Por qué España no se confina (y el papel que jugarán las grandes consultoras)

Existe una intención expresa de no volver a confinar, salvo situación muy grave, para no dañar a la economía. Eso implica olvidar el momento en que estamos y lo que nos jugamos

Foto: Imagen: El Confidencial
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Una de las sensaciones más preocupantes de la pandemia es la de que se está actuando como si en el fondo no importase mucho que el virus esté circulando.

La política es un buen ejemplo. Hemos asistido atónitos, y así continuamos, a los intentos de sacar rédito electoral de la situación en lugar de trabajar en común para solucionar una situación muy grave. Ha ocurrido en todos los planos y en todos los momentos: las CCAA atizaron al gobierno de coalición durante el estado de alarma en un intento de responsabilizar a Sánchez e Iglesias de todos los males, y desde que se inició la desescalada hemos visto como el Gobierno deja cocerse a quienes le criticaban en el mismo fuego que encendieron. Un juego político que sería algo más comprensible en situaciones de normalidad, pero desde luego no ahora.

Tampoco lo son las soluciones que se nos proponen en ámbitos fuera del sanitario: las mismas recetas económicas que se propugnaban hace uno o dos años por los mismos expertos son repetidas ahora como la vía de salida; los mismos planes de futuro que señalaba hace un año la UE son los que pronunció Von der Leyen esta semana; y así sucesivamente. Que haya una pandemia los lleva a insistir en la mayor urgencia de lo que antes decían que había que hacer, no a tejer medidas diferentes. Así las cosas, el descrédito alcanza más allá de los políticos, porque genera la sensación de que la realidad importa poco y cada cual va a lo suyo.

Como nadie se atreve a confinar, pasan la pelota al rival político para cargarle con el peso de pronunciar la palabra confinamiento

En realidad, parece que unos y otros decidieron que esto ya no podía parar, que había que abrir todo lo más rápido posible y que, una vez relajada la primera ola, la economía exigía volver a hacer vida normal cuanto antes. Las consecuencias de esta priorización se han dejado sentir en dos sentidos. Las presiones desde los sectores económicos con más peso para regresar cuanto antes a la actividad llevaron también a que las políticas de contención del virus dejasen pronto de ser efectivas. Y, en segundo lugar, las instituciones regresaron a una política de contención del gasto para evitar incurrir en un déficit todavía mayor, después del gran golpe que supuso la llegada del coronavirus. La ausencia de rastreadores, de personal sanitario en atención primaria o la muy deficiente gestión del transporte público, al igual que la enorme demora en la tramitación de muchas de las solicitudes formuladas a la administración, empezando por los ERTE, tienen un núcleo común: es necesario mucho más personal, pero no se quiere incurrir en más gasto. Ambos elementos tuvieron un efecto obvio, que fue dejar las cosas en manos de la responsabilidad individual, lo que no suele ser buena idea en una pandemia.

Desde este lado también se explica parte de la tensión política en la Comunidad de Madrid: nadie quiere asumir el coste de ordenar nuevos confinamientos, porque supondría tener enfrente a los poderes económicos, además de a una parte de la población, en un momento en que se necesita generar ingresos. De modo que intentan pasarse la pelota para demorar al máximo esa decisión, y, sobre todo, para cargar al rival político con el peso de pronunciar la palabra confinamiento.

Como lo sanitario está supeditado a lo económico, las medidas que se toman para contener el virus raramente están resultando efectivas

De modo que sí, sabemos que el virus existe, pero todo está supeditado a una necesidad superior, por lo que se toman medidas para intentar contenerlo que resultan raramente efectivas. Por ejemplo: limitar la movilidad en zonas afectadas es útil, pero si se mantienen los colegios abiertos, los habitantes de esas zonas siguen teniendo que ir a trabajar y los bares no cierran, su eficacia disminuye sustancialmente. En esa contraposición entre lo económico y la sanitario, lo primero niega lo segundo.

1. El problema laboral

Sin embargo, el virus existe y, como sabemos, no solo produce daños a corto plazo, también deja secuelas. La insistencia en priorizar lo económico puede que haga el problema más profundo también en este ámbito, porque no basta con abrir todo para ver si las cosas se van arreglando por sí mismas, ni con señalar que no se puede volver al confinamiento. El mal está hecho, y ahora hace falta una idea clara sobre cómo revertir la situación más allá de la subsistencia y de la pelea por el reparto de los fondos de la UE. Y es justo lo que no tenemos.

El horizonte empieza a atisbarse. El primer golpe ha venido con las pérdidas de empleo en la ola inicial del coronavirus y el cierre de negocios. Después vendrán los despidos tras los ERTE, la constatación por parte de bastantes pymes de que no van a poder subsistir y los recortes y despidos en grandes empresas. Teniendo en cuenta que de las firmas del Ibex dependen muchas otras, indirectamente vinculadas, la economía no tiene buena pinta.

