La guerra de las clases altas españolas contra los intelectuales
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Esteban Hernández

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La guerra de las clases altas españolas contra los intelectuales

“Los finos de este país presumen de no comprender las ideas, como si fueran un poco de pobres", aseguraba el pensador Javier Gomá. Y tiene razón, es así

Foto: El empleo más probable de las nuevas generaciones de humanistas. (Unsplash/Kate Townsend)
El empleo más probable de las nuevas generaciones de humanistas. (Unsplash/Kate Townsend)

Javier Gomá señalaba en una entrevista publicada en el Grupo Joly algo muy evidente, pero poco reconocido: que la clase alta española está “en guerra contra los intelectuales”. Aseguraba el pensador que “los finos de este país presumen de no comprender las ideas, como si fueran un poco de pobres… Se me ha acercado muchas veces gente bien, que me decía: 'He leído tu artículo, muy bueno, pero no he entendido nada'. Y lo decían sin avergonzarse”. Tiene razón Gomá, especialmente en que perciben las ideas como una cosa de pobres. Eso explicaría la falta de vergüenza a la hora de reconocer que ni siquiera son capaces de comprender un texto de Gomá. Si se tratase de Heidegger resultaría comprensible, pero Gomá… Las élites que hacen gala de su ignorancia son muy peligrosas, porque transmiten la sensación de que han perdido el pudor y que ya pueden decir en voz alta que les da igual todo excepto ellas mismas; ni siquiera tienen que perder el tiempo en disimular sus carencias o en actuar dando ejemplo.

Esta visión explica también un par de aspectos sociales muy preocupantes. El primero conecta de forma directa con los cambios insistentes en los planes de estudios para que las humanidades tengan cada vez menos peso en la formación, como si fueran materias de las que se puede prescindir por resultar inútiles. Es como si se afirmase explícitamente que a quién le importa la historia si tenemos algoritmos, o la filosofía si tenemos las matemáticas, o la literatura si hay vídeos en YouTube. Las humanidades se perciben como una suerte de reducto para ociosos que pagan el lógico precio de carecer de relevancia en el mercado laboral; es la consecuencia de elegir profesiones para perezosos. Por eso deben tener menos presencia en los planes académicos, y debe haber menos titulados en disciplinas que no son más que pasatiempos para unas clases medias y trabajadoras que no son conscientes de que el mundo ha cambiado, porque no son necesarias para el futuro. Los estudiantes deben tener claras las consecuencias de su elección.

La sofisticación de lo inútil

El segundo tiene que ver con la moda de reivindicar las humanidades y el pensamiento asumiendo ese marco y subrayando que, a pesar de eso, lo inútil también tiene utilidad en la vida, ya que yace en ellas una suerte de espíritu indispensable para una existencia mejor, en especial a la hora de relacionarse mejor con uno mismo. Convertir las humanidades en una clase sofisticada de autoayuda no es buena idea, porque implica una abdicación completa: se quiere que regresen por una vía que, habiendo asumido su irrelevancia social, al menos puede ofrecer consuelo personal. Pero esto es falso. En primera instancia, porque el pensamiento y las humanidades son útiles para esta sociedad y para este momento concreto de la historia, ya que constituyen un instrumento que permite pensar mejor y con más claridad, que facilita análisis más profundos y precisos, y por tanto de mayor calidad, en todas las áreas de la vida, también en la empresarial o en la política. Tener a gente pensando mejor es bastante más provechoso que contar con autómatas que aplican los procesos de la máquina y su algoritmo. También genera más fricciones, porque nos subraya que hay distintas posibilidades para conseguir los mismos fines (y a veces se ponen en cuestión los mismos fines), pero resulta infinitamente más práctico en la empresa, en la política, en la vida colectiva y para uno mismo.

Estas disciplinas, en cuanto instrumento, pueden ser utilizadas perversamente, pero sería absurdo renunciar a ellas

Las humanidades constituyen un conjunto de saber acumulado, y por tanto son un instrumento para el presente. Como tal, no aseguran que a todos a los que se les enseñe su funcionamiento sepan utilizarlo o lo hagan correctamente, como el hecho de enseñar a conducir a alguien no implica que se comporte responsablemente con el automóvil a lo largo de su vida. Pero es mucho mejor tener la certeza de que cualquier persona que conduzca un coche posee los mínimos conocimientos indispensables para manejarse al volante que vivir en una sociedad que hace gala de que quienes transitan por sus carreteras no han tenido que pasar por la autoescuela. Con las humanidades ocurre lo mismo.

¿Borrón y cuenta nueva?

