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El cementerio de los sin nombre
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Eduardo Madina

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El cementerio de los sin nombre

Conforma un paisaje de tumbas con lápidas blancas que tan solo llevan unas pocas letras y unos pocos números. Nadie sabe casi nada de los seres humanos enterrados allí

Foto: Flores en la tumba de un inmigrante en el cementerio de Lesbos. (Reuters)
Flores en la tumba de un inmigrante en el cementerio de Lesbos. (Reuters)

Dicen que era un antiguo paisaje de olivos el lugar al que hoy llaman el cementerio de los sin nombre en la isla griega de Lesbos.

Conforma un paisaje de tumbas con lápidas blancas que tan solo llevan unas pocas letras y unos pocos números. Nadie sabe casi nada de los seres humanos que están enterrados allí. En la mayoría de los casos, ni siquiera los nombres.

La imagen del cementerio da la razón al periodista Antonio Lucas cuando dice que la muerte siempre se sitúa mucho más allá del lenguaje, que ante ella, las palabras nunca llegan bien. Y es verdad, porque para lo que está pasando en el inmenso drama de los exiliados que escapan de Siria, sencillamente no hay palabras.

No solo no hay palabras en las lápidas de los que mueren. Tampoco las hay cuando nos preguntamos por qué Europa permite que mueran.

Así que es cierto, no hay lenguaje. No hay lenguaje que alcance a definir o calificar la mezcla de deshumanización, indignidad y vergüenza que produce el papel de la Unión Europea y de los gobiernos de los estados miembros ante la mayor crisis humanitaria de nuestro tiempo.

En Siria, hay una guerra desde hace seis años que ha dejado entre 250.000 y 500.000 muertos, según datos de distintas organizaciones internacionales. Una guerra brutal que ha producido un flujo de refugiados y desplazados que roza los 10 millones de personas.

Y ese inmenso naufragio político y humanitario no está encontrando la compañía de las palabras correctas. El mejor ejemplo son los gobiernos de los estados de la Unión Europea. Todos ellos incapaces de decir nada que no suene ridículo ante su inmensa falta de compromiso con los propios acuerdos de relocalización de refugiados de guerra que ellos mismos firmaron meses atrás. España es aquí uno de los mejores alumnos en este máster de la irresponsabilidad: ha acogido tan solo a 18 personas de las 18.000 que Rajoy aceptó en un primer momento. 18 personas. De 18.000. Y de un total de casi 10 millones de desplazados y refugiados.

Tampoco las palabras de la propia Unión Europea suenan mucho mejor, incapaz de explicar las razones por las cuales ha permitido esta irreparable traición a los propios valores sobre los que fue fundada.

Una Unión Europea que no aguanta un minuto frente a su propia historia a partir del instante en que permitió que unos cuantos miles de millones de euros fueran la cifra con la que ha sido puesta en venta ante el Gobierno de Turquía. A cambio de ese dinero, allí se quedarán todos los refugiados que Europa rechaza.

Dinero a cambio de rechazos. Dinero a cambio de indiferencia. Pagar a cambio de traicionarse a sí misma, pagar para que aquello que en otro tiempo produjo orgullo, hoy produzca vergüenza. En este último acuerdo firmado por los Veintiocho, no solo se conculcan principios básicos del derecho internacional, sino que al hacerlo con tal grado de deshumanización se traiciona la esencia misma de lo que fue la Unión Europea, un conjunto de valores de raíces humanistas. Así se ponen en venta los significados en los que, un día, Europa encontró su principal hecho diferencial y su condición de ejemplo ante el mundo.

En el último estudio del CIS, el 0% de los encuestados, o sea, prácticamente nadie en España, considera que en todo este drama haya algún tipo de problema

Y por otro lado, tampoco hay palabras ante los datos publicados en el último estudio del CIS. En él, el 0% de los encuestados, o sea, prácticamente nadie en España, considera que en todo este drama haya algún tipo de problema.

Si eso fuera cierto, tampoco habría palabras sobre la indiferencia de la sociedad española ante la tragedia humanitaria que se vive en nuestras fronteras.

Con todo, sabemos que quienes escapan de la guerra de Siria lo están haciendo entre palabras de rechazo de los países europeos, entre el olvido o la indiferencia de la comunidad internacional y entre discursos de desprecio o incluso graves acusaciones de terrorismo realizadas por políticos de ultraderecha de distintos países.

Pero tras todas esas palabras, también sabemos que en la próxima década Europa podría acoger perfectamente a medio millón de personas al año para absorber dentro de la sociedad europea el exilio de una guerra brutal. Que los gobiernos europeos podrían poner fin de manera inmediata a las actuales políticas de rechazo o de admisión selectiva y podrían asegurar las necesidades humanitarias de las personas refugiadas en nuestras fronteras.

Sabemos también que el Gobierno español tiene la unanimidad del Parlamento para cumplir sin mucho esfuerzo con los compromisos asumidos. Que podría incrementar de manera significativa el número de plazas a disposición de los programas de reubicación y reasentamiento. Y que podría destinar los recursos necesarios para la acogida e integración de las personas refugiadas a través de visados humanitarios, políticas de reunificación familiar y becas para estudiantes.

Sabemos que no sería mucho esfuerzo. Ni humanitario, ni político ni económico.

Es por todo eso que convendría acertar con el lenguaje de las cosas que pasan. Estamos ante una guerra brutal que ha producido la mayor crisis humanitaria de nuestro tiempo, que está provocando un inmenso drama para cientos de miles de seres humanos y que si no se corrige, traerá males mucho mayores en los próximos años.

La consciencia plena de esa realidad debería servir para devolver todos los nombres robados en este tiempo de deshumanización y de indignidad. En primer lugar, a los cientos de miles de desplazados de guerra. Después, a los valores sobre los que fue fundada la Unión Europea. Y finalmente a nuestro propio futuro, si es que realmente queremos que este se escriba con las palabras respeto y solidaridad.

Por este camino, serán otros los que lo escriban. Y a nadie debería extrañarle que lo hagan con palabras distintas. Por ejemplo, odio. O por ejemplo, venganza.

Naufragio Refugiados Unión Europea Eduardo Madina