Ayuso, Sánchez y lo que de verdad ha funcionado mal en la nevada

La gestión de la gran nevada por parte de los dirigentes de Madrid ha sido poco reconfortante. Pero esa mala gestión revela problemas más profundos de nuestra sociedad

Foto: Varias personas empujan un autobús atascado en la nieve. (EFE)
Varias personas empujan un autobús atascado en la nieve. (EFE)

La imprevisión y la torpeza de Madrid, de ayuntamiento y comunidad, es preocupante. Las previsiones fueron bastante precisas: todos sabíamos que la nevada iba a ser abundante. El Plan de Emergencias Invernales estaba activado, e incluso se envió el jueves un SMS a los ciudadanos anunciando lo que iba a ocurrir y avisando de que era mejor permanecer en casa y evitar desplazamientos innecesarios. No se esperaba que cayese tanta nieve, pero se había advertido con insistencia de que la descarga iba a ser de grandes proporciones. Lo lógico, lo esperable, es que se hubieran previsto los medios y el personal necesario para, al menos, tener despejados los lugares indispensables, como los hospitales o las principales vías de la ciudad, y hacer frente a las emergencias más graves. No fue así.

Después de la nevada, tampoco nuestros dirigentes han estado especialmente brillantes: han pedido la colaboración de los vecinos, han solicitado más sal, la ayuda de la UME, la declaración de zona catastrófica o lo que haga falta. Quizá menos pedir y más prever hubiera estado bien. O, al menos, haber pedido antes: era evidente que iba a hacer falta sal, que se hubiera debido empezar a esparcir el jueves, pero se actuó poco y tarde. También se debería haber reaccionado mejor. El ejemplo más preciso es el del metro, el único transporte público existente y prácticamente la única forma de desplazarse, cuyos vagones iban llenos en el día de ayer (en mitad de una pandemia), ya que las frecuencias de paso no eran las precisas. Donde no ha habido problemas ha sido a la hora de las recriminaciones al Gobierno central, que no han faltado.

Una crisis organizacional

Pero salgamos del PP y de la Comunidad de Madrid para entender algo respecto de las deficiencias de nuestro sistema, de nuestros Estados y de nuestros expertos, y no solo de los políticos. Porque lo cierto es que estas imprevisiones, esta falta de reacción, son una característica central de los últimos años. En ‘Covid-19, une crise organisationnelle’ (SciencesPo Les presses), cuatro sociólogos del Instituto de Estudios Políticos de París, encabezados por Henri Bergeron, señalan varios elementos significativos en la reacción a la crisis del coronavirus. La secuencia de los acontecimientos en el país galo fue muy similar a la nuestra. La amenaza comenzó ignorándose, porque era un virus lejano, algo que pasaba en China. Después se constató que algo estaba ocurriendo, pero se creyó que iba a ser leve. Más tarde el virus llegó a Europa, pero era cosa de los italianos, que son un desastre, ya se sabe. En última instancia, cuando ya estaba claro que el covid-19 iba a llegar a Francia, se pensó que no sería demasiado serio, porque creían contar con los medios y el material preciso para hacerle frente.

Primero se desprecian las amenazas, luego se las reconoce pero se subestiman y al final llegan las medidas extremas, cuando ya no hay remedio

El paso siguiente fue ya el típico de la catástrofe. Una vez que la pandemia golpeó con intensidad, el rictus de confianza se heló y se dictaron medidas muy severas: hubo que confinarse porque no se tenían ni las infraestructuras ni los medios materiales y humanos para afrontarla con éxito. Se hizo lo que se pudo, con gran sacrificio de los ciudadanos.

Este esquema ha sido común en diferentes ocasiones en los últimos tiempos, y no solo en España o Francia: se niega la realidad, más tarde se desprecian las amenazas (incluso con chanzas), luego se reconoce el riesgo, pero se cree que se le hará frente con solvencia, y después llegan las medidas extremas, los lamentos y el desplazamiento de responsabilidad hacia los otros. Ocurrió con el covid-19, con la crisis financiera de 2008 o, en el terreno político, con la llegada al poder de Trump.

Un desastre general

Pero esto no ocurre siempre, ya que también hay situaciones que se han previsto correctamente, en las que el riesgo se ha reconocido y se ha avisado con antelación y, sin embargo, las cosas han funcionado de manera muy deficiente. Desde luego, la nevada en Madrid es uno de esos ejemplos, pero la falta de previsión ante la segunda ola del covid-19 en muchos países también entra en esa categoría. Y desde luego, a ese ámbito fallido pertenece el proceso de vacunación, que está siendo en desastre en numerosos lugares. En España, y al margen de la culpabilización mutua entre las CCAA y el Gobierno, se suele achacar a una organización territorial que favorece la descoordinación. Pero en otros países occidentales, y Francia es buen ejemplo, está ocurriendo lo mismo, y su estructura es mucho más centralizada. Se conoce la fecha de llegada de las vacunas, se es consciente de la urgencia, se trazan planes para su dispensa, pero cuando llega la hora de la verdad, todo funciona de manera lamentable.

Da igual que las previsiones fracasen o acierten: en ambos casos, las cosas siguen sin funcionar. Nuestro mundo parece siempre desorganizado

No son los únicos ejemplos. Por citar otros dos recientes, los ERTE y el ingreso mínimo vital han tenido una tramitación penosa, con muchos expedientes parados, otros a mitad de procedimiento y otros aprobados, pero sin que se hayan hecho efectivas las cantidades acordadas.

Un mundo desestructurado

En ambos casos, cuando las previsiones fracasan y cuando aciertan, lo que percibimos es que las cosas no funcionan; que vivimos en un mundo desestructurado, con una organización endeble y con un montón de situaciones en las que los ciudadanos quedan, de hecho, librados a sí mismos. Las instituciones ofrecen una respuesta muy deficiente, y cuando más presentes se hacen sus representantes es cuando tratan de echar balones fuera o de culparse unos a otros, lo que sucede con mucha frecuencia. Las derivas políticas de esta actitud son muy evidentes, en dos sentidos. Por un lado, esa responsabilización de los otros lleva a la vida pública a escenarios de polarización, con ciudadanos que se dejan atrapar por el juego de la culpa en lugar de fijarse en los problemas de fondo. En segunda instancia, este fracaso nos señala un sistema coagulado, y eso siempre conduce a cambios políticos de calado, y pocas veces para mejor.

Los problemas que afrontamos, y en algún momento debemos tomarlo en consideración, son estructurales, y mientras eso no se aborde, las cosas no harán más que empeorar. Se ha de insistir en un hecho obvio, pero que se olvida a menudo: los sistemas políticos y económicos pierden legitimidad cuando no son eficaces. El nuestro se ha convertido en un pozo de ineficacia y de ineficiencia, con estructuras muy endebles que no soportan los momentos de presión, como diques que son permanentemente rebasados cuando suben las aguas, y que carecen de los medios y del dinero necesario para hacer frente a situaciones inusuales. Las estructuras comunes se han vuelto muy frágiles, por lo que es previsible que fallen cuando se las necesita. Sin embargo, sus dirigentes y sus élites, en lugar de arreglar los problemas del edificio, siguen actuando como si tuvieran todas las cartas en la mano y, a menudo, toman decisiones poco adecuadas, ya sea por ceguera o por motivos todavía peores. Vamos por mal camino: o damos algo de solidez y de estructura a nuestro mundo, de forma que pueda ofrecer resultados positivos (y deberíamos tener en cuenta especialmente la desigualdad es este punto), o vamos a vivir tiempos todavía peores.

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