"Es un tifón. Nadie sabe dónde estamos": la inflación y el grave error de la economía
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Esteban Hernández

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"Es un tifón. Nadie sabe dónde estamos": la inflación y el grave error de la economía

La descripción de cómo actuar en estos instantes que Mario Draghi le hizo al ministro francés de Finanzas, Bruno Le Maire, revela el fondo del asunto económico

placeholder Foto: El primer ministro de Italia, Mario Draghi. (EFE)
El primer ministro de Italia, Mario Draghi. (EFE)

En una de esas frecuentes conversaciones informales de redacción, comentábamos un artículo acerca de la efectividad de los algoritmos a la hora de elegir pareja. Es una más de esas creencias que han aparecido en el entorno tecnológico y cuya lógica es la siguiente: puesto que el ser humano suele tomar decisiones motivado por la pasión, por la intensidad del momento y por sentimentalismos que le ciegan, a menudo elige para compartir su vida a personas con las que es poco compatible y que le hacen peor su existencia. Esa situación se daría en muchísimas menos ocasiones si todo pasase por un mecanismo objetivo de decisión, libre de furores y pasiones, que conseguiría que las elecciones se concretasen en parejas más duraderas y sólidas. Es una convicción extraña, fruto de una fe ciega en la tecnología; está instigada por una nueva teología que está convencida de que los algoritmos pueden proveer al ser humano de la razón prístina que le falta gracias a la recolección y tratamiento de datos. Y es una creencia tanto más endeble cuanto se desea aplicar a un ámbito tan íntimo como el de las relaciones amorosas. Al término de la discusión, un compañero apostilló irónicamente que tanta efectividad tendría un algoritmo como arrojar los dados.

Comentarios muy similares se han suscitado sobre el mundo de la inversión: recordemos aquelun mono con los ojos vendados lanzando dardos sobre una lista de empresas obtendría los mismos resultados que un analista experto”, popularizado por Burton Malkiel en ‘Un paseo aleatorio por Wall Street’. Lo curioso es que, en los últimos tiempos, la tecnología no ha hecho más que asentar más la autoconfianza de los expertos económicos. Las posibilidades de tratamiento y análisis de datos los han llevado a multiplicar su convicción en que ellos son quienes pueden ofrecer una mirada objetiva, desapasionada y rigurosa sobre la realidad. La tecnocracia es sobre todo esto, una serie de gente que dice poseer las cualidades y los instrumentos necesarios para dirigir la sociedad de una manera eficiente. No solo cuentan con una visión analítica, sino con medios que les permiten organizar y predecir de un modo más preciso que nunca.

Los números en la bola

Esta teología convierte las predicciones en realidades anticipadas, como si el futuro pudiera verse nítidamente a través de una bola de cristal llena de números. Es muy frecuente en nuestras vidas: se nos anticipa que el PIB español crecerá un x por ciento este año o que tal empresa crecerá otro x por ciento en los próximos tres años, y así sucesivamente. Esta rotundidad es especialmente chocante en tiempos como los actuales, muy complicados de predecir. Podemos contar con intuiciones, pistas o tendencias, pero si el futuro es siempre complicado de adivinar, todavía más ahora. Lo que dijimos que pasaría puede ser rápidamente negado por la realidad, ya sea por fenómenos inesperados de pequeñas o grandes dimensiones (dónde fueron a parar las previsiones realizadas en enero de 2020…) o por variaciones que acaban generando cambios notables.

Es natural que el ser humano trate de anticipar lo que vendrá; lo malo es otorgar a esas predicciones una seguridad

Sin embargo, la altivez de los expertos económicos no se desinfla, todo lo contrario. Ahora es el turno de adivinar qué ocurrirá con la inflación, y muchos de ellos están alertando de un repunte y de la necesidad de ponerle coto. Pero lo cierto es que no saben bien qué ocurrirá, si se quedará como está, aumentará limitadamente, subirá pronunciadamente o vete a saber qué. A menudo algunos de ellos aciertan en sus pronósticos y muchos fallan; y es lógico, así son las apuestas sobre el futuro. Y también es natural tratar de anticipar lo que vendrá, lo malo es dar a esas predicciones una seguridad de la que carecen.

El conocimiento cristalino

El problema de esta perspectiva no es la cantidad de conocimiento que reside en cada pronóstico, sino que se hace un dibujo inevitable del futuro a partir de las creencias propias. Esto es la economía hoy, mucho más que un conjunto de expertos que disponen de un conocimiento cristalino a partir del uso de la razón, la lógica y las cifras. Además de que los datos del pasado pueden ser endebles a la hora de reflejar el futuro, sus argumentos tienden a pervertirse por la ideología y los intereses. A menudo, todos los vaticinios terminan siendo performativos, porque incitan a los gobiernos y a muchos inversores a actuar en la dirección que les señalan como más probable y, al hacerlo, convierten su iluminación en realidad.

Entramos en tiempos difíciles. Nadie sabe dónde estamos. Nadie sabe adónde vamos

Esto es lo que señalaba Wolfgang Münchau respecto de la inflación: que cada cual pronostica en función de sus creencias, es decir, de su ideología. Como apuntaba en su artículo, no debe sorprendernos que los economistas de izquierda expresen cierto optimismo y apunten que la inflación no se disparará, mientras que los de derecha avisen de que será elevada y que hay que tener mucho cuidado con eso.

Fines y medios

Sin embargo, la pandemia ha supuesto el reconocimiento expreso de que la economía es fundamentalmente política y no un montón de angelicales leyes objetivas: no hay más que ver la clase de medidas inusuales que se han tomado. Mario Draghi se lo resumía así a Bruno Le Maire, ministro de Economía y Finanzas francés: "Bruno, estamos entrando en tiempos difíciles. Es como un tifón. Nadie sabe dónde estamos. Nadie sabe adónde vamos. Simplemente actúa como creas que sea bueno".

