Lo que se pasa por alto sistemáticamente con el independentismo: una vía de salida
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Esteban Hernández

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Lo que se pasa por alto sistemáticamente con el independentismo: una vía de salida

Es momento de entender las tensiones con las fuerzas independentistas desde los elementos más pragmáticos o, si se prefiere, desde los estratégicos. El futuro no está donde miramos

placeholder Foto: Una persona sostiene una bandera de España frente al Palau de la Generalitat. (Reuters)
Una persona sostiene una bandera de España frente al Palau de la Generalitat. (Reuters)

El momento catalán ha sido bien definido por Josep Martí: hemos regresado a 2012, a la época de Artur Mas, lo que implica una rebaja en las aspiraciones 'indepes', pero también supone un nuevo instante de peligro institucional. Un lustro después de aquel discurso de Mas llegó 2017, con la DUI y las fantasías de una sociedad perdida en elementos identitarios.

Foto: El líder de ERC, Oriol Junqueras. (EFE)

El momento español no es tan diferente, porque también tiene algo de regreso a 2012, en el sentido de que se abre una nueva oportunidad para disolver la pujanza independentista o para reforzarla. Todo dependerá de que se entiendan cuáles son los instrumentos más efectivos para que el sentimiento separatista disminuya o, por el contrario, se generen las condiciones para que rebrote. En este terreno, los indultos resultan muy significativos, por sí mismos, y por lo que indican. Pero nada de esto puede entenderse si obviamos las consideraciones de fondo, las reales, las que determinan las posibilidades de acción. Regresar a la geopolítica, como ha ocurrido estos años, tiene algunas cosas negativas, y otras bastante buenas, ya que que nos obliga a tomar los hechos en su consideración primera, la del poder, la de la diferencia de fuerzas; es decir, nos obliga a volver a ese punto de partida sin el cual no se entiende todo lo demás.

1. La construcción de un discurso

Vayamos a eso de lo que se parece hacer permanente abstracción. Cataluña carece de todo aquello que puede llevar a la independencia a un territorio: ni apoyo de las grandes potencias internacionales, ni capital (está muy endeudada), ni Ejército, ni recursos naturales, y ni siquiera un respaldo mayoritario de la población. Ha sido así desde el principio, pero lo es aún más ahora. Lo máximo que pueden conseguir es que alguna potencia decida enredar en los particularismos locales para obtener algún rédito, pero sin ninguna intención de ofrecerles un respaldo decidido. Alguna vez habrá que afrontar el fondo del asunto: Cataluña no puede ser independiente en este momento histórico porque carece de las condiciones de posibilidad para serlo.

Las declaraciones altisonantes y las proclamas orgullosas e irredentas son su única baza: hacen creer que el pulso se está manteniendo

Las fuerzas indepes trata de sortear esa imposibilidad de una manera peculiar. Si entendieran que en este instante no van a lograr sus objetivos, lo trasladasen a los suyos y decidieran regresar a los cuarteles de invierno a la espera de tiempos más favorables, tendría todo el sentido. No ha sido así, y a quien se ha atrevido a enunciar esa opción públicamente se le acusa de traidor.

En su lugar, se ha mantenido la ficción a partir del enfrentamiento, de una dinámica de choque en la que insisten. Incluso ahora, las declaraciones altisonantes prosiguen, a pesar de todo lo que ha ocurrido estos años. Pero cuando dicen: ‘Ho tornarem a fer’, ¿a qué se refieren en concreto? ¿A declarar la DUI de nuevo para dejarla en suspenso a los cinco segundos? ¿O a regresar a un ciclo de desafío, tensión, detenciones y cárcel? Lo que late bajo estas declaraciones es mucho más una necesidad que un deseo; sin esa tensión añadida, se percibiría claramente que su aspiración se mueve en el vacío. Las declaraciones altisonantes y las proclamas orgullosas e irredentas son la única baza que tienen, ya que hacen creer que el pulso se está manteniendo. Pero lo cierto es que el discursivo es el único plano en el que el pulso se está manteniendo, ya que ni siquiera los actos de los independentistas van en la dirección de sus palabras.

