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Vox le echa una mano al PSOE
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Marta García Aller

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Vox le echa una mano al PSOE

A Vox ya no le importan las cargas si vienen con carguitos. El premio gordo sería la vicepresidencia de la Junta

Foto: Abascal, difuminado en primer plano, y Pedro Sánchez. (Reuters)
Abascal, difuminado en primer plano, y Pedro Sánchez. (Reuters)
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Vox le debe mucho al PSOE. Casi tanto como a los independentistas. No era fácil que el partido de Santiago Abascal se pudiera convertir en apenas tres años en la tercera fuerza parlamentaria defendiendo ideas radicalmente anti-UE en un país proeuropeo, azuzando temores antiinmigración en una sociedad tan tolerante y atacando una ley de consenso como la que protege a las mujeres víctimas de violencia machista. Y, sin embargo, aquí está. Difícilmente lo habría logrado sin el fervor patriótico tras el desgarro del referéndum ilegal del 1 de octubre y la ayuda asimismo inestimable de los estrategas del PSOE, que han instrumentalizado el miedo a la extrema derecha. Ahora parece que, más involuntaria que voluntariamente, los de Abascal están dispuestos a devolverles el favor a los socialistas en las próximas elecciones.

Fue Susana Díaz, que en paz del Senado descanse, la primera que centró en Vox una estrategia electoral, en las últimas elecciones andaluzas, las que perdió en diciembre del 18. Aquella campaña se acabó centrando en el miedo a Vox, partido que ni siquiera tenía entonces representación parlamentaria, para movilizar con el miedo a la ultraderecha a los votantes socialistas desencantados que pensaban abstenerse tras 36 años de gobiernos del PSOE. La expresidenta andaluza, también ex futura secretaria general del PSOE, le dio tanta cancha a un partido entonces extraparlamentario que lo convirtió en protagonista indirecto del debate electoral en el que ni siquiera participaba. La estrategia falló para Susana Díaz, que perdió el poder con el peor resultado del socialismo andaluz, pero fue exitosa para Vox, que supo capitalizar en sus primeros 12 escaños la visibilidad que le brindó la campaña socialista. La profecía se cumplió a sí misma.

PP y Cs tienen mucho que ver en lo que ha crecido Vox: en el momento en que accedieron a pactar con ellos, los convirtieron en un voto útil

Hace solo tres años de aquellas elecciones. Entonces, Santiago Abascal afirmaba que Vox no quería “ni cargas ni cargos” y aseguraba que su partido no quería pelearse por quién se sienta en los sillones, sino por “las ideas”. Pero eso era antes. Con vistas a las próximas elecciones andaluzas, sin embargo, la portavoz de Vox, Macarena Olona, favorita para convertirse en candidata, dijo en Sevilla que Vox condiciona su apoyo al PP a formar Gobierno de coalición. Ya no les importan las cargas si vienen con carguitos. El premio gordo sería la vicepresidencia de la Junta.

Este cambio de estrategia de Vox, claro, incomoda al PP, pero favorece a los socialistas. Pone en un aprieto al Gobierno de la Junta al tiempo que le da la razón: en esta legislatura, los de Abascal han pintado más bien poco, que es en lo que Juanma Moreno ha basado su imagen de moderación. Pero la desintegración de Cs como socio y la aspiración de Vox a entrar en un posible Gobierno de coalición acabarían con el trampantojo de la moderación. Tanto PP como Cs tienen mucho que ver en lo que ha crecido Vox: en el momento en que accedieron a pactar con ellos, a diferencia de lo que han hecho con partidos similares los partidos conservadores y liberales alemanes o franceses, los convirtieron en un voto útil.

La desintegración de Cs y la aspiración de Vox a entrar en un posible Gobierno de coalición acabarían con la moderación

¿Está el PP dispuesto a gobernar en coalición con un partido que pide el fin de las autonomías, se niega a aclarar si está o no a favor de las vacunas contra el covid-19 y reclama que España se enfrente a la UE como lo está haciendo Polonia? ¿Va el PP a pactar un Gobierno con un partido que en sus mítines de la semana pasada pedía “suspender toda norma climática” y se alinea con los negacionistas del calentamiento global? La pregunta ya no viene de la retórica electoral de la izquierda, ni es una amenaza teórica de un partido extraparlamentario. Es Vox quien exige saber qué hay de lo suyo y puede acorralar al PP frente a sus contradicciones. Y las elecciones andaluzas, como ya pasó en el 18, son la antesala de las generales.

Díaz no logró movilizar el voto socialista cuando agitaba el espantapájaros de la extrema derecha; tampoco dio el resultado deseado cuando Sánchez utilizó el miedo a Vox en la repetición de las generales del 19 para ampliar su mayoría, y también fracasó en el 4-M de Ayuso, cuando al pobre Gabilondo le hicieron meterse en aquella refriega de fascismo o democracia. En todos estos escenarios, la entrada de Vox en un Gobierno no terminaba de sonar creíble y el PP se podía permitir ignorarla. Sin embargo, el efecto movilizador de la izquierda y el centro puede ser muy distinto cuando no son ni PSOE ni Podemos los que advierten tácticamente de que la extrema derecha puede llegar al Gobierno, sino que es la extrema derecha misma la que lo reivindica porque le salen las cuentas. Al menos, según las encuestas.

Era más fácil ignorar el pacto con los de Abascal cuando a este tampoco le convenía

Las últimas elecciones andaluzas fueron las que convirtieron a Vox en una fuerza parlamentaria. Las próximas servirán para aclarar si el PP renuncia o no a ese “centro moderado” del que presume Juanma Moreno y al que parece que, al menos en teoría, aspira la última versión de Pablo Casado. Ni uno ni otro se atreven aún a reconocer si estarían dispuestos a formar Gobierno con la extrema derecha. Era más fácil ignorar el pacto con los de Abascal cuando a este tampoco le convenía.

Es probable que la campaña tampoco aclare demasiado. Sánchez decía negarse a gobernar con la extrema izquierda cuando Pablo Iglesias aún le quitaba el sueño. Mintió. El PP aún no ha tenido que tomarse la molestia de aclarar a sus electores cuántos escrúpulos le quedan.

Vox le debe mucho al PSOE. Casi tanto como a los independentistas. No era fácil que el partido de Santiago Abascal se pudiera convertir en apenas tres años en la tercera fuerza parlamentaria defendiendo ideas radicalmente anti-UE en un país proeuropeo, azuzando temores antiinmigración en una sociedad tan tolerante y atacando una ley de consenso como la que protege a las mujeres víctimas de violencia machista. Y, sin embargo, aquí está. Difícilmente lo habría logrado sin el fervor patriótico tras el desgarro del referéndum ilegal del 1 de octubre y la ayuda asimismo inestimable de los estrategas del PSOE, que han instrumentalizado el miedo a la extrema derecha. Ahora parece que, más involuntaria que voluntariamente, los de Abascal están dispuestos a devolverles el favor a los socialistas en las próximas elecciones.

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