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La desglobalización: la nueva excusa para golpear a las clases medias
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Esteban Hernández

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La desglobalización: la nueva excusa para golpear a las clases medias

El error que cometió la izquierda cuando lanzó la alerta antifascista puede repetirse ahora aumentando el tamaño del enemigo: la lucha contra las autocracias no puede realizarse si se empobrece a la mayoría de los ciudadanos

Foto: El desabastecimiento encarece los productos. (EFE/Cabalar)
El desabastecimiento encarece los productos. (EFE/Cabalar)
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La invasión de Ucrania supondrá, como todo el mundo repite, un cambio de época. Es un aldabonazo que obligará a las democracias occidentales a tomar un nuevo rumbo. Lo estamos presenciando en muchos órdenes, el geopolítico, las dificultades en la economía, las nuevas alianzas energéticas. Sería también momento de nuevas ideas, de otros planteamientos, pero hay dificultades evidentes para que esa comprensión del instante sistémico termine de asentarse.

Un ejemplo especialmente llamativo aparece en la columna de Paul Krugman en la que señala la causa principal de los problemas occidentales. A Putin le ha ido mal porque, afirma, en ese tipo de regímenes no hay crítica interna, y, por lo tanto, es muy fácil que una mala decisión se convierta en catastrófica. Pero a Krugman le preocupa mucho más el motivo por el que Putin pensó que Occidente estaba en decadencia. El economista coincide con el dirigente ruso en que ese declive existe, pero por razones muy distintas. No proviene de la desaparición de los valores familiares tradicionales ni de una sociedad feminizada, como afirma la esfera rusa y repiten los trumpistas estadounidenses, sino del “declive de los valores democráticos tradicionales, como la creencia en el Estado de derecho o la aceptación de los resultados electorales cuando no salen como uno quiere”. El economista no se separa aquí de las tesis comunes acerca de la debilidad de las democracias que provocan las divisiones internas, algo que él lleva mucho tiempo manteniendo.

El diagnóstico de Krugman no sirve de mucho, porque casi todo el mundo lo da por bueno

Krugman es demócrata, y, por lo tanto, percibe al partido republicano, girado hacia posiciones más duras, como un peligro para su país. Es una formación con tentaciones autocráticas, y parte de sus conciudadanos se han acercado mucho a ese discurso. En teoría, el fracaso de Putin perjudica a esas formaciones, pero todavía siguen muy activas.

Lo peculiar de estos discursos es que se han repetido mucho en los últimos años occidentales, a veces en el sentido que apunta Krugman, y el caso de Vox en España sería un ejemplo claro, pero también en dirección contraria. En nuestro país ha sido, y es, muy habitual escuchar el peligro que un presidente como Sánchez supone para la salud democrática, ya que se adoptan medidas unilateralmente y sin respetar los procedimientos, y se alía con socios claramente antidemocráticos, como Podemos, ERC o Bildu.

Foto: EC Diseño.

Una tesis demasiado simple

El diagnóstico de Krugman no sirve de mucho, precisamente porque casi todo el mundo lo da por bueno: el acuerdo respecto de la tesis principal es utilizado instrumentalmente para señalar a los rivales políticos. En EEUU es obvio: si se pregunta a la otra parte, el gran problema para la democracia estadounidense es ese conjunto de socialistas radicales que ha tomado la dirección del país. En España, Vox acusa a Sánchez de autoritario y señala a Orbán como autócrata.

Quienes dijeron que el orden liberal y el libre comercio cambiarían las autocracias y las traerían al bien deberían hacer autocrítica

Lo peor de la tesis de Krugman, sin embargo, es su vertiente simplista, que pone el foco en el lugar erróneo y no toma en serio los desafíos de la época. Los reduce todos al enemigo interno, como si los males desaparecieran al desembarazarnos de quienes se muestran retadores o de quienes están en otro lado del espectro político: en lugar de estar pensando el futuro y comenzando a planificarlo, se prefiere reparar en ‘los otros’. Y más aún en el caso de Krugman. Constatemos que todos los reproches, muy razonables, que ahora se le formulan a Alemania, en el sentido de no haber tomado en cuenta los riesgos que suponía la dependencia de Rusia, son consecuencia de una arquitectura internacional defendida y promovida por Krugman y gente como él. Todos esos economistas y politólogos que nos dijeron que el orden liberal y el libre comercio cambiarían las autocracias y las traerían al bien, y que la interdependencia ayudaba en ese propósito, y todos los políticos e instituciones internacionales que repitieron el mantra, son ahora los que critican la falta de inteligencia estratégica de Alemania.

Foto: Imagen de Pete Linforth en Pixabay. Opinión

Quizá se podría esperar más autocrítica por parte de Krugman y de la esfera a la que pertenece, porque contribuyó intelectualmente durante muchos años a esa clase de errores. Y sería importante que sucediera así, no por encontrar responsables, sino porque sería la señal de que se están comenzando a afrontar los tiempos de la manera que estos demandan.

