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Las Big Four ponen al descubierto el punto débil de los sindicatos
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Esteban Hernández

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Las Big Four ponen al descubierto el punto débil de los sindicatos

Lo que está ocurriendo con las grandes consultoras y el debate que se ha creado sobre los empleos en empresas de élite señalan algunas de las características dominantes en el trabajo contemporáneo

Foto: Sede de KPMG en la Torre de Cristal de Madrid.
Sede de KPMG en la Torre de Cristal de Madrid.
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La macroinspección a las grandes consultoras, más allá del ruido que ha generado, nos explica algunos aspectos peculiares del trabajo contemporáneo. Por ejemplo, cómo es posible que los empleados soporten un número de horas excesivo y a todas luces ineficiente, que les perjudica y perjudica a sus empresas, y además ocurra sin que se genere ningún tipo de protesta. En el caso de las firmas de élite, entre las que se encuentran las Big Four, los más prestigiosos despachos jurídicos o los fondos de inversión, la respuesta más inmediata es la del atractivo de la pertenencia. Trabajan en compañías que afirman que sus empleados son the best & the brightest, y pertenecer a ese círculo parece tentador; quién no quiere pertenecer al estrato más brillante.

La inspección de trabajo tuvo como objetivo encontrar pruebas de que las jornadas laborales de sus empleados son mucho más extensas de las que figuran en los registros. Desde luego, es difícil que ocurra de otra manera cuando las firmas de élite insisten en que una de sus fortalezas es la dedicación, el estar permanentemente pendientes de su tarea, lo que lleva a muchos de sus empleados a dedicar 70 u 80 horas de su semana al trabajo.

El lugar idóneo

Es algo de lo que se vanaglorian, como símbolo del esfuerzo y de la entrega de su firma. A sus empleados, esas jornadas maratonianas parecen compensarles. Una explicación inmediata es que la sensación de estar en la cima, o camino de ella, genera el suficiente atractivo como para no quejarse.

La mayoría de quienes trabajan para esas firmas vienen de los mismos espacios sociales y cuentan con la misma mentalidad

Sin embargo, hay algo más. La mano de obra de esas firmas suele provenir de los mismos entornos, personas que se han educado en colegios y universidades de élite, que han brillado académicamente, y que “nunca han experimentado algo que no sea el éxito”. Por lo tanto, ser contratado en una de esas empresas y ascender más tarde en ellas es percibido como un destino lógico. Dado que cada vez más los trabajos de élite son conseguidos por hijos de las élites, la mayoría de quienes trabajan para esas compañías tienen la misma mentalidad: se reúnen con otros para hacer cosas exitosas. La sensación de formar parte del grupo de elegidos está muy presente, como ha sido siempre para ellos.

Foto: Sedes de PwC (i) y KPMG (c), en Madrid. (EFE/Mariscal)

En estas firmas, no todo son ventajas, claro. Se trata de puestos de trabajo muy bien remunerados, con elevado capital simbólico y que definen una posición social prestigiosa, y por eso el número de optantes es grande. Y quizá la entrada sea sencilla para algunos de ellos, pero también lo es la salida: estas empresas se caracterizan por una circulación elevada. Permanece solo una parte de los que ingresan, y el arriba o fuera es una forma de gestión muy habitual. De esta manera se crea un entorno fuertemente competitivo por la permanencia y por el ascenso de las que las jornadas laborales extensas son una parte natural, por lo que son aceptadas sin fricciones.

Lo que pasa dentro

En España contamos con escasa literatura acerca de cómo funcionan estas empresas, y solo en algún caso aislado se ha explicitado algo de lo que pasa dentro. Pero en el Reino Unido, y en general en el ámbito anglosajón, los estudios académicos han sido mucho más frecuentes, también los que adoptan un enfoque crítico-descriptivo. Dado que algunos de los investigadores trabajan para escuelas de negocio, tenían acceso a las interioridades de las firmas, y lo que nos cuentan es típico de los entornos fuertemente competitivos.

"Se trata de saber venderte", de "jugar el juego de las relaciones públicas", de "vender tu marca" o de "hacer ruido"

Sus empleados insisten en que, a la hora de hacer carrera, deben contar con una habilidad indispensable, esa que es típica de los trabajos relacionados con profesionales liberales: “Se trata de saber venderte”, de “jugar el juego de las relaciones públicas”, de “vender tu marca” o de “hacer ruido”: “No puedes ser muy bueno en tu trabajo y en la relación con los clientes y que nadie sepa quién eres. Y para eso tienes que contribuir regularmente a alguna de esas iniciativas que te hacen visible para los socios. Tienes que ser conocido por los socios”.