Las fusiones y adquisiciones implicarán no solo prejubilaciones y bajas voluntarias, también bastante paro. Los bancos marcarán el camino

En el otoño será el turno de los despidos de trabajadores de oficina, de la salida de cuadros intermedios, de la sustitución de mano de obra cualificada por otra menos costosa, y del despido de algunos directivos. El cambio hacia la digitalización hará que esta tendencia cause más daño en el empleo. No son buenos tiempos tampoco para el trabajo de cuello blanco.

Se juntarán tres factores importantes que explican este movimiento. Por un lado, las fusiones y adquisiciones implicarán no solo prejubilaciones y bajas voluntarias, también bastante paro. Los bancos marcarán el camino, pero no serán los únicos. La digitalización implicará también reducción de puestos de trabajo y externalizaciones. Y de fondo están las presiones que soportan las empresas, que no son menores. Todo el mundo está protegiéndose por si los tiempos son peores de lo esperado, y se tomarán medidas de prevención que no beneficiarán a corto plazo.

Se vuelve a caer en la trampa de crear excedentes de ahorro que operan en la esfera financiera, pero que perjudican a la economía real

Pero hay otra parte que, siendo comprensible, es difícilmente justificable. Las empresas que cotizan en bolsa tendrán que demostrar que son sólidas, que van a superar la crisis, que seguirán por la línea correcta, de modo que no sufran caídas en la cotización, aumento del precio de financiación y demás males que aparecen cuando el mercado te percibe débil. Y la forma de llevar a cabo ese fin no es otro que aumentar beneficios y repartir más dividendo. No se trata de que las ventas crezcan, de que se ofrezcan mejores productos o servicios o de ganar más clientes; en última instancia, estos asuntos son secundarios: todo se mide en la capacidad de derivar capital hacia los accionistas y los bonistas. Al actuar así, se recae en la trampa del capitalismo contemporáneo, que crea excedentes de ahorro que operan en una esfera diferente de la real, y con ello perjudican a la economía cotidiana. Ese capital sería imprescindible ahora para dedicarlo a economía de forma que genere empleos y aumente los recursos para la población, pero en lugar de destinarlo a ese fin, se empleará en asentar la fuente de los desequilibrios económicos de nuestro sistema. Tampoco en este sentido la pandemia ha servido para cambiar de dirección.

Todos estos factores confluirán en una devaluación laboral generalizada. Buena parte de ese precio lo pagarán las clases medias, parte de las medias altas y, por supuesto, las clases trabajadoras. Y lo harán, además, en un suelo húmedo por las lluvias anteriores: las crisis precedentes han dejado profundamente tocados a muchos países y a buena parte de las clases sociales occidentales, y a España particularmente.

Mucha gente buscó una salida laboral montando su propia empresa, y una parte no menor se arruinó en el intento

Recordemos algunas de las situaciones que vivimos. La salida trajo consigo la economía del contenedor, los empleos del gig y la sustitución de las relaciones laborales por la prestación de servicios, con el empobrecimiento generalizado que significaba. La falta de empleos, además, empujó a la baja los salarios de muchos trabajos, y no solo los menos cualificados. Mucha gente buscó una salida laboral montando su propia empresa, y una parte no menor de ella se arruinó en el intento. Tampoco el trabajo público, cada vez más subcontratado, como hemos visto en la sanidad, fue un camino de salida. Todo eso se pasó por alto cuando la actividad económica fue poco a poco recuperándose y las empresas volvieron a contratar. Pero las condiciones del empleo no variaron, e implicaban un descenso en el nivel de vida. Ahora ha llegado otra crisis.

2. La espiral

La crisis traerá también una devaluación de España. Los signos de una recuperación asimétrica en Europa están plenamente presentes y, cuando esto acabe, estaremos todavía en mayor desventaja con otros países de la eurozona. Insistamos en lo que suele ocurrir en estos procesos: la combinación de un escaso poder económico, desempleo elevado, deuda creciente y menor inversión conduce a una espiral oscura de la que es muy difícil salir.

Eso es lo que suele ocurrir en los territorios perdedores: una deuda elevada obliga a destinar muchos recursos públicos al pago de intereses y principal, lo que al mismo tiempo que obliga a mantener elevados los impuestos, impide que se destinen fondos a servicios públicos y a ayudar a las poblaciones en dificultades; en un entorno con desempleo elevado, el nivel de vida cae, lo que no permite que el consumo reactive la economía, y más con la ausencia de músculo público; los inversores no encuentran oportunidades en esos territorios, con lo que el capital nacional los busca fuera, y el internacional que llega lo hace para adquirir a precios baratos empresas y propiedades interesantes, no para generar actividad y empleo; por último, las personas con un nivel de formación mayor abandonan esos territorios, porque las buenas opciones están fuera. Todos esos factores, coaligados, impiden encontrar los recursos, las iniciativas y la mano de obra necesaria para revitalizar los territorios. España vivió algo similar en la crisis anterior, y la presente amenaza con repetir los mismos efectos. Si no se da un giro, y este es el momento de hacerlo, España va camino de convertirse en uno de esos entornos empobrecidos y sin demasiadas opciones.

