Lo que está pasando en el PP: la cuenta atrás de Casado

Las dificultades de los populares para convertirse en una formación con opciones reales de gobernar van más allá de los procesos judiciales: revelan algo más profundo

Foto: El líder del PP, Pablo Casado. (EFE)
El líder del PP, Pablo Casado. (EFE)
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La carencia mayor del PP no es la derivada del descrédito de la corrupción, del espionaje a sus rivales y a los mismos miembros de su partido; ni siquiera el hecho de que aumente el número de personas que, identificándose con la derecha, aseguran que darán su respaldo a cualquier partido de ese ámbito excepto a los populares. No son asuntos menores, porque llueve sobre mojado, y años de errores pueden acabar pasando factura de golpe. Normalmente, si los partidos saben manejarse, el ruido desaparece con el tiempo y logran salir del pozo sin demasiados daños. Pero el PP no está mostrando mucha habilidad de cara a ese objetivo.

El problema del PP queda bien reflejado en la única crítica expresa que la dirección del partido formuló a Cayetana Álvarez de Toledo cuando la relevó del cargo: “El PP no es un partido conceptual”. No se trata de reivindicar a la diputada popular (que no es santo de mi devoción) sino de poner el acento en algo mucho más profundo, y mucho más perjudicial para los populares, como es su escasa comprensión del momento político. Esa renuncia a lo conceptual explica muchas más cosas de las que parece.

La paciencia como arma política

Una de ellas es la negativa a aceptar la realidad, o por decirlo de otra manera, a ignorar los cambios que se han producido en la política. El PP ha vivido bien en el bipartidismo, un sistema que obligaba a la alternancia. Así era en España: cuando el partido en el Gobierno perdía apoyo social, por los motivos que fuera, solo había una opción disponible para dirigir el país. El partido en la oposición sabía que le llegaría el turno para gobernar, la única incógnita era cuándo. La política se convertía en un mero ejercicio de paciencia si no se lograba el Gobierno, y en atrincherarse en él para permanecer lo máximo posible si se ganaban las elecciones.

El PP actúa como una empresa líder en su sector que, para conservar su posición, opta por copiar los productos de la competencia

Este escenario no es el nuestro, por muchos motivos. Uno de ellos, y el más importante en lo que se refiere al PP, es que ya no puede concentrar el voto de su espacio político. Está sometido a una doble competencia, ya que Ciudadanos tiene un perfil propio y Vox también, y ambos le restan votantes. Y, dado nuestro sistema electoral, ese reparto también disminuye el resultado conjunto de la derecha, lo que hace más difícil alcanzar el poder incluso con las alianzas.

A la guerra por imitación

De modo que el PP se encuentra entre dos competidores con apuestas muy marcadas: Ciudadanos cuenta con una visión más abierta culturalmente, más contemporánea en lo económico y más afín a lo tecnológico, con un componente tecnocrático en su lado económico que lo acerca bastante a una parte del PSOE, y Vox es el PP con esteroides. En ese contexto complicado, el PP, que posee el mayor número de votos, ha optado por una estrategia peculiar. Ha actuado como una empresa líder en su sector que, para conservar su posición en un instante de competencia elevada, opta por copiar los productos que sus rivales ponen en el mercado. No innova, no propone, no aporta, simplemente reproduce lo que otros hacen y confía en su mayor músculo para expulsar a los actores emergentes. Los populares han optado por jugar a la guerra por el espacio cerrando las puertas a las otras formaciones mediante la imitación.

El argumento del PP consistía en ofrecerse como el partido de la gestión eficiente, el que gobernaba con sensatez, y es un marco que ya no le funciona

Hasta la salida de Rajoy, el argumento principal de los populares consistía en afirmar que ellos eran el partido de la gestión eficiente, el que sabía gobernar con sensatez, el que administraba con sentido común, y que eran la única opción real frente a adversarios altamente ideologizados; en la última época, el PSOE radical de Sánchez, el poder bolivariano de Iglesias y Podemos, o las locuras de los independentistas catalanes. Esa ha sido la base de su discurso, que permeaba casi todas sus acciones públicas, y tenía una doble dirección. Cuando había números que podían ratificar su versión, los utilizaba; cuando no era el caso, aumentaba la presión respecto de los rivales, lo que daba lugar a excesos, a una retórica exagerada respecto de los riesgos que las otras formaciones proyectaban sobre España.

