Los señores del dinero: quiénes están tomando las decisiones

¿Y si las grandes medidas económicas, también las ligadas a la recuperación, estuvieran siendo dictadas por personas con ideas profundamente equivocadas? Así lo cree Skidelsky

Foto: El Rey emérito, entregando en 2018 a Carmen Reinhart el premio de economía Juan Carlos I. (J. P. Gandul/EFE)
El Rey emérito, entregando en 2018 a Carmen Reinhart el premio de economía Juan Carlos I. (J. P. Gandul/EFE)
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Estamos inmersos en una crisis de grandes dimensiones, que amenaza con hacerse más profunda, y que requiere de acciones decididas para sacar de ella a las sociedades occidentales. Hay que invertir temporalmente dinero en ella, hasta que este paréntesis haya pasado, para que el motor arranque de nuevo. Y una vez que el impulso esté en marcha, convendrá tomar medidas sensatas, razonables y ajustadas para conservar los equilibrios y la contención que hagan la economía más estable. La mayor parte de los economistas enuncian una descripción del momento muy parecida a esta, y nos ofrecen recetas expansivas ahora y austeras después de forma que se recorra el camino adecuadamente.

El problema estriba en que su visión y la realidad no van por los mismos caminos. Un economista puede afirmar consistentemente que la pérdida de empleos que estamos viviendo no es un grave problema, ya que como los costes más elevados para una empresa son los laborales, las compañías terminarán siendo más robustas, porque ya se han desprendido de lo que les sobraba. También puede insistir, como hace la OCDE, en que los ERTE deberían olvidarse, que hay puestos de trabajo que deben ser convenientemente destruidos para dejar paso a sectores más florecientes. Puede señalar que tener un pequeño negocio es mala idea, y que es hora de que se concentren o cierren, especialmente en hostelería o turismo. O que el futuro tiene que ser digital a pesar de las obvias reducciones de plantilla que causará. O que conviene la austeridad que imponen esos países a los que, sin rubor alguno, llaman frugales. Estas son líneas estratégicas que casi todos los economistas aprueban.

Lo que está ocurriendo es justo la solución que los economistas ortodoxos proponen. Este es un momento idóneo para la destrucción creativa

Eso es lo que nos dice la realidad: que están cerrando pequeños negocios en parte porque se los instiga a bajar la persiana con la falta de ayudas, esas que sí han tenido numerosas grandes empresas zombis de todo el mundo; que se perderán puestos de trabajo, que muchos trabajadores no han cobrado aún los ERTE, que las pymes tienen dificultades para la concesión del ICO, que tendremos menos dinero y que el consumo sufrirá.

De modo que lo que ya está ocurriendo es justo la solución que los economistas ortodoxos proponen. Esta es una situación idónea para la destrucción creativa, para dejar el camino expedito para las inversiones en digitalización y energía verde, para rehacer el tejido productivo de forma que se ponga a la altura de los tiempos. En fin, eso que ya decían antes de la pandemia.

Lo malo es que estas soluciones tienen un elevado coste para la mayoría de la gente, en dolor social y en desigualdad, pero también para el mismo sistema, en ineficiencia e inestabilidad. Pero esa es una vertiente que los economistas no pueden medir, ya que les parecen asuntos escasamente científicos, cuando no meramente populistas.

1. La arrogancia

Robert Skidelsky (1939) es profesor emérito de economía política de la universidad de Warwick. Ha sido nombrado Lord y es conocido por su monumental biografía sobre Keynes y por su participación activa en la política parlamentaria. Su última obra, ‘What’s wrong with economics?’, contiene numerosas advertencias sobre la divergencia entre lo que los economistas miden y la realidad. A sus más de 80 años, ha decidido escribir sobre la disciplina que mejor conoce en términos notablemente críticos, muy preocupado por su deriva.

Las críticas de Skidelsky se mueven en diferentes órdenes. Uno de ellos es la sorprendente arrogancia con la que sus compañeros de profesión han construido una ciencia cada vez más irrelevante para ofrecer diagnósticos del presente y soluciones futuras. Dedica numerosas páginas a criticar la utilización de modelos matemáticos, un instrumento que ofrece una imagen científica y libre de valores y que es útil para negar su contenido real, normativo y prescriptivo; también insiste en que la disciplina cada vez opera más de la manera en que Ely Devons la satirizó: “Si los economistas quisieran estudiar a los caballos, no irían a observarlos. Se sentarían en sus estudios y se dirían a sí mismos: ‘¿Qué haría si fuera un caballo?’. Y pronto concluirían que maximizarían sus utilidades”.

El individualismo metodológico impide que la economía comprenda el comportamiento humano y, por tanto, ofrece a menudo consejos erróneos

Su ciencia trabaja a menudo como si todo fueran mundos cerrados, una perspectiva ausente de otras ciencias sociales, ya que es la única que les permite obtener predicciones cuantitativas: “Estos mundos cerrados son como el mundo de los juegos, en el que se dan los objetivos, se fijan las reglas y solo hay un número limitado de movimientos. Siempre han existido y existen hoy. Son el material de la microeconomía. Pero dudo que el cierre sea una buena presunción general de la vida económica moderna, especialmente una dominada por las instituciones financieras”.

