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Sánchez contraataca: España va bien y la culpa es de Putin y los "profetas del desastre"
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Esteban Hernández

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Sánchez contraataca: España va bien y la culpa es de Putin y los "profetas del desastre"

La intervención del presidente en el debate del estado de la nación ha dejado momentos muy relevantes, que señalan el lugar en el que está el proyecto progresista y que subrayan debilidades europeas

Foto: Pedro Sánchez en el debate sobre el estado de la nación. (EFE/Chema Moya)
Pedro Sánchez en el debate sobre el estado de la nación. (EFE/Chema Moya)
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Los aplausos y los vítores han estallado en el Congreso cuando el presidente ha anunciado los impuestos extraordinarios a las empresas energéticas y a los bancos. Es el anuncio estrella, y previsiblemente centrará las discusiones y los comentarios sobre el debate, como lo hará el énfasis insistente en la apuesta social que el presidente ha desplegado, o como se subrayarán las reacciones de Yolanda Díaz a esos anuncios.

Además de las medidas, y quizás opacados por ellas, la hora y 20 minutos de intervención de Sánchez tuvo algunos momentos muy interesantes, ya que reflejan la perspectiva del Gobierno sobre los instantes difíciles que vive España, pero también algunas de las convicciones que dominan en Europa.

Contra los “profetas del desastre”

Hubo un tiempo en el que prácticamente solo había un discurso parlamentario y mediático. Lo usó Rajoy contra Podemos, los ‘remainers’ contra los ‘brexiters’, los demócratas contra Trump y los comentaristas liberales respecto de quienes tenían otra opinión. Subrayaba que la política es compleja, que no hay nada fácil, que está llena de claroscuros y que quienes ofrecen soluciones rápidas y simples a problemas complejos no hacen más que mentir. Eso eran, básicamente, los populismos.

Los agoreros, es decir, la oposición, tratan de hacer de menos a España "sin un solo estudio científico que avale sus tesis"

Sánchez ha utilizado ese mismo marco en varias ocasiones, al señalar la diferencia entre los médicos especialistas y los expertos, y los curanderos que no buscan una solución a la enfermedad. El presidente ha insistido en que debemos desoír a quienes desprecian la ciencia, no atienden ni a la razón ni a los datos: son “traficantes de miedo” y “profetas del desastre” que ofrecen soluciones falsas, engañosas e injustas. En realidad, a España le va bastante bien, tiene un tejido empresarial que funciona, una ciudadanía instruida consciente de sus derechos y obligaciones y un nivel creciente de empleo. Los agoreros, es decir, la oposición, tratan de hacer de menos a España “sin un solo estudio científico que avale sus tesis”. En definitiva, es el mismo recurso que frente al populismo, ahora corregido con metáforas de la salud y la ciencia. Pero tiene la misma efectividad real que el anterior.

La culpa es de Putin

El segundo aspecto llamativo fue la gran cantidad de tiempo dedicado a justificar la reacción a la guerra de Ucrania, no tanto para justificar la posición española, en lo que también se explayó, sino para explicar a los españoles que el gran responsable de los males europeos presentes, de la inflación española, de los problemas de la energía y del mal giro económico tiene un nombre: Putin. El nombre del presidente ruso apareció más de una decena de ocasiones en el discurso, y en todas ellas como emblema de un mal presente y externo. A Europa y a España les va bien, pero ha surgido un dictador que amenaza nuestras libertades. Hay que luchar contra él, y ese combate implica un precio económico, que debe pagarse gustosamente para defender los regímenes democráticos. En esencia, lo que decía Biden.

Las sanciones a Rusia nos iban a golpear de lleno, y todo el mundo lo sabía. Por lo tanto, se debería haber actuado antes

Ese señalar con el dedo a los malos que perturban nuestro mundo razonable no deja de caer en ofrecer soluciones fáciles a problemas complejos. Es curioso que señale tanto a quienes señalan que vienen malos tiempos, y que ponga la responsabilidad en Putin, básicamente porque retrata a la perfección la escasa comprensión del momento sistémico que se está viviendo, y en particular cómo puede afectar a España. Sánchez ha explicado que la salida de la pandemia supuso un incremento de precios, problemas en los abastecimientos y tensiones energéticas. Pero eso también era culpa de Putin, que estaba maniobrando en la sombra para preparar la guerra de Ucrania. Hay otra manera de explicarlo, y más precisa. Dado que Europa, y en particular España, se volcó en el exterior, importaba la gran mayoría de los bienes y productos que necesitaba para su vida cotidiana, y su industria, orientada hacia la exportación (era más eficiente y más barato) tenía que encontrarse en algún momento de bruces con la realidad. La primera época de la pandemia fue dura en ese sentido, porque todo lo que necesitábamos estaba fuera y era muy caro, y la salida de la pandemia incidió en la lección no aprendida. Por decirlo de otra manera, fueron problemas estructurales los que se manifestaron, no las maniobras oscuras de Putin. Rusia lo único que hizo fue aprovechar nuestras debilidades, en las que habíamos caído voluntariamente. Éramos una zona estratégicamente débil, y eso tiene su coste.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tras su intervención en el debate. (EFE/Javier Lizón) Opinión