La excusa perfecta

Lo correcto no es poner a los otros como excusa, sino empezar a trabajar para el futuro. Los enemigos internos son el argumento perfecto para no hacer cambios: es una excusa que permite afirmar que se está actuando mientras se dejan las cosas en un lugar muy parecido. Esto quizás ocurra con la invasión: ofrecer armas a Ucrania y aumentar los presupuestos de defensa pueden ser acciones necesarias, pero, si son las únicas, generarán un gran agujero en Occidente. Si se cree que aislando a los autócratas y peleando para que opciones políticas afines no pasen de un lugar minoritario en la política interna todo estará arreglado, se está cayendo en el espejismo que vivió Alemania.

Cargar todo el peso sobre la espalda de las clases medias y de las trabajadoras es un error. ¿De dónde se cree que salen los autócratas?

Las perturbaciones económicas, que han aparecido en forma de inflación, van a durar tiempo. Los problemas energéticos, agravados con la distancia alemana del gas ruso, van a sacudir Europa. Las medidas para controlar la inflación probablemente agravarán la crisis. ¿Qué vamos a hacer? ¿Decir a los ciudadanos que bajen un par de grados la calefacción y que es el momento de hacer esfuerzos porque estamos en economía de guerra? ¿Eso va a ser todo? Cargar todo el peso de este giro sistémico sobre la espalda de las clases medias y de las trabajadoras, de los empleados, autónomos y pequeñas empresas, significa dar alas a los partidos antisistema. ¿De dónde se cree que salen los autócratas? Hay que recordar que Orbán fue el campeón del liberalismo en el Este hasta que las circunstancias económicas de su país impulsaron su cambio ideológico. Y es necesario subrayar que Biden está en un nivel de popularidad bajísimo en su país, aun cuando la invasión de Ucrania debería haberle beneficiado.

Foto: Costa del congestionado puerto de Los Ángeles. (Reuters)

En segundo lugar, si hemos vivido en la ilusión de que la interdependencia generaría más estabilidad global y se ha constatado que es todo lo contrario, lo lógico es que se actuara racionalmente y el desacople comenzase a cobrar cuerpo. Eso es lo que se está señalando respecto del gas ruso. Pero Adam Tooze subraya algo sensato respecto de esas intenciones, que quizá sean menores de lo que se expresan. Al hilo de la conclusión de Larry Fink, CEO de BlackRock, de que la desglobalización ya está aquí, Tooze subraya que “hablar de Putin le ahorra a Fink la vergüenza de tener que hablar sobre la verdadera falla en la economía global, la que se da entre China y Estados Unidos”. Fink utiliza el término desglobalización, pero quiere mantener sus inversiones en China, lo que encaja mal con el planteamiento de partida. Más allá del pulso que se está jugando alrededor de los fondos de gestión pasiva, Tooze tiene razón: ¿qué va a hacer EEUU? ¿Va EEUU a olvidarse de las fábricas chinas o va a mantener esos lazos?

Porque, si se concluye que el dinero alemán está pagando la guerra que hace Rusia, también el dinero estadounidense ha estado alimentando el crecimiento chino, y ese es el factor último del reposicionamiento global. Si el giro geopolítico acerca a Rusia todavía más a Pekín, van a tener que tomarse decisiones mayores.

Alimentando al enemigo

En cierta medida, lo que señala Krugman es que todo está básicamente bien, salvo las extremas derechas. Y es una gran equivocación, aparte de implicar una deriva política muy peligrosa. Las gestiones erróneas de las crisis anteriores han dado de comer a los populistas de derechas en nuestros países y, si las decisiones que se tomen ahora van a ir en la misma dirección, conocemos ya cuál será el resultado. La izquierda pensó que alertando sobre el fascismo iba a ganar elecciones y las cosas salieron regular, y ahora los partidos mayoritarios creen que, con lanzar la alerta autocrática y señalar a los amigos de Putin, la defensa de las democracias estará resuelta. Esa muestra de fe es admirable.

Foto: Ilustración: EC Diseño.

Por lo tanto, hay que regresar al punto de partida: no es el momento de buscar responsables a los que señalar con el dedo, sino de pensar en cómo arreglar lo roto. Para esa tarea es imprescindible buscar aliados en lugar de enemigos, pero ese mismo movimiento implica que hay un proyecto por desarrollar, algo que hacer. La unidad es necesaria, más que nunca, si cabe, pero para encontrar salidas, no para estar todos de acuerdo en que hay gente muy mala.

Hemos de tener en cuenta que esta guerra va a ser económica en primer lugar, que es imprescindible recuperar capacidades europeas, que deberemos relocalizar sectores estratégicos e impulsar algunos ámbitos en los que vamos atrasados, que hemos de resolver el problema energético y que todo eso hay que realizarlo de forma que cohesione las sociedades en lugar de deteriorarlas más. En otros momentos de la historia, EEUU y Europa hicieron algo similar, y el resultado fueron años de crecimiento y bienestar. Esta época es diferente, pero puede tener una salida en la misma dirección. Esa es la manera de contener a las autocracias; el resto, como señalar a los amigos de Putin, es un peligroso brindis al sol.

La invasión de Ucrania supondrá, como todo el mundo repite, un cambio de época. Es un aldabonazo que obligará a las democracias occidentales a tomar un nuevo rumbo. Lo estamos presenciando en muchos órdenes, el geopolítico, las dificultades en la economía, las nuevas alianzas energéticas. Sería también momento de nuevas ideas, de otros planteamientos, pero hay dificultades evidentes para que esa comprensión del instante sistémico termine de asentarse.

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