La meritocracia, los pijos anglosajones y el sindicato de Vox

El mérito y el esfuerzo han entrado en una fase de descrédito, al menos en algunos ámbitos intelectuales. Pero estas curiosas críticas dicen mucho del momento político

Foto: Vox, contra la desigualdad. (EFE)
Vox, contra la desigualdad. (EFE)

No deja de tener su ironía que se haya puesto de moda combatir la meritocracia en un momento en que la percepción social subraya su ausencia. Un reciente libro de Michael J. Sandel, ‘La tiranía del mérito’ (Ed. Debate), ha contribuido a lanzar la polémica, pero es probable que, una vez más, solapemos la realidad con los conceptos. Sería más lógico, en este instante de crisis generalizada, resaltar la inexistencia de la meritocracia más que su inconveniencia: por más que se señale con mucha frecuencia que las personas con más talento y más brillantes alcanzan los puestos de mayor relevancia en nuestro sistema, la realidad cotidiana nos hace pensar con demasiada frecuencia que no es así. La sensación de ineficacia, de mala gestión, de que se toman decisiones poco sensatas, está instalada en buena parte de la población.

Vivimos en una sociedad que vuelve muy complicado que el mérito florezca y que el esfuerzo sea recompensado. Un aspecto que no suele tenerse en cuenta es la dificultad que existe para conseguir que las personas alcancen y demuestren sus capacidades. En general, las condiciones de realización de las tareas están lejos de ser las idóneas, lo cual empobrece el talento. Por utilizar un ejemplo bastante obvio, un médico que debe atender a un número elevado de pacientes en poco tiempo no puede prestar la atención debida ni dispone de la información precisa para hacer un buen diagnóstico, salvo que posea condiciones excepcionales, algo que aparece raramente. Ocurre en casi todos los trabajos, requieran o no credenciales académicas: cuando debes realizar tu tarea a toda prisa, no sale bien. En ese contexto, la valía se va apagando, cunde el desánimo y, en lugar aumentar el conocimiento, crece la saturación. Personas que podrían realizar sus tareas de un modo mucho mejor se convierten en empleados agobiados que actúan casi mecánicamente. En ese escenario, el mérito consiste en hacer más en menos tiempo, aunque sea ineficientemente.

El origen social adecuado provee las credenciales académicas y la red de relaciones que permiten el éxito profesional

El segundo asunto, en el que se pone el acento con más frecuencia, es la inclinación de nuestro sistema a favorecer a los privilegiados. Los mejores puestos, aquellos que tienen un poder de mayor poder decisión sobre el conjunto social están destinados a clases determinadas, y es muy difícil llegar a ellos si no se cuenta con el origen adecuado, que es el que provee las credenciales académicas y la red de relaciones que permiten el éxito. Los caminos que llevan a las carreras profesionales logradas en el ámbito financiero, en las universidades de élite o en las grandes empresas suelen estar marcados por la clase social, es decir, por el punto de partida. Es mucho más fácil para ellos, que están muy bien posicionados en la salida y que reciben ayudas en el camino, llegar más arriba que los demás.

El problema secundario de todo esto, tanto de la sobrecarga como de la restricción del ascensor social, es que, como bien decía William Deresiewicz, producimos mucho más borregos excelentes, por utilizar su término, que personas con grandes méritos.

Sin embargo, la modesta polémica sobre la meritocracia se centra en otros aspectos, más banales y, en última instancia, desalentadores, pero que describen bien algunas de las tensiones sociales que recorren nuestro tiempo, y las diferentes respuestas que se les da para manejarlas. Veamos los argumentos.

1. El desprecio

Michael J. Sandel es filósofo, profesor en Harvard, premio Princesa de Asturias 2018 de ciencias sociales y uno de los pensadores con más prestigio en su ámbito. La tesis que ha expuesto es la siguiente: vivimos en una sociedad meritocrática en la que los títulos superiores dan acceso a los trabajos con más prestigio y mejor remunerados y, al mismo tiempo, las personas sin cualificación académica subsisten en empleos peor pagados y que carecen de toda valoración social. Esa separación alienta el resentimiento de las clases bajas, dado que perciben que su trabajo no es reconocido y que, por el contrario, es contemplado con desprecio por las clases meritocráticas. Como estas entienden que el lugar que ocupan se debe a que se lo han ganado, a su talento y a su esfuerzo, miran por encima del hombro a quienes desempeñan tareas poco cualificadas, ocupaciones que demuestran que esas personas tienen poca valía. Ese desdén activa el odio y el resentimiento y ahí nace Trump, señala Sandel. Al no otorgar la importancia moral y cívica a esos trabajos y a quienes lo realizan, se genera un clima de hostilidad que han aprovechado los populismos de derechas. La pandemia nos ha dado una lección en ese sentido, ya que se ha dependido de trabajadores esenciales que se encuentran entre los miembros de la sociedad peor pagados.

Reduce al ámbito del reconocimiento los obstáculos que encuentra la gente para ver recompensado su esfuerzo con un nivel de vida decente

La solución que aporta Sandel pretende aumentar ese reconocimiento. Las élites meritocráticas deberían ser menos arrogantes y más humildes y, a partir de ese freno de mano, deberían “reconstruir los espacios comunes de la ciudadanía democrática compartida”, de modo que exista una “infraestructura cívica del modo de vida democrático, donde personas de clases y condiciones de vida diferentes se encuentren. Debemos renovar y revigorizar la sociedad civil. Hay que pinchar las burbujas para crear una experiencia democrática compartida”.