Foto: Las Cuatro Torres de Madrid. (Reuters/Paul Hanna)

De modo que, además de las exigencias laborales, a veces peregrinas, también hay que dedicar un tiempo a dejar claro quién eres y lo que vales. Es decir, al margen de que se prioricen aquellas actividades que mejor encajan con los deseos de los superiores que pueden ayudarte, se debe mostrar el valor que se aporta. Esa tarea de autopromoción, obviamente, añade un tiempo extra a la jornada laboral.

La vida autocentrada

Pero no basta con eso, porque como en todos los ambientes burocratizados, es esencial conocer bien los engranajes de la maquinaria, moverte con habilidad por las luchas territoriales, hacer las cosas que no levanten suspicacias; saber con quién llevarse bien y con quién mal, a qué fuego arrimarse y cuál evitar. De modo que las intrigas, las críticas por la espalda, el servilismo o la traición, todas esas cosas que aparecen habitualmente en las profesiones liberales, están especialmente presentes en los de élite. Conocer la maquinaria y saber desplazarse a través de ella también añade unas cuantas horas a la jornada laboral. Recapitulando: trabajar, venderte y conspirar consume mucho tiempo diario. De ser cierto lo que nos cuentan, pocas me parecen 80 horas a la semana.

Foto: La vicepresidenta segunda del Gobierno, Yolanda Díaz. (EFE/Quique García)

Lo más preocupante, no obstante, es hasta qué punto tienen razón: buena parte de los empleados de estas firmas forman parte de la élite. Y eso debería advertirnos respecto del peligro de que estas prácticas se generalicen. Cuando reúnes en una organización a personas con un origen social favorecido, que están acostumbradas a amoldarse al ruido ambiente, que tienen como objetivo ascender y que utilizan la apariencia y la autopromoción como armas principales, se acaban creando espacios ineficientes, burocratizados y autocentrados, llenos de rigidez y pendientes del brillo. En el mejor de los casos, son entornos banales; en el peor, muy perjudiciales.

“Somos unos privilegiados”

En realidad, las firmas de élite no son más que un ejemplo, quizás el más vivo, del funcionamiento del trabajo contemporáneo. En las profesiones liberales aparece un mecanismo similar que hace pensar a sus trabajadores que, en el fondo, son unos privilegiados: cobrarán poco o trabajarán mucho, pero están en el sector que más les motiva, el vocacional, y eso hace que merezca la pena resistir; máxime cuando ser despedido es fácil, porque hay muchos optantes. Pero incluso entre trabajos menos prestigiosos, el simple hecho de contar con un empleo y un salario es visto ya como una suerte, como un pequeño privilegio en tiempos difíciles.

Ese contexto es quizá la mayor complicación que tienen los sindicatos a la hora de implantarse, salvo en entornos en los que el trabajo está asegurado, como la función pública, o es muy exigente y precario. El caso de las consultoras y las horas extra debería hacernos pensar un poco más en el marco laboral que hemos construido, y hasta qué punto es ineficiente para todos. Por un lado, se están privilegiando la burocracia (reuniones frecuentes incluidas), el postureo y las intrigas por encima de la realización correcta de la tarea. Por otro, la exigencia de largas jornadas o de salarios bajos se justifica con la excusa de que, en el fondo, se es un privilegiado por trabajar. Mala cosa.

La macroinspección a las grandes consultoras, más allá del ruido que ha generado, nos explica algunos aspectos peculiares del trabajo contemporáneo. Por ejemplo, cómo es posible que los empleados soporten un número de horas excesivo y a todas luces ineficiente, que les perjudica y perjudica a sus empresas, y además ocurra sin que se genere ningún tipo de protesta. En el caso de las firmas de élite, entre las que se encuentran las Big Four, los más prestigiosos despachos jurídicos o los fondos de inversión, la respuesta más inmediata es la del atractivo de la pertenencia. Trabajan en compañías que afirman que sus empleados son the best & the brightest, y pertenecer a ese círculo parece tentador; quién no quiere pertenecer al estrato más brillante.

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