La tecnocracia y la realidad

La contrapartida de tales excesos no podía ser otra que la pérdida de la realidad. Los aciertos gestores del PP ya no son una idea que esté presente en las mentes de los españoles, por diferentes motivos. En la misma pandemia, la gestión de la Comunidad de Madrid, que había sido designada por Génova como el centro de la resistencia a Sánchez, ha sido muy deficiente. Pero esa eficacia pragmática tampoco estuvo presente en la época de Rajoy. Hay dos momentos que revelan hasta qué punto se habían apartado de la realidad. El primero tuvo consecuencias graves para España: Soraya Sáenz de Santamaría, la dirigente tecnocrática por excelencia, se equivocó gravemente con el referéndum catalán, en buena medida porque no fue capaz de ver lo que tenía justo delante. El segundo fue nefasto para los populares: en la moción contra Rajoy, que no se dieron cuenta de su debilidad hasta que fue demasiado tarde. Son dos errores altamente simbólicos, porque demuestran que su teórica tecnocracia estaba lo suficientemente alejada de la realidad como para que esta acabase golpeándoles con toda crudeza.

La estrategia de los populares ha consistido en desplazarse para taponar las vías de agua, pero sin un rumbo concreto al que dirigirse

Desde la salida de Rajoy, lo que se ha instalado es un peculiar vacío, con la principal fuerza de la derecha española dando bandazos en función de lo que hacían sus competidores, que parecían dictar la estrategia popular mucho más que Génova. Si Rivera se movía hacia un lado, ellos intentaban ocupar ese espacio; si lo hacía Vox, les seguían el juego para no perder votos. Su estrategia ha consistido en desplazarse para taponar las vías de agua, pero sin un rumbo concreto al que dirigirse.

Lo conceptual

El problema, por volver al inicio, es que el PP ha entendido mal qué significa lo conceptual. Todos los partidos son conceptuales: proponerse como una formación que busca el pragmatismo y que se orienta hacia una buena gestión es un proyecto tan político, y por tanto tan ideológico, como cualquier otro. También lo es tomar como único propósito realizar equilibrios para evitar que le roben votantes, o convertirse en una formación que subraya permanentemente lo malo que es el Gobierno de coalición y lo felón que es su presidente. Otra cosa es que ese concepto no sea ya efectivo y no le genere réditos.

Sin un proyecto de España, sin ideas y sin posiciones que lo diferencien, el PP lo tiene difícil en los tiempos complicados que vienen

Dicho de otra manera, el déficit del PP es que su concepto es malo: no tiene un proyecto reconocible, una visión de futuro clara, un programa identificable para España. El pragmatismo ya no es un mensaje creído por la población, y tampoco la oposición frontal a Sánchez e Iglesias le resulta útil. El actual Cs tiene una dirección, buena o mala, pero la tiene; Vox también; el PP no. Y sin un proyecto de España, sin ideas y sin posiciones que lo diferencien, lo tiene difícil en los tiempos complicados que vienen.

La crisis de la derecha occidental

Casado está en una cuenta atrás para sobrevivir como líder del partido y para que su partido permanezca como líder en la derecha. Si sigue por este camino, necesitará que los astros se alineen por azar para que ni Vox ni Cs crezcan (y que el PSOE pierda crédito social); la otra opción es construir un proyecto bien definido de España y una hoja de ruta clara sobre el futuro que le permitan fijar una posición y, desde ahí, recuperar el terreno y, sobre todo, la iniciativa. Esta, hoy, se halla mucho más en manos de Cs y de Vox que de Génova.

Además, el PP debe afrontar las peleas internas y el descrédito externo causado por la Kitchen y demás casos judiciales, con Cs recuperándose, Vox con buenas perspectivas y con un Sánchez que ha resistido los embates de la pandemia y que, además, tiene el dinero de los fondos en sus manos. Malos tiempos para los populares. En el fondo, al PP lo aqueja un mal típico de esta época: necesita más conceptos y menos cifras; más ideas y menos posiciones teóricamente pragmáticas; más visiones de conjunto y menos peleas por ganar un centímetro de terreno. Y no es una advertencia en vano, porque ese es el problema que ha dejado fuera de juego a la derecha de Occidente que jugaba en su mismo campo. Un repaso rápido: en el ámbito anglosajón, ni Johnson ni Trump tienen nada que ver con los partidos de los que provienen; en Francia e Italia, la derecha es otra; en varios países del Este, los cambios en el sustrato ideológico son profundos. Si la situación económica y social empeora como está previsto, el PP va a sufrir mucho.

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