2. Qué hacer

Este es el contexto, y hay que decidir cómo se opera sobre él. Es decir, hay que pensar cómo se resta recorrido social a una ficción, desde un lado, o cómo se permanece en ella para que el edificio no se caiga, desde el otro. En lo que se refiere al conjunto de España, las respuestas son básicamente dos: más firmeza y mano dura, si fuese necesario, o mayor diálogo. La primera tiene un riesgo muy serio, el de provocar que esa ficción llegue algún día a hacerse realidad; la segunda, que no sirva para calmar las aguas, y se ceda a cambio de nada.

En este escenario, y antes de poner el acento en los aspectos éticos, que suscitarán distintas lecturas dependiendo de las creencias que se tengan, o de los jurídicos, que también admiten interpretaciones diversas, convendría reparar en los elementos pragmáticos o, si se prefiere, estratégicos.

En este momento, lo que está en juego no es la posibilidad de la independencia, sino mantener la tensión suficientemente alta

La conveniencia de los indultos no tiene que ver con la tolerancia con el independentismo, ni con la sensación de que el diálogo genera muchos más réditos que la mano dura (a veces sí, a veces no), sino con el realismo puro y duro. La mayoría de las fuerzas catalanas son conscientes de que persistir en posiciones de enfrentamiento inmoderado no les lleva más que a seguir perdiendo tiempo, recursos y oportunidades. En ese contexto, los indultos pueden abrir la puerta a una fragmentación en las formaciones separatistas, y suponen, ante todo, la manera de ofrecer una salida al derrotado. Al vencido se le puede integrar o se le puede castigar, y lo segundo suele salir bastante mal, porque supone prolongar los enfrentamientos.

Parece extraño subrayar que los soberanistas catalanes han perdido fuelle cuando cuentan con un apoyo social importante y cuando gobiernan la Generalitat. Podría ahondarse en todas las pistas que indican su repliegue, desde la misma configuración de este Govern hasta la marcha atrás de buena parte de las élites catalanas, pero resultaría poco apropiado, ya que nos haría perder de vista lo importante, la imposibilidad en este momento histórico de la secesión. Lo que está en juego no es la independencia, sino mantener la tensión suficientemente alta.

3. Los dos interesados

Hay dos partes especialmente interesadas en continuar el pulso: los soberanistas de Puigdemont y demás sectores duros, que por supuesto no desean los indultos, y esa parte de la derecha española que espera que los soberanistas persistan en su empecinamiento. Los 'indepes' presionan para llevar el enfrentamiento con el Estado al máximo, parte de la derecha para llevar el desgaste del Gobierno al máximo, y en esos objetivos se convienen. Si gana uno de ellos, el opuesto sale reforzado.

Los soberanistas pretenden que las contradicciones dentro de España se hagan más profundas: es el único objetivo posible

En ese escenario, las opciones posibles son dos: o el Estado español consigue que las contradicciones dentro del bloque soberanista se hagan más agudas, y por tanto se debilite, o los soberanistas consiguen que las contradicciones dentro del Estado español se hagan más profundas, que es su único objetivo posible. Y se trata de un problema importante: España tiene grandes tensiones entre partidos, se mueve en una polarización notable, y se están abriendo brechas entre el poder ejecutivo y el judicial, entre la parte de población centralista y la periférica, y en las instituciones mismas. Los pulsos entre partidos pueden hacer más profundas esas grietas y convertirlas en rupturas. Existe una posibilidad adicional, la de que ambos bloques salgan más fragmentados, pero esto sería temporal y, mientras dure, catastrófico.

