Una mala idea que ojalá funcione
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Marta García Aller

Segundo Párrafo

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Una mala idea que ojalá funcione

En vez de negociar lo innegociable, ambas partes siempre podrán contentar a la afición de cada lado soltando sus monólogos de besugos sobre la importancia del diálogo

placeholder Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, saluda al presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, el pasado 7 de junio. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, saluda al presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, el pasado 7 de junio. (EFE)

El nuevo tiempo de diálogo que inauguran los indultos ha comenzado con dos monólogos. El del presidente del Gobierno en las escalinatas de Moncloa para anunciar la medida de gracia, apelando a la concordia y pidiendo respeto a la ley, y el del 'president' de la Generalitat, que lejos de festejar los indultos, compareció a continuación desde Barcelona para desdeñarlos. Ninguno de los dos dirigentes admitió preguntas de la prensa. Nada como asegurarse una comparecencia sin interrupciones para defender lo a favor que se está del diálogo.

Tras la aprobación en el Consejo de Ministros de la excarcelación de Oriol Junqueras y el resto de los dirigentes independentistas condenados tras el 1-O, Aragonès ha exigido inmediatamente la amnistía y un referéndum de autodeterminación. Mientras para Sánchez los indultos son un ejemplo de concordia, para Aragonès solo confirman que los indultados no habían cometido ningún delito. El presidente del Gobierno reivindica la utilidad pública de los indultos y pide a los 'indepes' respeto a la Constitución, mientras el de la Generalitat insiste en que la represión continúa, la condena fue injusta y los indultos insuficientes. Esta es la sucesión de monólogos de besugos a la que ahora llaman diálogo.

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Tal vez en esto consista el nuevo tiempo de entendimiento que el presidente Sánchez espera impulsar tras los indultos. No llega a diálogo de besugos, porque para mantener una conversación sin coherencia lógica es al menos necesario conversar. Y aquí, más que interés en dialogar, parece haberlo en que cada uno pueda seguir soltando el monólogo que su audiencia espera, ignorando toda incompatibilidad con la parte contraria. Ni los 'indepes' planean bajarse del carro de la autodeterminación ni al Gobierno de Sánchez le queda otra que mantenerse dentro de los márgenes de la Constitución, así que en vez de negociar lo innegociable, ambas partes siempre podrán contentar a la afición de cada lado soltando sus monólogos de besugos sobre la importancia del diálogo.

Para ser un tiempo nuevo, todo se parece demasiado a lo de siempre. Un Gobierno de España cede ante los independentistas y estos, en vez de una posibilidad de entendimiento, lo toman como un impulso para seguir avanzando en su propósito secesionista. Está basado en hechos reales. Por eso es tan difícil no dudar de que esta estrategia del Ejecutivo, desoyendo al Supremo y a una opinión pública mayoritariamente en contra de la medida de gracia, sea una mala idea. Sobre todo cuando ya ha dejado claro el Govern que en los indultos no reconoce la magnanimidad del Estado, como pide Sánchez, sino su claudicación.

Pese a todo, Aragonès y Sánchez tienen mucho más en común que su querencia a intercambiar monólogos de besugos. Comparten también la esperanza de que, diga el otro lo que diga, le esté mintiendo. La base de su entendimiento radica en no creerse una palabra de lo que se dicen. Así, el Ejecutivo está convencido de que, por más que lo repitan insistentemente de cara a su galería, los dirigentes independentistas no volverán desafiar la Constitución. Y desde el Govern de la Generalitat, confían en que, pese a que Sánchez lo siga negando, sí que esté dispuesto a ayudarles a avanzar hacia un referéndum pactado de autodeterminación. Al fin y al cabo, también dijo en campaña que no concedería los indultos y ya están firmados por el Rey. La clave está en qué pasará cuando unos y otros dejen la mesa de los monólogos y vuelvan a toparse con la ley. Sánchez aspira a dejar al independentismo sin argumentos victimistas, pero eso es tan ingenuo como querer dejar a Sánchez sin su ambición de poder.

Sin embargo, el Gobierno de España insiste en ver que algo está cambiando gracias a los indultos. Y, por más que haya tantos motivos para considerarlo una estrategia demasiado arriesgada, no podemos descartar que funcione. No tienen por qué abandonar los dirigentes independentistas sus ideas ni sus propósitos para que algo esté cambiando si el apoyo en las calles catalanas los abandona a ellos. El independentismo se ha nutrido en los últimos años de la confrontación y, si con los indultos el Gobierno de Sánchez lograra desactivar la presión social, una parte de su estrategia daría sus frutos. Sobre todo, si en el medio plazo el secesionismo perdiera apoyo en las urnas catalanas, como esperan los socialistas. Otro avance sería que los indultos ayudasen a apaciguar la convivencia entre los catalanes que quieren seguir formando parte de España y los que no. Muchos de estos catalanes no independentistas así lo creen, y anda que no llevaban tiempo deseando creer en algo.

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Lo malo es que hay muchas otras cosas que pueden salir mal. En vez de acabar con el relato de que España es un Estado opresor, el independentismo va a esforzarse por contar que la Justicia española se excedió y los indultos confirman que los excarcelados eran presos políticos. Es difícil desmontar esa teoría cuando incluso una parte del Consejo de Ministros así lo considera. Está además el desgaste a la Justicia y la erosión de la separación de poderes, por la discrecionalidad con que el Gobierno ha tomado la medida; a esto se suma el riesgo de que el hartazgo por los indultos alimente a la extrema derecha, cuya mecha prendió en España de la mano del independentismo. Por mucho que apacigüen Cataluña, estos indultos en nombre de la concordia serán un enorme fracaso político si aumentan confrontación en el resto de España. Por eso creo que esto de los indultos es una mala idea. Ojalá funcione.

El nuevo tiempo de diálogo que inauguran los indultos ha comenzado con dos monólogos. El del presidente del Gobierno en las escalinatas de Moncloa para anunciar la medida de gracia, apelando a la concordia y pidiendo respeto a la ley, y el del 'president' de la Generalitat, que lejos de festejar los indultos, compareció a continuación desde Barcelona para desdeñarlos. Ninguno de los dos dirigentes admitió preguntas de la prensa. Nada como asegurarse una comparecencia sin interrupciones para defender lo a favor que se está del diálogo.

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