La envolvente de la izquierda contra Podemos (y su giro ideológico)
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Esteban Hernández

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La envolvente de la izquierda contra Podemos (y su giro ideológico)

Podemos es un partido amenazado por el PSOE, que le puede robar espacio, pero también por su izquierda. Y la manera en que le pueden hacer daño electoral es muy significativa

placeholder Foto: Rufián e Iglesias, en el Congreso. (EFE)
Rufián e Iglesias, en el Congreso. (EFE)

Las contradicciones en la izquierda, que reflejan su momento ideológico, sirven también para comprender la época. Lo interesante no está en la presencia de Iglesias en un Gobierno, en el que, en realidad, tiene escasa capacidad de acción, sino en la forma en que las ideas de la izquierda han cambiado de lugar, y en la manera en que ese giro está conformando una política española diferente.

Hay que subrayar, como inicio, algo evidente: más allá del PSOE no existe una izquierda, sino un cúmulo de ellas. No solo están Podemos, conformado por el núcleo de fieles alrededor de Iglesias, y buena parte de lo que queda de IU, sino ERC, Bildu, CUP, BNG, Compromís, Adelante Andalucía y Más Madrid, entre otras. Juntas, representan una parte de voto no desdeñable de la sociedad española, y en un entorno sin mayoría absoluta, pueden contribuir fácilmente a inclinar la balanza hacia un lado o hacia otro.

Lo común en las izquierdas

Estas izquierdas tienen una característica común, que las define y les concede una diferencia en el entorno electoral, su particularismo. En las distintas regiones de España, la oferta de estos partidos ha consistido en poner el acento en el nacionalismo mucho más que en otras variables. En aquellas zonas donde el sentimiento separatista estaba más arraigado, como Cataluña y el País Vasco, los partidos de derechas, CiU y PNV, se convirtieron en los dominantes, y los de izquierda buscaron un lugar aumentando la intensidad de la propuesta. ERC y Bildu fueron más independentistas que los de derechas, que al fin y al cabo participaban institucionalmente, a menudo con réditos.

Iglesias percibió esta situación y pretendió reorientar esas fuerzas, o parte de ellas, hacia un proyecto nacional, pero no le ha ido bien

Allí donde las pulsiones separatistas eran mucho más difusas, como en Galicia, dominaba la derecha española, de modo que la izquierda buscó su espacio reivindicando el nacionalismo: de ahí el BNG. Algo parecido, aunque con menor intensidad, ha ocurrido en Valencia con Compromís, y ahora en Andalucía, con Teresa Rodríguez, que resucita el Partido Andalucista viniendo del trotskismo, lo cual no deja de ser peculiar (o no tanto, Salvini lanzó su carrera política haciendo algo similar).

Iglesias percibió esta situación y pretendió reorientar esas fuerzas, o parte de ellas, hacia un proyecto nacional. En su arranque, tuvo éxito en el País Vasco, en Galicia con las mareas, en Cataluña con los comunes y en Valencia. Pero el deterioro del partido se ha notado especialmente en los territorios, ya que perdió gran peso en Euskadi, el BNG recuperó mucho más que el terreno perdido, y aunque los comunes han aguantado, las secesiones en Andalucía y Madrid, con Errejón, dañan todavía más, en lo electoral, al partido de Iglesias.

La envolvente contra Podemos

Ahora, como señalaba Ángel Alonso la pasada semana, se está fraguando una envolvente en la que secesiones de Podemos y antiguos damnificados electorales por el ascenso de Iglesias, una vez que han recuperado fuerzas, buscan tejer alianzas instrumentales dejando a Podemos al margen. Es más, constituirían un espacio antiPodemos, y no solo por viejas rencillas, sino por necesidad, ya que ocupan un lugar similar en la oferta política. Si la decadencia de los morados no se frena y esta izquierda diferente cobra mayor peso, también ERC o Bildu podrían encontrarse más cómodos en esa nueva entente que con Iglesias.

La cuestión es cómo la izquierda, que rechazaba el nacionalismo, se hizo nacionalista, hasta el punto de constituir su seña de identidad primera

Pero mientras la envolvente se concreta, cabe preguntarse acerca de la relevancia de un giro ideológico importante. La cuestión de fondo es cómo la izquierda, que rechazaba el nacionalismo, acabó haciéndose nacionalista, hasta el punto de constituir su seña de identidad primera. Por decirlo de otra forma, si a ERC le quitas la C, se queda en nada.

Contra el poder

Esta transición tuvo soporte intelectual, y fue producto de la evolución de su propio espacio político. Cuando la izquierda comenzó a abandonar el comunismo y la socialdemocracia fuerte, se vio obligada a acoger otros referentes, que encontró en el magma teórico de la revolución cultural de Mayo del 68. Una de las ideas centrales de ese tiempo era la percepción del poder como intrínsecamente negativo, como una fuerza necesariamente opresiva. El padre, el profesor, el intelectual, el experto, no eran más que figuras que ocluían la voluntad de aquellos que tenían bajo su manto; las instituciones, instrumentos de subyugación; el conocimiento, un arma para someter.

