Los funcionarios de élite y la tecnocracia paralela de Sánchez
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Esteban Hernández

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Los funcionarios de élite y la tecnocracia paralela de Sánchez

El complejo reparto del poder en las sociedades contemporáneas genera nuevas tensiones entre diferentes tipos de élites. En la política nacional, aparecen reflejos evidentes

placeholder Foto: Arnaud Montebourg, con Emmanuel Macron, en 2014. (Reuters)
Arnaud Montebourg, con Emmanuel Macron, en 2014. (Reuters)

Pedro Sánchez ha sido criticado con frecuencia por organizar un núcleo opaco alrededor de Moncloa en el que centraliza las decisiones de gobierno. Del mismo modo, las advertencias sobre el control férreo al que somete a su partido son muy habituales. Quienes las profieren insisten en los peligros a los que aboca un liderazgo personalista, que tiende a no respetar las normas establecidas, a evitar los controles, a tratar de gestionar el partido, y a veces el Estado, por la puerta de atrás.

Esa desinstitucionalización es percibida claramente como un elemento que suele llevar de un régimen liberal a otro iliberal: los hiperliderazgos, la fragilización de las estructuras y su supeditación al líder son constantes populistas que conducen a la debilidad de las democracias. Sánchez estaría concentrando demasiado poder, lo que siempre es peligroso.

1. Quien esté libre de pecado…

Estas críticas, sin embargo, deben ser interpretadas a la luz de los tiempos. Este no es un movimiento del PSOE, sino de los partidos en general. Las nuevas formaciones han nacido con una estructura personalista, con escasa articulación interna, y Ciudadanos, Vox y Podemos han sido y son ejemplos claros. A nivel internacional, la tendencia es la misma, como lo vemos en distintas formaciones, desde La République en Marche a Cinque Stelle. Y no podemos obviar el peso del líder en partidos bien asentados: no hay más que ver cómo Trump dobló el brazo al Partido Republicano o, en otro sentido, la enorme importancia que ha tenido Merkel para la CDU. Tampoco podemos ignorar el hecho de que, en ese sentido, el presente y el pasado no son tan diferentes: el nivel de control que González o Aznar tenían del partido, ese que hacía que nadie se moviera si quería salir en la foto o que el nombre del sucesor estuviera escrito en un cuaderno azul, era exhaustivo. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

En la política nacional, los movimientos van en la dirección de tejer una tecnocracia paralela que dependería del líder y no del partido

Sin embargo, el giro contemporáneo hacia poderes personalistas cuenta con elementos novedosos. Por una parte, está vinculado con ese movimiento general en el que quienes tienen el poder tratan de reducir la influencia de las estructuras para gozar de mayor margen de acción. Habitualmente, esta tendencia, como ya se ha subrayado, va en la dirección de que quienes poseen más poder y más recursos traten de zafarse, y lo consiguen con frecuencia, de las constricciones a que las organizaciones o las instituciones les someten.

En el caso de la política nacional, los movimientos que están fraguándose van en la dirección de tejer una suerte de tecnocracia paralela que dependería del líder y no del partido, de un conjunto de especialistas que funcionarían como grupo de confianza. En ese camino quiere profundizar Sánchez, como ya hemos contado, pero también Pablo Casado, que está incorporando nuevos perfiles para diseñar el PP del futuro. En concreto, “la dupla Casado-Egea quiere una organización ensamblada, más joven, moderna y con más consistencia intelectual, para lo que recurrirá a figuras ajenas e independientes”. Está en su idea construir un entorno más tecnocrático, más formado, con un perfil más experto, que se distancie del PP del pasado y, sobre todo, que sea más fiel al líder que al partido. Es una suerte de tecnocracia paralela, muy en la línea de lo que hacen otros dirigentes y otras figuras de poder, y que está conformando el futuro de la política nacional y europea, con su mezcla de liderazgos claros, especialistas con conocimiento, desvinculación de lo institucional y fidelidades firmes. Quienes tienen el poder no se fían ni de los suyos.

2. La nueva burocracia

No basta con desautorizar esta tendencia, hay que comprenderla antes. Con la Superliga, hemos visto un ejemplo claro de cómo los líderes y las estructuras se pelean, de cómo las distintas élites tratan de buscar situaciones de ventaja en la economía, y algo similar estaría en juego en la política. Pero, para saber cuál es la explicación de esta tendencia, es preciso analizar el giro institucional que hemos vivido en los últimos años y cómo nos ha llevado a un escenario completamente distinto del vivido con las democracias de la segunda mitad del siglo XX.