Con Sandel, una vez más, el mundo pijo anglosajón, regresa a sus obsesiones y trata de reconducir aquello que se le escapa a su marco mental. En consecuencia, Sandel pasa por encima del concepto meritocracia y lo da por sentado, como si estuviera firmemente instalada en la realidad; la percepción social, por el contrario, es que la meritocracia no existe y que triunfan los más listos o los más taimados, pero no los mejores. En segundo lugar, obvia las dificultades que nuestro sistema impone para que las personas puedan, no ya triunfar, sino desarrollar sus capacidades. Y en tercero, reduce al ámbito del reconocimiento los obstáculos que encuentran las poblaciones para ver recompensado su esfuerzo con un nivel de vida decente. Y eso es justo lo que está ocurriendo, porque ni los trabajadores esenciales reciben el salario que necesitan para vivir, ni los empleados académicamente cualificados encuentran a menudo una recompensa satisfactoria en el plano de los recursos. Muchas personas de todas las edades, y no solo los jóvenes, poseen titulación universitaria y experiencia y obtienen a cambio salarios ínfimos, puestos por debajo de sus capacidades o mucho tiempo libre en forma de paro.

Su actitud contiene el mensaje de “vas a seguir cobrando lo mismo, pero te tomamos en cuenta”

La fórmula blanda de Sandel se reduce a “dar cariño” a los perdedores, y lleva al ámbito del reconocimiento y la autoestima un daño que se produce en otro espacio. Su actitud contiene el mensaje de “vas a seguir cobrando lo mismo, pero te tomamos en cuenta”. La gente suele aguantar las desigualdades sin demasiado problema, siempre y cuando su nivel de vida sea satisfactorio. Le puede causar malestar el hecho de que otras personas ganen muchísimo más, pero tiende a pasarlo por alto si ingresa lo suficiente como para vivir de una manera decente. Cuando llegar a fin de mes se convierte en una tarea de equilibrista, los salarios de los demás se vuelven mucho más importantes, en especial si no parecen justificados, y es difícil justificar diferencias abismales. Ese es el punto de partida y si después se le añade el desprecio, la cosa se pone más tensa. Una esfera cívica democrática no es posible con desigualdades elevadas, como las actuales, porque la dinamita por completo: tener un nivel de vida decente es la condición de posibilidad del debate democrático. Y eso es justo lo que falta, porque cada vez más personas se ven acuciadas por la necesidad inmediata o por el miedo al futuro.

2. La meritocracia como aberración

En España ha existido una contestación a esta postura desde la izquierda, la de César Rendueles, descrita en ‘Contra la igualdad de oportunidades’ (Ed. Seix Barral), sobre la que no me extenderé. Para Rendueles, la meritocracia es la simple excusa que utilizan los poderosos para conservar su espacio de dominio.

"Los privilegios legítimos, en el sentido de relacionados con los méritos reales, son aún peores que los espurios o arbitrarios"

Pero es también algo más: “Para el igualitarismo profundo, la meritocracia es una forma de desigualdad particularmente aberrante. En cierto sentido, los privilegios legítimos, en el sentido de relacionados con los méritos reales, son aún peores que los espurios o arbitrarios, pues pervierten la virtud que se atribuyen”. La igualdad es el punto de llegada, no el de partida, por lo que no tiene sentido poner a la gente a competir estableciendo recompensas jerárquicas o de recursos a partir de méritos o capacidades.

3. La meritocracia progre

En el otro lado del espectro ideológico, el malestar que Trump aprovechó, como Johnson y tantos otros en las sociedades occidentales, quiere ser recogido por Vox. Acaba de lanzar un sindicato con el que vincular a su opción político a aquello que le falta, clase obrera. Todos los populismos de derechas exitosos han tenido un respaldo importante entre las partes de la población que se sienten perdedoras, y es lógico que Abascal quiera entrar en un vivero de votos. Para ese objetivo necesita ofrecer una solución al problema del trabajo, y las bazas que juega son similares a las de Sandel en algún sentido.

Vox utiliza el sentimiento antimeritocrático, sólo que limitándolo a los políticos, los cargos públicos y los sindicalistas

En lo económico no aportan grandes novedades. Salvo la subida del SMI, una medida conocida, pero no utilizada por Vox hasta ahora, sus ideas juegan en el terrenos esperable: reducir impuestos, combatir la discriminación lingüística y priorizar el acceso a los puestos de trabajo a los trabajadores ya residentes no es una oferta demasiado atractiva. Sin embargo, el sentimiento de que la meritocracia no funciona lo utiliza constantemente, como ha hecho la derecha durante mucho tiempo, solo que limitándolo a los políticos, los cargos públicos y los sindicalistas: gente que cobra sueldazos por no hacer nada y cuyo único mérito es ser familiar, amigo o amante de alguien. La política está llena de vividores que no han trabajado nunca, pero que ganan más que cualquiera de nosotros simplemente por estar bien relacionados. Reducen así la crítica al sistema a la crítica a los políticos, lo que limita su alcance, máxime cuando ese tipo de argumentos están algo gastados por su continua repetición.

En realidad, este debate sobre la meritocracia es una prueba más de que el descontento social —ligado a la falta de trabajo, a los salarios insuficientes y a la ausencia de un nivel de vida aceptable— está aumentando. Cada una de estas tres opciones políticas, el liberalismo progresista, el izquierdismo activista y el populismo de derechas, trata de darle respuesta añadiendo una capa de pintura a su arquitectura ideológica. Ninguno de ellos modifica su forma de abordar los problemas, simplemente lo visten de otra forma, esperando que esas reformulaciones consigan, respectivamente, que el progresismo someta a la derecha autoritaria, que los movimientos a lo 15-M vuelvan a tener presencia política o que la nueva derecha se convierta en la dominante. Pero es seguir pensando en términos del pasado (o de su pasado) y obviando el presente.

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