Las defensas de los particularismos territoriales, así como la simpatía con los separatismos, se convirtieron en un lugar común en la izquierda

Esa revuelta contra las figuras de autoridad tuvo muchas derivadas en el plano teórico, pero tampoco fueron políticamente en ese instante. Eran más discusiones intelectuales alejadas de los debates populares que un foco de nueva ideología. Sin embargo, algunos de sus esquemas fueron penetrando en el espacio político, y en España tuvo una expresión singular, que se dejó sentir en la articulación territorial del Estado. Esa idea de un poder central opresor que impedía la natural expresión de sus territorios fue muy bien acogida por la izquierda, ya que permitía añadir nuevos elementos a su ideología (justo en el momento de la Transición, cuando tenían que realizar muchas concesiones) al tiempo que señalaba al franquismo, a esa estructura territorial heredada, como un enemigo obvio. Las defensas de los particularismos territoriales, así como las mismas simpatías con los separatismos, se convirtieron en un lugar común.

Las dos consecuencias en la izquierda

El Estado de las autonomías nació como respuesta a esas demandas, pero no fue suficiente, como estamos viendo. En territorios con una pulsión independentista elevada, las derechas lideraron el proceso nacionalista. Y eso llevó a dos consecuencias en la izquierda: las fuerzas políticas estatales que han sobrevivido en esas regiones, como el PSC, fueron más amistosas con los nacionalismos y propugnaron una nueva articulación federal. Las izquierdas a la izquierda del PSC, si eran fuerzas implantadas en toda España, fueron todavía más cercanas a los nacionalismos periféricos; si eran localistas, se hicieron más atrevidas en su exigencia de la independencia. Nada ha cambiado con la llegada de nuevos partidos de izquierda en la última década: la simpatía de los comunes con los 'indepes' era mayor que la del PSC, la CUP era más secesionista que ERC.

En territorios en los que la secesión no era deseada por su población, a las izquierdas les bastó acogerse al nacionalismo, como el BNG, o a un regionalismo fuerte, como Compromís o Adelante Andalucía.

Cada partido ha ido buscando nichos y ha adaptado su ideología a ellos, y los nacionalismos son el más rentable de todos ellos

También cabe entender este giro como una mera adaptación a los tiempos, en el sentido de que se han pulsado varias teclas y se ha escogido aquella que era más popular. Cada partido ha ido buscando nichos y ha adaptado su ideología a ellos, mucho más que proponer una idea propia. Ha ocurrido en todas las ideologías, pero en las izquierdas españolas ha sido muy evidente. Al dejar de centrarse en la relación entre capital y trabajo, las izquierdas buscaron nuevos ámbitos de desarrollo, y los encontraron en los particularismos. Han estado arrojando sus lazos a diferentes nichos, como el precariado investigador, los 'riders', los inmigrantes, la ecología, los colectivos LGTBI y, por supuesto, los nacionalismos. Como en diferentes regiones de España ese sentimiento les ha sido rentable, han profundizado en él, lo que les ha permitido fijar una oferta diferencial. Ya que la oferta electoral que cobija al conjunto de los particularismos (ecologismo, feminismo, la diversidad y la relación tolerante con los nacionalismos periféricos) está ocupada por el PSOE, no les queda más remedio que buscar un nicho que les ofrezca una identidad.

El mismo partido

Quizá por eso, todos estos partidos son mucho más nacionalistas o regionalistas que de izquierdas. La posición en asuntos sociales de BNG, Bildu, ERC, Adelante Andalucía, Compromís o Podemos es muy semejante, de modo que tal fragmentación solo es explicable y visualizable desde sus características territoriales. E incluso partidos no nacionalistas, como Más Madrid, tienen limitado su apoyo a la región de referencia. En el fondo, son el mismo partido con pequeñas diferencias; lo que los separa es su clase de nacionalismo.

Esta posición es extraña, sin embargo, en la medida en que se posicionan contra el nacionalismo españolista, pero apoyan decididamente los periféricos. Toda la negatividad que colocan en las banderas desaparece cuando se trata de la propia, lo que no deja de ser un contrasentido. Es raro también porque en Occidente los partidos nacionalistas, a menudo furibundamente nacionalistas, han sido los de derechas, desde Trump y Orbán hasta Le Pen. La izquierda suele ser globalista, europeísta e internacionalista, salvo en España, donde las izquierdas patrióticas abundan, pero a nivel regional. Rechazan el término patria, salvo si se desciende un peldaño territorial.

Y es una posición negativa, además, porque todo esto no deja de ser una suma de egoísmos. Si fuese de otra manera, estarían pensando en términos de proyecto común, lo que no ocurre en España desde hace mucho tiempo (tampoco por parte de las derechas, por cierto). Estos particularismos tienen como objetivo conseguir un mayor y mejor reparto de recursos para sus territorios, y en algunos casos solo temporalmente, hasta que se den las condiciones objetivas para su huida de España. En lugar de contar con un proyecto político que tenga como horizonte lo común, el conjunto, la totalidad de España, se limitan a jugar al juego de ser diferentes y, desde esa posición, reclamar mayores ventajas. Sería lógico, desde la izquierda, proponer ese proyecto común, pero todo se ha reducido a multiplicar las banderas y a sacar réditos electorales de ello. Lo del capital y el trabajo, en una sociedad donde el capitalismo tiene nuevas expresiones, les resulta un problema menor. Con proponer más Estado, lo solucionan. Pero tampoco queda claro a qué Estado se refieren.

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