El poder político quedó sometido a control y vigilancia por parte de expertos que decían legitimar su acción a partir de criterios técnicos

Una de las ideas que con más fuerza penetraron en el debate social fue el anquilosamiento de las grandes estructuras, tanto en las empresas como en el Estado, aunque sobre este se hizo especial énfasis. La enorme cantidad de problemas que la burocracia generaba, cómo las reformas necesarias eran obstaculizadas por las inercias institucionales, el despilfarro que se producía en el gasto estatal y cómo las estructuras políticas, pensadas para obtener el poder y conservarlo en la lucha electoral, resultaban poco eficientes a la hora de dar el impulso necesario a las sociedades (también por su tendencia a la corrupción) han estado muy presentes en el discurso público desde los últimos 40 años.

Esas perspectivas triunfaron, pero lo llamativo es que su éxito no acabó con la burocracia, sino que creó una nueva, constituida por una clase diferente. Los gestores, los tecnócratas, los expertos acabaron dominando, ya que eran quienes estaban capacitados, gracias a su conocimiento técnico, para dar el empujón preciso a las sociedades; eran quienes podían ordenar y supervisar la acción de los políticos y de los ministerios. Esta tecnocracia se desarrolló muy especialmente en el ámbito económico, se organizó a partir de instituciones globales y penetró muy profundamente en los bancos centrales, y la Fed y el BCE son muy buenos ejemplos. De este modo, el poder político quedó sometido a control, supervisión y vigilancia por parte de expertos que, al menos en teoría, legitimaban su acción a partir de criterios técnicos. Siguiendo el ejemplo futbolístico, se creó una suerte de FIFA que ponía orden en las federaciones nacionales.

El Estado funcionó como una empresa privada: si alguien se resistía a cumplir las órdenes, se le despedía y se traía a otro, que había muchos

Es importante entender esto, porque aquí es donde Trump empezó a jugar sus bazas. Señaló a esta burocracia global como la responsable de los problemas, criticó su palabrería, sus ineficiencias, lo mucho que hablaban y lo poco que hacían en favor de los estadounidenses. Pero lo hizo de un modo peculiar, porque no buscó un regreso a unas instituciones más justas y eficientes, sino que impulsó la dinámica de la empresa privada. Su Administración se basó en que quien sabe cómo gestionar lo privado sabe cómo gestionar lo público; es decir, trasladó el modelo de empresario exitoso a la dirección del Estado. Desde su perspectiva, los técnicos y los expertos eran un dolor de muelas, y lo mejor que se podía hacer era prescindir sin medias tintas de sus tibiezas y de sus excusas: si alguien no hacía lo que tenía que hacer, si se resistía a cumplir las órdenes, se le despedía y se traía a otro, que había muchos aspirantes. Le salió bien hasta el coronavirus, y a partir de ahí se le volvió, obviamente, en contra.

Como todo esto era atribuido al populismo trumpista, se creyó que bastaba con sacarle del Gobierno para frenar el ímpetu antiliberal, para que las instituciones recobrasen su vigor y se regresara a los equilibrios y contrapesos que proveen para el buen funcionamiento de la vida política y económica. Por seguir con el ejemplo de ayer: si Trump afirmaba que la estructura internacional estaba dañando a EEUU, el país más poderoso del mundo, y lo que pretendía era salirse de ese orden y conformar uno nuevo que le favoreciera, la propuesta de la Superliga era abandonar las estructuras internacionales y poner en marcha otra organización que privilegiara a los clubes más poderosos del mundo. Del mismo modo que bastaba con frenar a Trump para que todo volviera a la normalidad, bastaba con prohibir la Superliga.

3. “La escuela de la soberbia”

Lo cierto es que ya no hay normalidad a la que regresar, y esa es una lección que Europa está tardando en aprender, y que quizá cuando lo haga sea tarde. Es así también en cuanto a las instituciones, porque los problemas continúan ahí tras la salida de Trump. En ese sentido, es muy reveladora la decisión de Macron de acabar con la ENA, la escuela donde se forman las élites institucionales de Francia, las que ocupan los cargos técnicos superiores en la Administración. Fue creada por De Gaulle con el objetivo era dar continuidad al Estado, de forma que existiera una estructura sólida al servicio de los ciudadanos que se mantuviera más allá de que gobernase un político u otro. El problema es que este cuerpo de servicio se ha convertido en un poder en sí mismo que dificulta, cuando no imposibilita, la acción política. Varios presidentes franceses habían ya señalado la necesidad de reformar la ENA, y parece que Macron sí va a llevarlo a cabo. Su intención no es tanto acabar con ese cuerpo de gestión, sino dotar a sus egresados de muchos menos privilegios.

