El último 'efecto Iglesias' o cómo movilizar el voto obrero 
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Marta García Aller

Segundo Párrafo

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El último 'efecto Iglesias' o cómo movilizar el voto obrero 

¿No será que para movilizar a la clase trabajadora de lo que habría que estar hablando en campaña es de empleo?

Foto: El candidato a la Comunidad de Madrid de Unidas Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)
El candidato a la Comunidad de Madrid de Unidas Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)

Cuando Pablo Iglesias vivía en Vallecas tenía un póster de Chaplin apretando tuercas en la cadena de montaje de Tiempos Modernos colgado en la cocina. Y aunque ya no vive en esa casa de 60 metros, ni en ese barrio, ni seguramente tampoco invitaría ya a su casa a Ana Rosa Quintana a tomar café como hizo en aquella campaña de 2015, el candidato de Podemos al 4-M sigue teniendo muy presente la clase obrera. Al menos, en su campaña electoral.

La campaña de Podemos del 4-M ha girado en torno a la idea #QueHableLaMayoría, incidiendo en la idea de que la esperanza de la izquierda es movilizar los barrios más pobres, porque allí la gente suele abstenerse más a menudo que en las zonas ricas y de ahí se deduce que la izquierda lleva tantos años perdiendo las elecciones en Madrid. Algún otro factor habrá, como la solvencia de los candidatos que presenta, porque ricos y pobres los hay en todas las demás regiones en las que la izquierda sí ha gobernado en las últimas décadas.

Foto: Imagen: Learte.

En cualquier caso, efectivamente, hay casi 15 puntos de diferencia en la participación de las zonas más humildes a las más acomodadas de la Comunidad de Madrid, es decir, mucho margen de crecimiento para darle un vuelco a la mayoría que todas las encuestas siguen otorgando al PP de Isabel Díaz Ayuso. Sin embargo, no está siendo fácil. Los sociólogos suelen advertir que votar no solo tiene que ver con las convicciones, también tiene mucho de hábito y, por tanto, movilizar a la participación de quienes hace mucho que no participan es especialmente complicado. El margen para ese vuelco sigue existiendo a cuatro días de ir a las urnas. Pero el tiempo para movilizar se acaba.

Veamos cómo lo está intentando Podemos, si tan estratégica es la clase trabajadora en su campaña. Cabe esperar que su líder se haya centrado este mes en eso que cree que más importa en estos distritos claves. ¿Y en qué se ha enfocado con más ahínco? Por un lado, en “frenar la amenaza fascista”. Por otro, en meterse insistentemente con lo que llama “los poderes mediáticos”. ¿De verdad eso es lo que más puede movilizar el voto de los barrios humildes?

Foto: El candidato a la presidencia de Madrid, Pablo Iglesias. (Dani Gago)

El retrato que suelen hacer los sociólogos de la población tradicionalmente abstencionista es un perfil de votante desideologizado que pasa de política y cada vez tiene menos que ver con el obrero de la metalurgia de Tiempos Modernos. Hace tiempo que la clase obrera ya no es lo que era. En el siglo XXI, el cinturón rojo de Madrid ya no está lleno de obreros industriales fuertemente sindicalizados y atados a una máquina. Si acaso están atados a una bici de Deliveroo o un contrato precario de asalariado en el sector servicios. O al paro, también ahí hay mucho ciudadano desilusionado que pasa de todo.

Puede que le parezca una idea descabellada a todos estos politólogos metidos a políticos y tal vez no dé para un giro de guion de una superproducción de Netflix, ¿pero no será que para movilizar a la clase trabajadora de lo que habría que estar hablando en campaña es de empleo?

Tampoco sé si atacar repetidamente a Ana Rosa Quintana en la campaña estará ayudando algo a Podemos a conseguir más votos. No lo creo, la verdad. Pero Iglesias ha dedicado más atención en sus vídeos empaquetados (que ha sido su principal herramienta de comunicación en campaña) a señalar a los grandes grupos de comunicación y a atacar a Vox que a hablar de empleo en la Comunidad de Madrid. Puede que sea útil para su futura carrera televisiva, pero no guarda mucha relación con el futuro del empleo de los demás.