Quizá convendría tomar consciencia definitiva de este hecho ahora que vuelven las predicciones sobre la inflación y, con ella la insistencia en regresar a la ortodoxia. La economía supone, ante todo, fijar una serie de objetivos y utilizar los medios apropiados para conseguirlos, mucho más que actuar contra tendencias probables. En lugar de comenzar por el final, de anticipar lo que teóricamente vendrá y oponerse a ello, conviene fijarse en el principio, en lo que necesita una sociedad para un momento concreto. Quizá un nivel asumible de inflación venga bien, dependiendo de qué se esté buscando, o quizá sea una derivada negativa pero necesaria para conseguir lo que se pretende; o quizá sea del todo inconveniente, pero eso dependerá de los objetivos sociales fijados. Y estos no los pueden dictar los expertos, cuya función es diseñar los instrumentos apropiados. Pero incluso si se adoptase esta perspectiva reactiva, quizá convenga reparar en lo que ya está aquí antes que fijarse en las anticipaciones.

Lo que se produjo no fue el aumento del precio de los bienes, sino el aumento del de los activos

La inflación en los últimos años se ha mantenido en unos niveles aceptables, fruto de una acción de los bancos centrales, cuyo principal y casi único fin era el de controlarla. Y se logró a pesar de que esos bancos introdujeron (y ayudaron a introducir) grandes cantidades de dinero en el sistema, con lo cual deberíamos haber vivido, si seguimos a los economistas ortodoxos, un periodo de inflación elevada. No fue así porque ese capital no fue a parar a la economía real, sino a la financiera; lo que se produjo no fue el aumento del precio de los bienes, sino el incremento del de los activos, con sus correspondientes burbujas.

Limpieza en el mercado de valores

Y ese error ha empeorado con la pandemia, cuando se ha inyectado otra gran cantidad de capital que ha ido a parar al mismo sitio, a empresas ya infladas y que, precisamente por eso, iban a pasar dificultades enormes con la crisis. Al tomar esta medida, se pretendía sobre todo estabilizar el sector financiero, dependiente de los dividendos y de los bonos de esas mismas empresas. Con esa acción, más que solucionar un problema, se ha provocado que se haga todavía mayor, ya que esas burbujas han aumentado su tamaño. Esta misma semana, Peter Costello, el jefe del fondo soberano de Australia, ha advertido sobre una necesaria limpieza del mercado de valores, ya que el precio de algunos activos es insostenible. En resumen, en lugar de meter dinero en la economía real para hacerla más sólida, el dinero ha ido a parar a una burbuja, que cuando sea corregida generará pérdidas sustanciales.

Al margen de lo que reflejen las grandes cifras macroeconómicas, las clases con menos recursos perderán poder adquisitivo

El segundo problema que nos está subrayando la inflación es la manera en que la crisis está operando de manera desigual. En primera instancia, mientras ha habido familias que han ahorrado con la pandemia, porque han conservado sus ingresos y han gastado menos por las restricciones de movilidad, muchas otras han perdido recursos o se han visto obligadas a endeudarse, ya sea para salvar sus negocios o para llegar a fin de mes, dada la pérdida de empleo y el descenso en la actividad. A estos sectores les ha afectado mucho más la subida de los precios de algunos bienes esenciales, como el de la alimentación, así como el mayor gasto en energía, ya que se ha pasado más tiempo en la vivienda. Y estos sectores han visto también cómo los precios de algunos bienes esenciales, como la alimentación, han aumentado y cómo la factura de la energía, al pasar más tiempo en casa, es más costosa. En algunos casos, como en la vivienda modesta, los precios de los alquileres han caído, pero es probable que se recuperen cuando la pandemia pase. El resultado es que las clases con menos recursos, así como las medias, se verán más presionadas por la pérdida de poder adquisitivo, al margen de lo que reflejen las cifras macroeconómicas.

Son dos problemas a los que habría que poner coto desde ya, al tiempo que se utiliza la economía para crear una actividad robusta y real que genere aumento de bienestar generalizado y no mayores beneficios para una parte escasamente productiva de la sociedad. Ahora que la realidad ha subrayado que se pueden tomar otra clase de medidas, sería conveniente que esa consciencia persistiera y se pusiera al servicio de la reorientación social hacia fines comúnmente beneficiosos en lugar de seguir centrados en pronósticos grandilocuentes sobre lo que pasará o dejará de pasar.

En una de esas frecuentes conversaciones informales de redacción, comentábamos un artículo acerca de la efectividad de los algoritmos a la hora de elegir pareja. Es una más de esas creencias que han aparecido en el entorno tecnológico y cuya lógica es la siguiente: puesto que el ser humano suele tomar decisiones motivado por la pasión, por la intensidad del momento y por sentimentalismos que le ciegan, a menudo elige para compartir su vida a personas con las que es poco compatible y que le hacen peor su existencia. Esa situación se daría en muchísimas menos ocasiones si todo pasase por un mecanismo objetivo de decisión, libre de furores y pasiones, que conseguiría que las elecciones se concretasen en parejas más duraderas y sólidas. Es una convicción extraña, fruto de una fe ciega en la tecnología; está instigada por una nueva teología que está convencida de que los algoritmos pueden proveer al ser humano de la razón prístina que le falta gracias a la recolección y tratamiento de datos. Y es una creencia tanto más endeble cuanto se desea aplicar a un ámbito tan íntimo como el de las relaciones amorosas. Al término de la discusión, un compañero apostilló irónicamente que tanta efectividad tendría un algoritmo como arrojar los dados.

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