Son unos apasionados del bien público en los libros y en los seminarios que imparten, pero en su vida cotidiana despliegan todo tipo de cinismo

El motivo de fondo de la animadversión política contra la ENA queda bien retratado en ‘L’engagement’, el último libro de Arnaud Montebourg, exministro socialista en la época de Hollande. La ENA es “la gran escuela de la soberbia”, una actitud que sus egresados interiorizan profundamente. Montebourg describe a los enarcas como un conjunto de funcionarios de élite que únicamente piensan en abrir a cada paso nuevas puertas giratorias: su ideología es la de “un rastreador de posiciones futuras”. Montebourg señala que “si les mandas a negociar un plan social, intentarán ponerse a bien con el accionista que podría ofrecerles un nuevo trabajo; si les envías a doblar el brazo a un banco para superar una dificultad, volverán con el brazo torcido por el banco, pero con un próximo punto de destino para su futuro. Sus principios de vida se rigen por un grito repetitivo: '¡Mi carrera, mi carrera!”. Se trata de gente “tan interesada en Francia como en la poesía que leyó en su lejana juventud. Son unos apasionados del bien público en los libros, en las cenas, en los foros y en los seminarios que imparten, pero raras veces en su propia vida, en la que despliegan todas las tipologías del cinismo”.

Lo que Montebourg viene a señalar es que los políticos se encuentran con límites claros a su acción, pero no solo por las estructuras exteriores y por la propia dinámica de la globalización, que libera a los actores más poderosos de muchas trabas, sino por la acción de aquellos que deberían estar a su servicio. Los funcionarios de élite, tecnócratas puros, han identificado bien dónde está el poder y cómo pueden sacar partido de él, y esto ocurre tanto en el plano francés como en el de la UE. La condición de posibilidad de una política real, señala el exministro, es deshacerse de este tipo de personajes que están permanentemente luchando por conseguir réditos en términos de carrera personal en lugar de servir a su país.

Los ataques de Montebourg, sin embargo, contienen un aspecto más relevante que el de las ambiciones privadas, que está en la esencia de las críticas a esta tecnocracia y que el exministro comprobó fehacientemente en sus carnes. En muchas ocasiones, y ocurre en diferentes países y en la misma UE, ese cuerpo de expertos no es más que un instrumento de control sobre los parlamentos, una suerte de recreación de ese dominio paralelo de la vida política a través de los cuerpos funcionariales tan habitual en la segunda mitad del siglo XIX e inicios del XX, y que nació de la desconfianza profunda de las élites respecto de las democracias.

No es raro que Macron quiera desactivar el contexto que permite a los tecnócratas convertirse en una élite, nacional o internacional; y no lo es porque él los conoce muy bien, ya que tenía muchos vínculos con ellos antes de ser presidente.

4. Las redes de poder

Es fácil en ese escenario criticar a los líderes políticos porque tienden a concentrar el poder. Macron no quiere terminar con la ENA para responder al deseo popular que se dejó sentir con la rebelión de los chalecos amarillos, ni tampoco para satisfacer una aspiración profunda de la sociedad francesa, sino para tener mayor capacidad de acción a la hora de gobernar. Quiere prescindir de un obstáculo continuo, y es lógico que lo vea así. Sánchez, sin ir más lejos, aprendió pronto que, para tener éxito, debía desactivar las redes de poder de su partido, justo aquellas que le quisieron dar un ‘golpe de Estado’. Las críticas a estas acciones personalistas son pertinentes en la medida en que advierten del debilitamiento de la democracia, pero resultan injustas cuando se aplican solo a personajes concretos.

La política debe estar por encima de la tecnocracia, y ambas al servicio de aquellos a los que representan y a los que sirven

Y son todavía más injustas en la medida en que pasan por alto la otra parte del problema, la de unas instituciones anquilosadas y particularistas que generan graves problemas a las sociedades, tanto a nivel nacional como internacional. Nos equivocaríamos si pensáramos que se trata de elegir entre hiperliderazgos y tecnocracias, porque las dos son malas soluciones: ambas pueden conformar riesgos para las democracias, porque la tendencia a buscar el interés personal está tan presente en unos como en otras. Se pone el foco en los políticos porque resultan más visibles, pero la descripción de Montebourg debería ser tomada muy en cuenta, ya que ofrece un retrato infrecuente de cómo las redes de poder se imbrican con los intereses personales para dar forma a nuestra sociedad.

Lo que nos muestra es cómo las élites han tomado caminos separados del resto de las poblaciones, que cada una de ellas piensa en sus propios términos y que, por tanto, se pelean por las cuotas de poder. Pero tomar partido por una u otra implica abstraer el problema de fondo. La política debe estar por encima de la tecnocracia, y ambas al servicio de aquellos a los que representan y a los que sirven. Deberíamos asistir a un regreso de la política (los tiempos están dirigiéndose hacia ese lugar, y los cambios en la política internacional son síntomas muy claros) entendida como una manera de poner fin a la secesión de las élites.

La primera parte de este artículo fue publicada ayer.

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