Hay que dar una respuesta a la pregunta acerca de qué va a hacer España ahora y a qué se va a dedicar como país

Para cambiar la dirección, hay que contar con un plan y con recursos e inventiva para llevarlo a buen término. Pero, ante todo, implica contar con la decisión de ponerlo en marcha. Exige querer situarnos en la próxima división internacional del trabajo en vez de quedarnos en el lugar que nos sea asignado. Supone dar una respuesta a la pregunta acerca de qué vamos a hacer ahora y a qué nos vamos a dedicar como país.

En este sentido, invocar la digitalización o las energías verdes como futuro es lo mismo que no decir nada. La digitalización se va a producir, lo que está por ver es si todo lo que vamos a conseguir es convertirnos en repartidores de los paquetes de Amazon y en conductores de los coches de Uber. Hacen falta mucho más que palabras vacías sobre la inevitabilidad de los cambios y la necesaria reconversión de la mano de obra. Y ahí, lo único que vemos es pobreza intelectual, aplanamiento y poca ambición. Y, desde luego, peleas territoriales, sectoriales y empresariales por acceder a una mayor parte de los fondos de recuperación. Nadie piensa en términos de conjunto.

3. El papel de los consultores

En ese escenario, el Gobierno ha pedido ayuda a las big four en el proceso de formulación y canalización de propuestas del sector privado para acceder a los fondos del plan de recuperación de la UE. El asesoramiento experto de las consultoras permitiría elegir mejor los proyectos y prepararlos mejor para que los fondos no se atasquen o queden sin cobrar. Esa, al menos, es la explicación que se emplea para justificar la participación de las cuatro grandes firmas de la consultoría. Sin embargo, esta elección subraya dos aspectos negativos que convendría no pasar por alto. Uno de ellos es la dirección que se está dando a las preguntas sobre el futuro español. Lo sensato sería trazar un plan eficaz, real y contundente para que la salida de la crisis estuviera bien orientada, lo que implica no solo optar correctamente a los fondos, sino saber qué dirección queremos tomar en esa reorganización económica que Europa va a vivir. Sería preciso dibujar un proyecto sólido de futuro, pero nada apunta hacia ese horizonte: lo que se demanda, por el contrario, es asesoramiento técnico para elegir proyectos que convengan y sobre cómo realizar el papeleo. En algunos casos, incluso existen suspicacias acerca de que se orienten hacia firmas ligadas a las telecomunicaciones, energía y banca, en lugar de hacia aquellas que resulten más interesantes. Solicitar ayuda a las consultoras contiene una renuncia de las élites españolas a mirar más allá del coge el dinero europeo y corre.

Cuando hay que hacer reformas sensibles y complicadas se hace que la culpa recaiga sobre los consultores

El segundo matiz negativo tiene que ver con el uso habitual de las consultoras como instrumento de legitimación y justificación de las decisiones. Como asegura Andrew Sturdy, profesor de la Universidad de Bristol, "en muchas ocasiones, los consultores actúan como chivos expiatorios. Cuando hay que hacer reformas sensibles y complicadas se hace que la culpa recaiga sobre los consultores, ya que así es más sencillo controlar las resistencias que se despliegan. Y los consultores saben que cumplir con este papel es parte de su factura". En otras palabras, es usual que, ante la toma de medidas que van a generar fricciones, contratar a una gran consultora sirva para refugiarse en los criterios que recomiende. La mediación de las cuatro grandes implica también que se podrá señalar desde los poderes públicos que fueron criterios técnicos y no políticos los que determinaron las ayudas y que se tomaron en consideración elementos puramente objetivos en el reparto, dictaminados por los expertos y por la propia UE.

Pero todo esto suena raro ahora. España va camino de la devaluación, de descender uno, dos o tres peldaños en su posición internacional, en su nivel de vida y en sus posibilidades de futuro. En ese momento, las élites políticas, económicas e intelectuales han optado por tomar el camino más cómodo, el de recurrir a expertos del sector privado para certificar que todo encaja en los requerimientos técnicos, en lugar de sentarse a plantear algo mucho más ambicioso y necesario. Y esto es buena parte de nuestros males: quienes están al frente de la sociedad han renunciado a pensar, y se limitan a encajar bien en lo que hay, cuando lo que hay nos sitúa, ellos incluidos, en un peldaño más bajo laboral, económica e internacionalmente.

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