Trump no se detendrá ahora: su próximo paso en Europa
El programa del presidente estadounidense, que está desarrollándose a gran velocidad, tiene propósitos para Europa que van más allá de los aranceles. Con notables consecuencias políticas e ideológicas
El presidente de EEUU, Donald Trump. (Zuma Press/Andrew Leyden)
La humillación europea ante el Gobierno estadounidense tiene consecuencias que van mucho más allá de la instauración de unos aranceles concretos. La menos subrayada es la ideológica y no es en absoluto desdeñable. El giro en el que la política europea está inmerso se aceleró el día en que Von der Leyen, junto con su delegación, levantó el pulgar para una foto.
La historia ofrece enseñanzas que merecen ser recordadas, y más cuando los hechos presentes no son más una continuación intensificada de experiencias recientes. La llegada al poder de Thatcher y Reagan no solo supuso un cambio sustancial en la política de su país, sino que transformó la economía occidental y los equilibrios geopolíticos. Por más que se insista banalmente en que ha existido un orden vigente desde el final de la Segunda Guerra Mundial que ha durado hasta nuestra época, no fue así ni de lejos. Desde 1945 hasta mediados de los 70 existió una estructura en la que EEUU era la potencia hegemónica capitalista, pero con Estados que tenían fronteras delimitadas, un vínculo evidente entre la banca y las industrias nacionales, un control evidente sobre el territorio, y un equilibrio emergente entre capital y trabajo que apuntalaba el desarrollo de las naciones del bloque occidental. Había un enemigo evidente al otro lado del muro. El crecimiento significativo de Estados que se habían recuperado tras la gran guerra y que optaban por trazar un camino propio, en la medida de lo posible, comenzó a desagradar a Washington. Kissinger se encargó de susurrárselo a Nixon.
Con el final de Bretton Woods y de la paridad dólar/oro, todo cambió. Se abrió un nuevo escenario que requería nuevas ideas políticas
Thatcher y Reagan las pusieron sobre la mesa cuando fueron elegidos, en 1979 y 1980, respectivamente. En 1981, Miterrand gana las elecciones en Francia y en 1982, Felipe González alcanza una mayoría abrumadora en España. Tras varios gobiernos breves en Italia, Bettino Craxi fue nombrado primer ministro en 1983. Los partidos socialistas se estaban instalando en los gobiernos del sur de Europa, lo que prometía una confrontación contundente con las políticas de los mandatarios anglosajones.
No fue así. La primera señal vino de Miterrand. Las medidas tomadas en el inicio de su mandato, como las nacionalizaciones y el aumento del gasto público, fueron respuestas típicas de la socialdemocracia de la época. Pero rápidamente, el gobierno francés giró hacia políticas de mayor austeridad que pretendían facilitar la integración con Alemania y con los socios europeos. El Acta Única Europea, firmada en 1986, y promovida por la Comisión Europea liderada por Jacques Delors, eliminó barreras al comercio, permitió la libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas, y fortaleció las instituciones comunitarias. Fue un paso decisivo que ató a Francia con Alemania y que puso las bases para la creación de la UE.
Para finales de la década, Andreotti estaba en el poder en Italia. Miterrand y González tardaron más en salir y fueron sustituidos por los liberales Chirac y Aznar. Helmut Kohl, el canciller alemán de la CDU, estuvo dieciséis años al frente del gobierno alemán. La Unión Europea acabó creándose con los parámetros definidos por Alemania, pero también con la visión económica que el neoliberalismo había instalado. Cuando el demócrata Clinton llegó a la Casa Blanca, no cambió un ápice las políticas económicas de sus predecesores. La Tercera Vía de Blair en Reino Unido no fue más que la constatación de cómo esas ideas habían triunfado por encima de la socialdemocracia: incluso cuando gobernaban fuerzas de izquierda, en teoría contrarias a las teorías neoliberales, acababan implantando estas.
La solución no pasaba por defender la vieja socialdemocracia, sino por asentar Europa: era el
dique que podía detener a los neoliberales
En la década transcurrida desde que fueron elegidos Thatcher y Reagan, ocurrieron muchas cosas, pero todas fueron en la dirección que ambos dirigentes pretendían, tanto en el ámbito económico como en el de la política internacional. Era la época en la que Felipe González insistía en que, ante el empuje de los conservadores, la solución no pasaba por defender la vieja socialdemocracia, sino por asentar Europa: era el único dique que podía detener a los neoliberales. EEUU impuso su proyecto ideológico, tanto en la manera de gestionar la política como en la forma de articular las relaciones internacionales. En apenas una década, había nacido la era global. La hegemonía estadounidense, caída la URSS, era indiscutida. Reagan y Thatcher habían ganado.
En el inicio del siglo XXI, los proyectos de la UE y de EEUU chocaron en un punto geográfico, Oriente Medio. La guerra de Irak supuso también la división de Europa: el eje franco-alemán fue puesto a prueba con la foto de las Azores. Europa quería tener influencia en Oriente Medio, defendía la solución de los dos Estados, y percibía como perjudiciales las aventuras bélicas de George W. Bush. Aznar giró hacia Washington. Zapatero trajo de vuelta a España al eje franco-alemán. En aquel instante, Europa pareció haber ganado una batalla, y las relaciones con EEUU entraron en una fase más amable a raíz de la llegada de Obama.
La nueva fase
La elección de Trump ha cambiado el mundo. El balance de estos primeros meses es claramente favorable a las intenciones del presidente estadounidense, que no era otra que recomponer el reparto del poder global en términos favorables a EEUU. Dado que China es un objetivo inalcanzable ahora, está dividiendo el mundo en aliados y países hostiles: los primeros tienen que pagar una parte mucho mayor por pertenecer al club, los segundos están siendo tratados como enemigos. Las instituciones globales han quedado sustancialmente debilitadas, porque el poder norteamericano se ha afirmado en toda su crudeza.
