Díaz Ayuso y lo que viene: el cambio, según el PP de Casado

El momento de una nueva estrategia para el PP ha llegado. Pero no es capaz de realizar la transformación, porque sigue anclado en la misma táctica de los últimos 20 años

Foto: Díaz Ayuso, Casado y Martínez-Almeida. (EFE)
Díaz Ayuso, Casado y Martínez-Almeida. (EFE)
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El PP es agotador. No por una cuestión ideológica, sino pragmática, por utilizar esos conceptos tan de moda al hilo del cese de Cayetana Álvarez de Toledo. Es un partido previsible, cargante por repetitivo. Cuando la presidenta de la Comunidad de Madrid, Díaz Ayuso, responsabiliza una vez más de la pandemia al gobierno del PSOE, insistiendo en que hacen falta PCR en Barajas, o señala la inacción de Moncloa como la principal causa después de haber solicitado el fin del estado de alarma y después de ver los errores que está acumulando en su gestión (no hay más que ver lo que ocurre el metro madrileño), no puedo evitar la saturación.

Los populares llevan dos décadas, desde la segunda legislatura de Aznar, con una sola estrategia política, la de la construcción del enemigo. Consiste en describir a toda clase de rivales políticos como ideologizados y fanatizados, con lo que su triunfo conduciría a España a los peligros más extremos; de este modo, los populares pueden aparecer como moderados, sensatos, buenos gestores y respetuosos con las normas. Es una táctica generalizada, pero los populares la utilizan con insistencia e intensidad, hasta el punto de que no se percibe en su discurso otra cosa que los ataques al contrario: ninguna de sus propuestas logra abrirse paso entre la avalancha de culpabilizaciones y descalificaciones. Y eso les ha generado problemas: sin ir más lejos, la moción de censura que expulsó de la Moncloa a Rajoy tuvo algo que ver con esta actitud.

El cambio, según el PP

Sería el momento de tomar otra dirección. El PP ha iniciado el repliegue, consciente ya de que esa estrategia de confrontación directa y de presión insistente para conseguir que la pandemia debilite lo suficiente al Gobierno como para hacerle caer o, al menos, para acortar su legislatura, no ha tenido ningún rédito. Están pensando ya en tiempos más largos, dan por descontado que habrá Presupuestos y que es probable que el PSOE agote gran parte de la legislatura. En ello confían también los socialistas, que esperan que, en el momento de las elecciones, los malos momentos hayan pasado y España se encuentre ya en la recuperación.

El PP confía en que Vox actúe como ariete y que el descontento que siembre Abascal sea recogido por Casado a la hora de la verdad, la del voto

En esos tiempos más largos, el PP esperará a que el rival caiga por el peso de las circunstancias, a que las dificultades de los tiempos que se avecinan le vayan minando con insistencia; su tarea en ese proceso, como bien indicaba Ignacio Varela, será restarle todo el oxígeno posible para que perezca por asfixia. Además, para ese objetivo, también confían en que Vox actúe como ariete y que ejerza una oposición permanentemente hostil, de modo que se genere un descontento que, a la hora de la verdad, sea recogido por el PP, el partido mejor posicionado para gobernar.

La cuestión es que, para esa jugada, los populares necesitarían el hundimiento del Gobierno, lo que sería mal síntoma, ya que significaría también que España no iría nada bien, o algo de inteligencia estratégica, que es algo que no le sobra. El PP lleva 20 años haciendo lo mismo, y cambiar a estas alturas resulta complicado. Pero insistir en la estrategia de siempre, que es lo que están haciendo, no parece lo más apropiado. Por dos razones.

1. Falta de utilidad

La primera es evidente: no se puede decir que la estrategia de la construcción permanente del enemigo le haya salido muy bien. En 2004 se le fue tanto la mano con ella, con la construcción del enemigo ETA, que perdió las elecciones. En los siguientes comicios, después de una legislatura de insultos habituales al presidente Zapatero, logró mantener sus filas firmes, pero no consiguió alcanzar la Moncloa. Rajoy llegaría al Gobierno más tarde, como resultado de la enorme debilidad socialista con la crisis económica, pero como no había más sustituto posible que el PP, cabe achacar su triunfo mucho más su triunfo al momento español que a su brillantez estratégica.