Los indultos deberían poner las bases para que la tensión se diluya; ya que está construida sobre una ficción, hace menos necesaria la fuerza

Los indultos pueden ser un instrumento pragmático para diluir un problema, y ese aspecto no puede obviarse para ganar ventajas privadas. Dado que lo que está en juego no es la independencia, sino continuar o rebajar la tensión, el propósito debería ser integrar en España a más partes de los catalanes, no empujar a más catalanes hacia los partidos que defienden la independencia, porque en ese caso nos volveremos a encontrar con 2017 en el futuro, y entonces quizá no sea una mera ficción. Ahí es donde entran los indultos: no van a solucionar nada por sí mismos, no supondrán el fin de la fantasía, no convencerán a los 'indepes', pero deberían poner las bases para que la tensión comience a diluirse; ya que está construida sobre una ficción, hace mucho menos necesaria una posición de fuerza.

4. La salida

España está en un momento especialmente difícil, y haríamos bien en tomar en cuenta la complicación de la época. Debemos reconstruirnos en muchos sentidos, y más tras la pandemia, y para cualquiera de ellos los particularismos son un grave problema. Entiéndase el término en sentido orteguiano (ahora que se han cumplido 100 años de ‘La España invertebrada’), que no solo se centraba en las tensiones territoriales, sino que describía los enfrentamientos entre élites, las separaciones entre grupos sociales y la ausencia de un motor real como los males del conjunto.

Biden ha dado la respuesta a cómo se reconstruye un país roto: impulsando una salida que refuerce a sus ciudadanos y a sus territorios

En este escenario de rupturas diversas, hay una idea que no termina de arraigar, pero que es básica: la salida será en común o no lo será, porque lo contrario conducirá a un declive prolongado general. Esto no tiene que ver con el entendimiento, la comprensión y el diálogo, sino con que no queda otro remedio, lo que no se termina de entender en muchas partes de España, y no excluyo a Madrid. Hay que insistir en que el término esencial en este instante no es la nación, ni lo identitario, ni los toros ni las sardanas, sino la economía política, con todo su realismo. La acción de Biden es la respuesta clara a la pregunta de cómo se reconstruye un país roto: impulsando una salida que refuerce a sus ciudadanos y a sus territorios.

A España, por lejos que esté de las condiciones en las que opera EEUU, no le queda mejor opción que construir nuevas posibilidades económicas que diluyan desde la acción común los problemas de integración territorial. Se han señalado muchas propuestas, ya vengan de Juan Roig, del presidente del Petronor, de los sindicatos, desde la España vacía o desde la asunción en España y en Europa de la nueva perspectiva estadounidense. Y todas, para funcionar, precisan del trazado de puntos de conexión, no de separación. Es el momento de construir, porque el centro de todo esto es el declinante nivel de vida, que conduce a un humor social negativo, y sin transformar ese aspecto veremos muchas más situaciones difíciles.

Tampoco el País Vasco podrá sacar partido de su situación en el futuro si continúa pensando únicamente en sus propios términos

El giro hacia la geopolítica implica la cada vez mayor importancia del tamaño, de la demografía, de los recursos con que se cuentan y de las oportunidades de desarrollo. Y opera en todos los sentidos: ni las regiones más fuertes, como Valencia o Cataluña, podrán impulsar todas sus posibilidades trabajando en solitario, ni las regiones interiores podrán salir adelante sin un impulso estatal claro y decidido que aproveche las sinergias de un modo integrador, ni el País Vasco podrá sacar partido de su situación en el futuro si continúa pensando en sus propios términos.

Es cierto que para que todo esto se pueda producir necesitamos muchas cosas que no han aparecido en el discurso público, como un proyecto económico de país, una comprensión del momento general, una dirección del Estado y de las CCAA que planee en términos amplios, una clase experta que piense más en los ciudadanos que en los gráficos y una mirada mucho más estratégica sobre nuestro país. Pero en algún instante la realidad tiene que penetrar en el oscuro bosque de los narcisismos imperantes.

El momento catalán ha sido bien definido por Josep Martí: hemos regresado a 2012, a la época de Artur Mas, lo que implica una rebaja en las aspiraciones 'indepes', pero también supone un nuevo instante de peligro institucional. Un lustro después de aquel discurso de Mas llegó 2017, con la DUI y las fantasías de una sociedad perdida en elementos identitarios.

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