El carnaval de Podemos

Sus raíces, su ética y su estética están pensadas para ser oposición y recriminarle al poder todos sus privilegios vendiendo la promesa de que de estar ellos al mando, sería diferente

Foto: Encuentro de Podemos con los comunes de Ada Colau, este fin de semana en Madrid. (EFE)
Encuentro de Podemos con los comunes de Ada Colau, este fin de semana en Madrid. (EFE)
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A los altos cargos de Podemos empieza a pasarles como a esa gente que se empeña en vestir camisetas de grupos de música que nunca escucha. En seguida se nota que en esas pintas hay algo que no encaja. Habrá quienes se las pongan para parecer más jóvenes o más interesantes, y los habrá que por desconocimiento. Igual algunos creen que Los Ramones es una marca de ropa. Todos ellos tienen, sin embargo, algo en común con el partido morado que cogobierna España: la imagen que tienen de sí mismos no cuadra con la que transmiten.

Podemos surgió como movimiento contestatario. Sus raíces, su ética y su estética están pensadas para ser oposición y recriminarle al poder todos sus privilegios vendiendo la promesa de que de estar ellos al mando, todo sería diferente. Y ahora que Podemos ha llegado al Gobierno, vestirse de oposición ya no les pega, pero adoptar la estética del poder tampoco. Y eso les está creando un grave problema de marca. Es lo malo de haber convertido las apariencias en argumento político.

Cómo visten o dejan de vestir unos líderes políticos, igual que su lugar de residencia, no debería ser noticia. A no ser, claro, que ellos mismos lo hayan utilizado como rasgo distintivo y hasta descalificador. “Podemos necesita seguir siendo transversal, pero eso no es parecerse a otros partidos políticos o vestir como lo hacen ellos”, le decía Pablo Iglesias a Ana Pastor en una entrevista en 'El Objetivo'. Fue en 2017, días antes de Vistalegre II, y lo de la ropa era una pullita a su rival interno de entonces, Íñigo Errejón, al que tanto Iglesias como Monedero recriminaban haber “variado profundamente su forma de vestir”. Era cuando todavía el líder de Podemos tenía rivales internos. Aún vestía del Alcampo, vivía en Vallecas y cargaba contra los políticos que tenían un chalé por alejarse del pueblo. Las críticas a Errejón eran por haber empezado a llevar chaquetas al Congreso. Apenas un mes después, una vez que había revalidado su liderazgo al frente del partido, Iglesias también empezó a ponerse americanas.

Este fin de semana, celebraron el primer acto de partido desde que Podemos está en el Gobierno. Acompañaban a Iglesias lo más parecido a la vieja guarda que le queda después de las últimas purgas de Teresa Rodríguez y Miguel Urbán, los anticapitalistas que, junto con Errejón, se atrevieron a desafiarle en Vistalegre II. Junto al vicepresidente del Gobierno y secretario general de Podemos, estaban la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y el líder de IU, Alberto Garzón, además de las ministras Yolanda Díaz e Irene Montero. Todos iban con vaqueros menos el ministro Garzón, al que ya no hay quien le quite la ilusión de ponerse traje y corbata. Se trataba de escenificar la unidad en torno a Iglesias (unidad, en este caso, viene de ‘uno’), un mes antes de que se celebre la asamblea ciudadana de Vistalegre III, que se celebrará en la Cubierta de Leganés. Cambian las pintas, cambian los garitos.

Ponerse traje y corbata “por respeto institucional”, como dijo Garzón al ser nombrado ministro, no es en absoluto un problema. Lo sería, si acaso, la incoherencia de haber criticado a los que antes los llevaban como si fueran menos honrados por ello. Suerte que Podemos tiene de portavoz al diputado Rafa Mayoral, que para compensar lo mismo comparece en el Congreso de los Diputados vestido con camisa que con una sudadera de Adidas ideal para bajar a por churros con el pijama debajo.

Seguramente la ropa de sus señorías no tenga mayor importancia. Pero es un reflejo más de la bipolaridad del cambio de etapa que está digiriendo Podemos desde que llegó al poder. Este año sería muy difícil disfrazarse de Podemos en carnaval, porque ni ellos se aclaran. Iglesias quiere ser institucional y movimiento social a la vez. Quiere sentarse a las mesas a negociar como Gobierno al tiempo que pide a la calle que saque la pancarta. Quiere vestir la corbata y el palestino. Y, de momento, ninguno de sus 'looks' resulta creíble.

Segundo Párrafo
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