Hay un impulso de transformación ideológico muy profundo. Como en los 80, el nuevo orden exige una nueva política
En segunda instancia, Trump ya ha llegado mucho más lejos de lo que Bush Jr. consiguió. La alineación de la UE con los intereses estadounidenses se ha producido de un modo simbólicamente doloroso, porque no se trata únicamente de que se haya plegado de modo íntegro a las pretensiones geopolíticas de Washington (salvo algunos gestos sin consecuencias respecto de Oriente Medio y especialmente de Gaza), sino que ha aceptado sacrificios sustanciales en el propio territorio europeo en términos económicos, tecnológicos, energéticos y comerciales.
Sin embargo, al igual que ocurrió con Thatcher y Reagan, hay un impulso de transformación ideológica muy profundo: el nuevo escenario exige una nueva política. Se ha alertado repetidamente de las tentaciones autoritarias, de la corrosión de las democracias y de las ambiciones cesaristas. Los cambios van más allá, y la pelea en Europa forma parte de ellos.
Los conservadores contra el trumpismo
La división política en la UE sitúa al Partido Popular Europeo, secundado por socialistas y liberales, frente a las distintas formaciones de la derecha trumpista (Patriotas, ECR, AfD). Esa pelea ha sido claramente subrayada en los últimos tiempos, y Manfred Weber se encargó de explicitarla cuando afirmó que el enemigo era la extrema derecha europea, y que socialistas y liberales eran los aliados en esa guerra. En última instancia, los populares continentales, controlados por la CDU alemana, estaban luchando contra el partido republicano estadounidense en suelo europeo. Las formaciones trumpistas estaban presionando a los alemanes para que se creara un nuevo eje: querían y quieren que los conservadores se alejen de sus socios tradicionales y se apoyen en las nuevas derechas para dibujar una Europa distinta. Los populares se han resistido con uñas y dientes, aunque en muchas de las visiones sobre cuál debería ser la acción futura para Europa sus posturas no están alejadas.
Las élites del sistema anterior no se tomaron en serio la amenaza hasta que esta se hizo realidad: el partido republicano se volvió trumpista
En esa pelea, los argumentos que utilizan los conservadores europeos se parecen mucho, o son básicamente los mismos, que los republicanos estadounidenses utilizaron frente a la llegada de Trump: había que conservar el orden basado en reglas, Trump pretendía un régimen autoritario, era demasiado arriesgado en política exterior y sus ideas en comercio y en economía resultarían dañinas. Desde 2015, esas discusiones teóricas tuvieron lugar en EEUU, y fueron secundadas por el establishment demócrata. También se parecen mucho las sucesivas negaciones que se difundían públicamente a cada avance de los trumpistas: sus políticas saldrán mal, son antidemocráticas, Trump pasará y se volverá a la normalidad. Las élites del sistema anterior, el que proviene del neoliberalismo, nunca se tomaron en serio la amenaza, hasta que esta se hizo realidad: el partido republicano se convirtió en trumpista.
Los conservadores europeos llevan el mismo camino. Alemania ha aceptado los términos impuestos por Trump con la esperanza de que la inversión en defensa e infraestructuras pueda servir como camino para el futuro. Pero se trata de un programa que, para ser desarrollado, requiere de ajustes presupuestarios en otras áreas. Además, el daño a la competitividad germana que suponen los aranceles en muchos de los productos que vende es probable que sea combatido por el camino habitual, el de los ajustes en retribuciones y condiciones salariales. La dirección económica que Trump ha diseñado para EEUU se intentará trasladar a suelo europeo. Eso dibuja otro mundo.
M&A en las derechas
Trump no es una anomalía, es parte de una conexión ideológica que se inicia con Reagan, transita por los dos Bush, cobra un primer impulso en 2016 y concreta su ideario con la victoria de 2024. Forma parte de una intención política que quiere transformar Occidente, como sucedió con Reagan y Thatcher. El orden neoliberal terminó con el segundo mandato de Trump y dejó paso a una nueva visión, que ahora quiere implantarse en Europa.
Trump cuenta con muchas bazas: la debilidad europea, la creencia de que ceder es menos lesivo cuando se trata de asuntos pragmáticos, como la economía, o la falta de valor de los dirigentes continentales. Pero el problema de fondo no es tanto ese como el hecho de que, dentro de ese posibilismo europeo, muchas de sus élites comienzan a pensar que el modelo de Trump les puede resultar beneficioso. No están de acuerdo con las formas, pero el fondo les atrae.
Eso ayuda mucho a los propósitos trumpistas. El presidente norteamericano no creó un nuevo partido, sino que tomó el existente. Lanzó una opa hostil en la que salió victorioso. Está haciendo lo mismo en Europa. Giorgia Meloni, o la alianza entre las derechas en Italia es un modelo; Milei destronando a Macri es otro; el laborista Starmer, que ha abierto por completo las puertas de su país a EEUU, es una tercera vía. Pero el centro de Europa ahora es Alemania, y la CDU ha aceptado los aranceles y la subordinación como si fueran inevitables. Trump ha llegado donde Bush no pudo,y la cesión alemana hace presagiar que ese fusionismo trumpista acaba de morder la presa en Europa. Una presa que no soltará.
La humillación europea ante el Gobierno estadounidense tiene consecuencias que van mucho más allá de la instauración de unos aranceles concretos. La menos subrayada es la ideológica y no es en absoluto desdeñable. El giro en el que la política europea está inmerso se aceleró el día en que Von der Leyen, junto con su delegación, levantó el pulgar para una foto.