Foto: Iglesias, en un acto electoral en Getafe. (EFE)

Ayuso, sin embargo, sí que ha insistido mucho en el empleo a lo largo de su campaña. Y todas aquellas críticas que recibió durante la pandemia por anteponer economía a salud al dejar la hostelería abierta pueden ahora ayudarle precisamente en esos barrios donde más a menudo se vive en el alambre laboral. De hecho, nada más convocar el adelanto electoral el PP madrileño ya tenía claro que explotar los datos de empleo para captar votos en el cinturón rojo de Madrid, cada vez menos rojo, y reponerse del 'sorpasso' que Vox hizo al PP en estos municipios en las generales de 2019.

Madrid está, según la última EPA, al frente de la creación de empleo en España. No es mal eslogan de campaña para que Ayuso atraiga sin mucho esfuerzo a la gente precisamente más preocupada por su empleo. Otra cosa es que, como trata de reivindicar Edmundo Bal sin demasiado eco, la política económica de la Comunidad la haya llevado estos dos años una consejería de Cs. O, como explicaba Javier Jorrín en este periódico, ese crecimiento del empleo en Madrid sea fundamentalmente en sectores ajenos a la hostelería y se trata más bien de empleos ligados a las nuevas tecnologías y la digitalización que abundan en las grandes urbes (en Cataluña también sube el empleo). O que tenga algo de espejismo cortoplacista y de liderar el crecimiento pueda pasar a la cola en pocos meses, porque cuando se levanten los cierres autonómicos y los madrileños puedan escapar, la región perderá buena parte del consumo cautivo que tira de su propio carro. Sin embargo, si la campaña del 4-M no está prestando suficiente atención a las políticas de empleo, mucho menos repara en la letra pequeña de la EPA.

El 'efecto Iglesias'

La gran paradoja para el partido de extrema izquierda no es que Iglesias no esté movilizando tanto voto como esperaba y aspire en las encuestas a sacar la mitad de votos que Más Madrid, partido que hace mes y pico aspiraba a absorber cuando anunció que se presentaba. La mayor paradoja del ‘efecto Iglesias’ es que para lo que sí parece estar funcionando en las encuestas es para resucitar a Vox. Como recordaba Ignacio Varela, la movilización extra no significa buena noticia necesariamente para la izquierda. Movilizar en un campo solo invierte la tendencia si va acompañada de una desmovilización en el otro, y no hay el menor síntoma de que estemos en ese caso.

Foto: EC

Vox empezó la campaña opacado por el tirón de Ayuso y una candidata, Rocío Monasterio, que no terminaba de convencer a su electorado y ha terminado por actuar en los mítines de telonera de Abascal. El líder de Vox ha adoptado el papel protagonista en la campaña porque él tiene mucha mejor acogida que su candidata a la Asamblea, especialmente en barrios obreros, que al igual que para Podemos también son estratégicos en los planes de esta formación.

Abascal lleva días reivindicando una movilización para el 1 de mayo y hasta reivindica el 15M, o, más bien, “a los que se sienten engañados” por Podemos. Vox quiere ser el nuevo partido de los indignados y se dirige tanto al abstencionista tradicional que suele pasar de política como al decepcionado con el sanchismo. De hecho, el partido de extrema derecha empezó la campaña apelando a “la buena gente socialista de Móstoles”. Vox ha recorrido esta campaña Madrid de Carabanchel a Villaverde, de Parla a Pinto. En estos dos municipios, Abascal consiguió un 20% de los votos en las últimas elecciones generales. Sin embargo, los sondeos apuntan a que buena parte de ese segmento se inclina ahora por Ayuso.

Y mientras Podemos intenta movilizar el voto del cinturón rojo apelando a la alerta antifascista y Vox trata de ganarse algo del voto obrero atacando a Iglesias y agitando el miedo a la inmigración, la popularidad de Ayuso sigue aumentando gracias, en parte, a la percepción de que su política ha sido favorable al empleo. Y en la campaña lo que cuenta es la percepción. A ver si va a resultar que lo que los barrios de clase trabajadora quieren es que les hablen de trabajo.

Cuando Pablo Iglesias vivía en Vallecas tenía un póster de Chaplin apretando tuercas en la cadena de montaje de Tiempos Modernos colgado en la cocina. Y aunque ya no vive en esa casa de 60 metros, ni en ese barrio, ni seguramente tampoco invitaría ya a su casa a Ana Rosa Quintana a tomar café como hizo en aquella campaña de 2015, el candidato de Podemos al 4-M sigue teniendo muy presente la clase obrera. Al menos, en su campaña electoral.

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