La segunda trampa argumental apareció cuando, como tantos otros gobernantes occidentales, se señala a Putin como responsable de nuestro mal momento económico. Pero es una mala excusa: es muy difícil desacoplarse de un funcionamiento global, y separar a la UE de Rusia obligaba a ello, sin pegarse un tiro en el pie. Las sanciones a Rusia nos iban a golpear de lleno, y todo el mundo lo sabía. Por lo tanto, si la decisión que se iba a tomar era la de castigar económicamente a Rusia, en ese mismo momento habrían debido tomarse medidas contundentes para paliar la reacción y que nos afectase lo mínimo posible. No se hizo, y ahora estamos pagando el precio de la imprevisión. Una vez más, nuestros dirigentes parecen vivir en un mundo huido: ponemos sanciones y hundimos a Putin. Ya no funciona así, lo siento.

El mismo programa que hace tres años

Como tercer elemento relevante, y lo es en gran medida, está la sensación de que Sánchez no acaba de comprender el momento sistémico en que España se imbrica. El programa de salida de esta crisis que ha ido desgranando, además de las medidas puntuales anunciadas, que pretenden ser un alivio para los malos momentos, es el mismo que tenía en 2019 y en la salida de la pandemia. Ha insistido en el desafío verde, en las necesidades de digitalización (“la necesitamos para reducir jornadas laborales, para lograr una mayor productividad, y más empleo de calidad”, cuando hasta ahora ha consistido en despedir gente, reducir servicios y traer a Uber), en los avances en derechos, en una nueva ley contra la discriminación racial y otra contra la corrupción.

Es decir, ha explicitado la sensación (“saldremos de esta crisis como salimos de la pandemia”) de que, por grandes que sean las dificultades, en algún momento, en el año próximo o en 2024, regresaremos a la normalidad y entonces seremos conscientes de las acciones importantes que este Gobierno ha llevado a cabo. La mala noticia es que ya no hay normalidad a la que volver. La guerra de Ucrania no es un conflicto bélico, es un cambio geopolítico que dirige hacia la desglobalización, y hemos iniciado una transición en la que los grandes países están desplegando sus fortalezas para conseguir una posición más sólida. Todos menos Europa, que sigue arrastrando los pies.

El Gobierno español, para bien y para mal, estaba directamente ligado a un proyecto europeo pensado para antes de la guerra de Ucrania

Las buenas noticias que han llegado desde la UE en los últimos tiempos, como en los planes para la recuperación, o en las acciones en defensa o en energía, han sido reactivas y puntuales, como si un paquete de acciones sectoriales solucionase los problemas de fondo. Pero el cambio es mucho mayor: el desafío ruso es de grandes dimensiones, EEUU presiona y saca partido de manera evidente de esa presión, China está jugando sus bazas, los BRICS se están reforzando y países como Turquía o Marruecos están mejorando mucho sus posiciones. Europa debe ser capaz de encarar los tiempos de manera decidida y de cambiar el paso. Todavía no está en esa línea, y el discurso de Sánchez, plenamente integrado en la ortodoxia europea, es una buena muestra de cómo ir un par de años por detrás de la realidad. El Gobierno español, para bien y para mal, estaba directamente ligado a un proyecto europeo pensado para antes de la pandemia y de la guerra de Ucrania, y esa dificultad de Bruselas puede pasarle factura doble.

La confianza menguante

En ese escenario, las medidas concretas anunciadas por Sánchez pueden tener cierto recorrido, pero quizá menor del esperado. Sin entrar en su validez, y algunas de ellas son interesantes, el problema de este Gobierno no han sido las decisiones contra la crisis que ha tomado, sino su implementación. Los ERTE, las ayudas a los autónomos, los créditos a las pymes o el ingreso mínimo vital, que son difícilmente discutibles, han fallado en su tramitación, y a veces en su misma concepción. La burocracia infinita para acceder a ellas, el rechazo de muchas solicitudes o las elevadas garantías para la concesión de préstamos (que provocó que se concedieran a quienes ya se lo iban a conceder porque podían avalar) han dejado mucho descontento en los mismos sectores a los que se destinaban. Las medidas que ha anunciado pueden tener otro recorrido, y sería deseable, porque, de otro modo, el Gobierno no encontrará en la realidad el respaldo que promete la formulación del paquete. A veces, los tuyos no te votan porque hay demasiadas divergencias entre lo que anuncias y lo que en realidad ofreces, y este Gobierno no se puede permitir un gramo de desconfianza más.

Todas estas señales apuntan hacia el agotamiento ideológico del proyecto progresista en las próximas elecciones, pero también inciden en la necesidad de una reflexión profunda dentro del espacio de izquierdas para encarar los tiempos complejos que vienen.

Los aplausos y los vítores han estallado en el Congreso cuando el presidente ha anunciado los impuestos extraordinarios a las empresas energéticas y a los bancos. Es el anuncio estrella, y previsiblemente centrará las discusiones y los comentarios sobre el debate, como lo hará el énfasis insistente en la apuesta social que el presidente ha desplegado, o como se subrayarán las reacciones de Yolanda Díaz a esos anuncios.

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