Además, según Skidelsky, las matemáticas son la metáfora idónea de la economía neoclásica: el investigador económico solo tiene que producir una correlación que se convertirá rápidamente en una causa. Pero incluso en esos casos, advierte, se cree que ese carácter retórico es socialmente útil, ya que fortalece la idea de los mercados libres.

El gran error de la disciplina, no obstante, consiste en creer que la realidad está compuesta solo por individuos: “El enfoque del individualismo metodológico impide que la economía comprenda una gran parte del comportamiento humano y, como consecuencia, ofrece a menudo consejos erróneos. No comprende las lealtades, los apegos y las identidades religiosas nacionales, y grupales, todas esas que Weber llama asociaciones comunales, y la forman en que éstas modifican la imagen del individuo maximizador; no comprende el poder de la autocomprensión y la forma en que las posiciones sociales configuran la autocomprensión; no comprende el papel de las ideas, el poder y la tecnología en la configuración de las elecciones, incluida la suya propia; no comprende la contingencia histórica de algunas de sus doctrinas universales; y es además indiferente a su propia historia”.

2. Los líderes de la salida

Es curioso comprobar cómo, a pesar de los acontecimientos recientes, son los economistas quienes están liderando las propuestas sobre cómo salir de la pandemia. Las instituciones internacionales nos anticipan, con una sorprendente bola de cristal, qué cantidad de paro tendremos, cuántos negocios cerrarán, lo mal que irá nuestra economía, y siempre con porcentajes extrañamente precisos, sobre todo teniendo en cuenta lo escasamente previsible que resulta el futuro: si podemos conocer poco de él habitualmente, menos en una época como esta. Sin embargo, tienen todo tipo de cifras para anticipar lo que vendrá y, sobre todo, para decirnos qué hacer para salir del pozo. Esta pretensión es llamativa, ya que sobre cómo nos gustaría que fuera el futuro y qué podríamos hacer hay mucha gente que tiene algo que decir. Cualquier ciudadano, sin ir más lejos, pero también colectivos políticos o sociales, o expertos de áreas como la sanitaria, la sociológica, la filosófica, la educativa y tantas otras; e incluso la política. Sin embargo, y por algún motivo que no se explica bien, únicamente la economía está legitimada para orientar a todos ellos acerca de lo que se debe hacer.

Los economistas llevan mucho tiempo atribuyéndose estas prerrogativas. La desigualdad, por citar un asunto de actualidad, es un tema del que hace años han advertido distintos colectivos, formaciones políticas y expertos de toda clase, pero no fue hasta que Piketty lanzó la traducción al inglés de ‘El capital del siglo XXI’ que los grandes circuitos globales no lo recogieron como existente. Solo cuando un experto del ámbito económico enunció el problema, se reconoció que algo de realidad habría en él. Y ocurre con todos los asuntos: solo cuando hay sanción de las instancias expertas de la economía una propuesta o un debate cobran cuerpo.

La econocracia es una red de instituciones tecnocráticas formada por bancos centrales, grandes bancos y corporaciones

Por eso suelen pronunciarse sobre qué hacer con la UE, con la sanidad y la educación, con el trabajo o con el ocio. Es demasiada carga, pero la soportan sin problema, incluso con una altanería poco justificable, si tenemos en cuenta su papel estelar en los últimos grandes fracasos de Occidente. Los economistas habrían debido advertir, en cuanto expertos, de la llegada de la crisis de 2008, especialmente porque se fraguó en el ámbito financiero, pero estaban celebrando las bonanzas de la burbuja.

Además, son un campo que parece haber aprendido poco de sus errores. El caso de Carmen Reinhart es significativo. Tras pasar por Bear Sterns o el FMI, publicó un trabajo con Kenneth Rogoff en el que demostraban sin género de duda que cuando un país sobrepasa el 90% del PIB, no es posible que crezca. Una afirmación de ese calado formulada por dos prestigiosos economistas de la élite estadounidense inspiró a muchos otros, pero también a muchos gobernantes, que citaron sus conclusiones para justificar sus medidas. La realidad ha desmentido su tesis, pero hubo algo todavía más perturbador. Thomas Herndon, un joven de 28 años que estaba trabajando en su doctorado, buceó en el trabajo de Rogoff y Reinhart y encontró errores importantes. Habían dejado de incluir en el Excel datos de países que aseguraban haber estimado y que, sumados, ofrecían un resultado muy diferente del de sus conclusiones. Con ellos, el crecimiento de países con más de 90% del PIB no solo era posible, sino que se había dado con frecuencia. Pero si es sorprendente que un doctorando encontrase los errores, lo es mucho más que nadie de la disciplina, ninguno de sus reputados compañeros, se percatase de ellos. La moraleja de este asunto llega con su conclusión: Reinhart fue nombrada hace un par de meses vicepresidenta y primera economista del Banco Mundial. No hay delito sin castigo.

