a Berlín por parte del Ejecutivo comunitario. Alemania ha metido en el sistema un billón de euros para ayudar a sus empresas, lo cual es bastante más que lo introducido por toda la UE para apoyar a los Estados miembros, y también circula por canales mucho más rápidos.

El poder del tamaño

Resumamos el escenario: las ayudas más relevantes están yendo a parar a las empresas más importantes de los países más importantes. En concreto, a aquellas que están en mala situación y que, al estar sometidas a grandes tensiones, podían causar problemas a sus accionistas y bonistas. Están preservando a las empresas demasiado estratégicas para caer y, con ellas, al ámbito financiero. Mientras tanto, las pymes, los autónomos y los trabajadores, encuentran muchas mayores dificultades para acceder a los recursos que permitirían la recuperación o la simple subsistencia, y sus problemas son más graves cuanto menor es la importancia en el contexto occidental de los países en los que se ubican.

En definitiva, es la misma respuesta que se dio en la anterior crisis, con el mismo dolor para las clases medias y las trabajadoras

Por el otro lado, los Estados más poderosos no tienen problemas en endeudarse, pero los menos poderosos sí, porque sufrirán las consecuencias de los ajustes estructurales, de las reformas y de la presión austera. En el caso español, nos veremos perjudicados por ambos lados: nuestras empresas, dada su debilidad, serán objeto, como lo son ya, de entradas en el capital por parte de fondos extranjeros, cuando no directamente adquiridas, y los presupuestos públicos se contraerán, lo cual nos dejará sin margen de maniobra.

En definitiva, es la misma respuesta que se dio en la anterior crisis, con el mismo dolor para las clases medias y para las trabajadoras. Aunque con una diferencia que explica también el plan de Bruselas. Del mismo modo que EEUU ha ingresado cheques a sus ciudadanos con menos recursos, Alemania repartirá algo de alivio a los Estados más dañados de la UE; en ambos casos se trata de lo justo para ir tirando, en un caso para evitar problemas sociales, y en el otro para relajar tensión de la cuerda de forma que no acabe rompiéndose. Pero esto no introduce cambios en el sistema; son remedios paliativos hasta que regrese la normalidad de siempre en el manejo de la economía.

La prevención china

Es curioso ver cómo se percibe esto desde el otro lado del mundo, es decir, desde China. Su primer ministro, Li Keqiang, aseguró en la reunión anual del Legislativo, la Asamblea Popular Nacional de China, que “debemos dar prioridad a la estabilización del empleo y a garantizar el nivel de vida. Fortaleceremos la política de empleo primero con medidas integrales”. Fue una declaración más llamativa de lo que parece, porque en esa reunión se fija el objetivo de crecimiento anual de la economía china, y este año no hubo ninguna cifra al respecto: la prioridad era el trabajo, no el crecimiento.

Occidente no ha implantado las medidas adecuadas para preservar el distanciamiento social y ha priorizado la economía

Actitudes como esta les hacen percibirse especialmente fuertes. Un editorial de ‘Global Times’, periódico oficialista chino, hace un buen resumen de la situación. Viene a subrayar que China ha controlado la pandemia, que su economía está ya funcionando y que saldrá de la crisis antes que el resto del mundo. Occidente, por el contrario, ha cometido un par de errores. Dado que no ha logrado implantar las medidas adecuadas para preservar el distanciamiento social, en parte por la mentalidad de su población, el virus no se ha controlado del todo. Y como la economía tiene prioridad, los países occidentales están abriendo todo sin tener el problema sanitario solucionado. La imprudencia de actuar de esa manera puede llevar a efectos muy serios, en especial en forma de segunda ola. En otras palabras, al quedarse a medias en la salud y en la economía puede ocurrir que, a la vuelta de la esquina, ni una ni otra funcionen.

La paradoja consiste en que, como China no puede cerrar fronteras dada su elevadísima conexión con los mercados globales, quedará expuesta a nuevos casos, en general los que los extranjeros traigan. La recomendación de ‘Global Times’ es que su país siga alerta, como si estuviera en crisis, para evitar la contaminación que puede llevar Occidente. Es curioso cómo las cosas se invierten en poco tiempo.

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