En tercer lugar, las bases para una vida ética a las que ayuda el conocimiento de estas disciplinas suponen una ventaja personal, pero también social. La capacidad de comprender la sociedad, de saber cómo funciona, de qué requisitos necesita para garantizar la estabilidad y la libertad de sus miembros, de cuáles son las fuerzas en juego y de cómo equilibrarlas requiere de un conocimiento que no viene dado. Por suerte, contamos con disciplinas que han acumulado una gran cantidad de saber a lo largo de los siglos que está disponible para que nosotros lo utilicemos en este momento concreto de la historia, justo el que nos ha tocado vivir. Ser un experto en estas disciplinas no asegura el resultado porque, en tanto instrumento, también puede ser utilizado perversamente, pero sería absurdo no emplearlo. Entre otras cosas, porque estaríamos reconociendo que se quiere hacer borrón y cuenta nueva, y actuar como si nada de esto hubiera existido. De modo que, sí, las humanidades, la filosofía, las ideas y las narraciones pueden aportarnos mucho en el plano personal, pero son indispensables también para la vida social.

Creen en una relación íntima del ser humano dedicada al vaciamiento de las ideas y organizan su vida alrededor de la ausencia de pensamiento

Sin embargo, y a pesar de todo esto, o quizá precisamente por ello, porque los tiempos son muy extraños, las humanidades y las ideas son despreciadas como cosas de pobres. Aunque, estrictamente, no se trata de que las ideas sean rechazadas en sí, porque también las clases dominantes tienen las suyas, aunque sean diferentes. Y caen a menudo en un idealismo iluso. Creen que las grandes aportaciones no vendrán del pensamiento, sino de las mediciones, los gráficos, los porcentajes y el tratamiento continuo de datos, de los algoritmos y de la inteligencia artificial, y están convencidas de que esa abdicación de la razón nos dirigirá hacia un futuro mejor. Creen, además, en una relación del ser humano consigo mismo dedicada al vaciamiento de las ideas y por eso organizan su vida alrededor de la ausencia de pensamiento: entrenan para mantener el cuerpo en forma y la mente desocupada, buscan placeres en comidas sofisticadas, tratan de conseguir un aspecto físico atractivo a través de la pura imagen, y hallan la paz meditando para no tener ideas en la cabeza. Por supuesto, en el ámbito de la gestión, hacen abstracción de todo lo que ha constituido el trabajo, y tratan de crear una atmósfera de buen rollo impostado, en el que la sonrisa, la actitud positiva y el rechazo de toda posición negativa, en un contexto de orientación a los resultados (que es como decir, haz lo que te mandan, no pienses y sonríe), son correctos. Es un idealismo extraño, pero es el que domina la sociedad.

Cuestión de clase

Frente a ellas, las viejas ideas, las de las humanidades y las del pensamiento, esas que hemos ido acumulando durante siglos y siglos, no es que hayan quedado obsoletas; aún peor, son cosas de pobres. Y tienen razón las élites en cierto sentido, porque así nos lo enseña la Historia. No ha sido infrecuente que cada vez que la parte de abajo de la sociedad ascendía algún peldaño en la escala social, sus hijos adquirieran, junto con algunas tierras o algo de capital, demasiadas pretensiones. Después querían seguir ascendiendo, o todavía peor, hacerse filósofos o literatos. Como narraba Marx respecto del siglo XIX francés, o Guglielmo Ferrero respecto de la etapa final de la república romana, había quienes aprendían griego y ya se creían que eran alguien y tenían derecho a la palabra. Estas clases con aspiraciones encontraban un destino esperable, porque pronto aparecía un nuevo corte social y las devolvía al pozo. Es algo muy similar a lo que ocurre en los ciclos económicos: cada vez que las clases pobres conseguían acceso a propiedades o capital y se convertían en clase media, llegaba un ciclo que las desposeía, de modo que los activos regresaban a sus verdaderos dueños, que en eso suelen consistir las crisis.

Hay épocas en que las ideas son cosa de pobres y de desclasados. Esta es una de ellas

En la cultura contemporánea ocurre lo mismo, ya que las clases altas se desplazan hacia nuevos lugares y dejan esas clases trabajadoras con ínfulas, convertidas en clases medias, en un terreno que ya no tiene ningún valor. Cuando esa masa de aspirantes se sitúa en la filosofía, la historia o la creación, y cree que hay lugar para ellos, las élites abandonan esos espacios y los desprestigian. Eso es lo que explica que la cultura y las ideas ilustradas hayan perdido hoy su capacidad de influencia, ya que las élites se han alejado radicalmente de ellas, se han resituado alrededor de valores inmediatos y pragmáticos y las han denunciado como irrelevantes. Una vez que el campo quede libre de aspirantes indeseados, regresarán a la cultura. De modo que sí, hay épocas en que las ideas son cosa de pobres y de desclasados. Esta es una de ellas.

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