Cuando el PP habla de moderación o de radicalidad, no señala caminos diferentes: se trata de un cambio de velocidad y de intensidad, no de dirección

Donde sí le fue útil fue en las siguientes elecciones, ya que la irrupción de Podemos le vino estupendamente para visibilizar un peligro claro y distinto que sirvió para cohesionar a su electorado y para convertir al PP en el partido refugio ante la llegada a España de los bolivarianos. Pero el idilio a distancia con Podemos le duró poco, y la cantidad de enemigos recogidos por el camino le llevaron a perder la moción de censura. De modo que la realidad no ratifica que estar permanentemente culpando a los demás y señalando los peligros en los que el resto de partidos meterán a los españoles sea particularmente rentable.

El problema es que las costumbres son complicadas de erradicar. Cuando el PP habla de moderación o de radicalidad, no señala caminos diferentes: se trata de un cambio de velocidad, no de dirección; lo es de intensidad, de utilizar palabras más gruesas o menos; el PP se ha acostumbrado tanto a navegar discursivamente en la construcción del enemigo que parece que no sabe hacer otra cosa: revestirá a los rivales de un carácter catastrófico o apocalíptico, según el caso, pero esa es su esencia.

2. Falta de perspectiva

El segundo motivo no tiene que ver con lo existente, sino con lo que viene. De momento, existen dos “escisiones” que le han restado votos por la derecha, Cs y Vox, y puede que alguna de ellas (o las dos) vaya ganando terreno en un par de años; los rivales están ideológicamente cerca, y del descontento también ellos pueden sacar partido. Pero, más allá de esa competencia por el espacio, están las condiciones de la sociedad que aparece por el horizonte. Es muy difícil hacer previsiones acerca de cuándo terminará la pandemia y cuáles serán sus consecuencias finales, porque ninguna de las pistas del presente permite establecer anticipaciones sólidas en lo sanitario: no sabemos lo que pasará en un mes, menos aún en uno o dos años.

Vamos hacia transformaciones notables, un malestar profundo y una situación política difícil. Ahí no valdrá con señalar a Sánchez e Iglesias

Pero lo que sí sabemos ya es lo ocurrirá en lo económico: los milmillonarios serán más ricos, las clases medias altas españolas serán más frágiles, las clases medias se empobrecerán notablemente y las trabajadoras saldrán muy debilitadas. Es básicamente lo mismo que lleva ocurriendo, y la salida de la crisis de 2008 también fue en esa dirección, con lo que llueve sobre mojado. Cada giro económico en las últimas décadas ha producido esos efectos, y lo que llevamos de pandemia no ha hecho más que acelerar esa tendencia. De modo que vamos a vivir cambios, transformaciones, un malestar profundo y una situación política compleja. Ahí no valdrá con señalar a Sánchez e Iglesias y sentarse a esperar que caigan del gobierno. En Europa, la mayoría de los partidos del estrato ideológico del PP, y más los del sur, han cambiado o se han convertido en irrelevantes, y lo que está ocurriendo fuera sucederá aquí.

La situación del PP es bastante más complicada de lo que parece: el partido conservador británico y el republicano estadounidense han girado hacia Johnson y Trump; en Europa del Este, se han convertido en partidos religiosos y fuertemente nacionalistas; en el Sur, han girado hacia el populismo de derechas. Y estamos todavía a mitad del trayecto, esto no ha acabado. De modo que seguir anclados en lo mismo, y discutir si Cayetana o Cuca Gamarra, si Casado o Feijóo, puede ser interesante en términos de poder interno, pero no en la preparación del futuro que viene. Repetir la estrategia de Rajoy y esperar a que el gobierno socialista caiga por el peso de los acontecimientos es mucho esperar en un entorno tan acelerado políticamente como el nuestro.

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