Lo idóneo sería que la economía dejara de actuar como una disciplina autosuficiente

Ese es el entorno de la economía ortodoxa hoy. Y reformarlo, cambiar toda esta forma de hacer, entender la necesidad de reformar el pensamiento económico estándar, es una tarea que, avisa Skidelsky, va mucho más allá de la autocomplacencia, ya que hablamos de un entorno con notable poder: “La economía es el cemento que une lo que Joe Earle, Cahal Moran y Zach Ward-Perkins llaman 'la econocracia', una red de instituciones tecnocráticas como bancos centrales, grandes bancos y corporaciones, que han sustraído el control de las economías de las manos sin nervios de los Gobiernos”.

3. "Como iguales, no como monarcas"

Es absurdo impugnar en bloque los aportes de la economía, como lo sería hacerlo con la psicología, la sociología o la filosofía. Cada una de estas disciplinas, como ocurre con otras esferas del conocimiento, analizan áreas importantes de la vida humana, y prescindir de ellas causaría muchos más problemas que beneficios.

La cuestión, y en esto Skidelsky es tajante, no consiste en entender la economía como una ciencia inútil, sino en presionar para que gire lejos de los actuales castillos en el aire, de esas fantasías que la imposibilitan para realizar aportes eficaces y eficientes para la mayoría de los ciudadanos. Lo idóneo sería que dejara de ser una disciplina técnica autosuficiente, que se mueve en ese mundo extraño en el que el mercado se autorregula mediante las interacciones de individuos calculadores, y que, en su lugar, “se convirtiera en parte de un estudio más amplio de la sociedad”.

Han construido un escenario vacío en el que no hay desequilibrios de poder y en el que el dinero no influye en la política

Esto implica que “deje de operar con modelos ciegos al papel del poder en la configuración de las relaciones económicas”. Sorprendentemente, señala Skidelsky, han construido un escenario vacío en el que no hay desequilibrios de poder entre trabajadores y los gestores de las empresas, donde el dinero no influye en la política ni las grandes empresas en la configuración de las creencias y en el comportamiento del mercado. Lo harían mucho mejor si tomaran en cuenta los aportes de otras ciencias sociales, como la política, que “debería ser parte de la educación de todos los economistas”, pero también de la sociología o de la filosofía. Eso ayudaría a ofrecer un retrato mucho más cercano a la realidad y una posibilidad de acción mucho más acertada.

Tenemos “una economía pretenciosa que ayuda poco”, ya que los economistas aún no han comprendido que no son los reyes del conocimiento

Pero, en segundo lugar, Skidelsky subraya algo muy evidente y a menudo olvidado, como es el hecho de que “una buena política requiere no solo de un ‘análisis correcto’ de los problemas económicos, sino de una gran imaginación social, una tarea que la economía no puede hacer por sí sola”. Para esa orientación hacia el futuro, lo que tenemos hoy es “una economía pretenciosa que ayuda poco”, en especial porque los economistas todavía no han comprendido que no son los reyes del conocimiento. Según Skidelsky, deberían entender que su tarea es importante y que “continuarán proporcionando herramientas indispensables para pensar sobre la condición humana, pero como iguales, no como monarcas”.

4. Un programa político

A la hora de construir el futuro, lo más perturbador de la economía ortodoxa es que resulta prescriptora: señala los caminos que se deben seguir necesariamente, con una retórica insistente que subraya que, o se toman las soluciones que proponen, o llegará la catástrofe. Lo malo de estas posiciones es que no contienen un cúmulo de medidas eficientes, sino un programa político en sí mismo. Frente a estas propuestas es conveniente valorar como medida preventiva quiénes ganan y quiénes pierden con ellas, a quiénes benefician y a quiénes perjudican. Y esto es importante, porque “muy a menudo, estos remedios son mucho más ideología que ciencia”.

Lo malo de esta ideología es que perjudica a la mayoría de la gente. El fondo del asunto es que a los pequeños y medianos empresarios no les va bien, ni a los autónomos, ni a muchos profesionales, ni a los asalariados, y tampoco a los que dependen ocasionalmente de las ayudas públicas, como los parados. El programa político en marcha, la transformación que estamos sufriendo, instigada por este tipo de economía ortodoxa, señala que la pequeña propiedad es poco conveniente y que constituye un problema que debe ser solucionado por la concentración, que los autónomos son poco eficientes, que los trabajadores son demasiados caros, que las prestaciones estatales son insostenibles: que vivimos en una sociedad atrasada que debe ponerse a la altura de los tiempos sacrificando las necesidades de estos sectores.

El problema es que esta es la economía real, la de la mayoría de la gente, la que mueve el día a día de las sociedades, pero también la que sostiene todo el entramado financiero; si cae esta, todo se viene abajo. Y para ella no están ofreciendo más soluciones que ayudarla en su declive y esperar que ese futuro brillante que nos prometen si se hacen reformas aparezca alguna vez. Pero tampoco resultan muy creíbles sus promesas, y por eso, señala Skidelsky, cambiar la disciplina es solo una tarea de expertos, sino una necesidad social, porque los economistas son los mandarines de nuestro sistema.

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