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'Good Bye, Lenin' en Sanxenxo
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Marta García Aller

Segundo Párrafo

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'Good Bye, Lenin' en Sanxenxo

Antes incluso de aterrizar en Vigo, Juan Carlos I ya había incumplido los estándares de ejemplaridad y transparencia fijados por el nuevo jefe del Estado

Foto: El rey Juan Carlos, en Sanxenxo. (EFE/Lavandeira Jr)
El rey Juan Carlos, en Sanxenxo. (EFE/Lavandeira Jr)
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Cuánta gente se ha esmerado este fin de semana para darle la razón al Rey emérito. Y no era fácil. Una cuidada puesta en escena en Sanxenxo buscaba hacerle creer a un señor de 84 años, acostumbrado a tenerlo todo, incluido el cariño de un pueblo e inmunidad para el fraude fiscal, que en España nada ha cambiado desde que aparecieron sus cuentas opacas en Suiza. Su propio hijo se desvinculó de él, le retiró su asignación oficial y unos meses más tarde trasladó su residencia a Abu Dabi. El emérito ha vuelto a España este fin de semana dos años después, convencido de que puede venirse cuando y como quiera, dejándose agasajar por sus amigos de la 'jet' en regatas y comilonas de rodaballo, navajas y sardinas a la brasa recién pescadas para él. ¿Ve, Majestad? Todo sigue como antes.

Como en ‘Good Bye Lenin’, su entorno interpreta con fervor esta ficción de que España es tan juancarlista como siempre y que la mayor parte del país ya le ha perdonado las polémicas por sus negocios opacos e irregularidades fiscales, incluidas las prescritas o inimputables. Este devoto grupo de cómplices entregados a la causa quiere evitarle al rey Juan Carlos cualquier disgusto, aun a costa de dárselos a la Casa Real, que aspiraba a que el emérito se buscara una coartada familiar o sanitaria para el primer viaje. Sin embargo, lo que ha montado es una fiesta con amigos en el Club Náutico de Sanxenxo, convertido en plató de televisión.

La corte de amigos y palmeros que ha rodeado al Rey emérito en su regreso a España, como la que le ha servido de confidente en sus meses en Abu Dabi, está empeñada en hacerle creer no solo que no tiene por qué dar explicaciones, sino que, además, no tiene de qué preocuparse. Insisten en que haber protagonizado la Transición hace casi medio siglo le da carta blanca para seguir haciendo lo que le plazca. Entre sardina y sardina, le susurran que no se preocupe, que tiene a los españoles de bien en el bolsillo.

En esta versión de 'Good Bye Lenin', no es el hijo el que monta la ficción, sino el que la sufre

Ayudan a mantener la ficción los políticos que estos días insisten en que a Juan Carlos se le perdona todo; también los devotos que lo aplaudían en el Real Club Náutico al bajarse del coche, porque un rey que al bajarse del coche no tenga a quién saludar empezaría a sospechar que algo pasa. Cumplen también un papel impecable en la función tanto Garzón llamándole delincuente como los manifestantes republicanos, apenas un centenar, agitando la tricolor en la plaza de Ópera. Mientras el emérito andaba en las regatas, ellos gritaban en Madrid lo de "fuera Borbones de las instituciones". Debe de ser tranquilizador para los que tratan de convencer a Juan Carlos I de que nada ha cambiado en el tiempo que ha estado fuera ver que las manifestaciones republicanas suenan aún más nostálgicas que el juancarlismo. ¿Ve, Majestad? Son las mismas rimas de siempre. Nada de qué preocuparse. Su regreso solo molesta a los socialcomunistas. Otra copa de albariño.

Igual que en la película alemana sobre el hijo que le oculta a la madre la caída del Muro para evitarle un disgusto que su corazón podría no resistir, lo que empezó como mentira piadosa se ha ido convirtiendo en una gran farsa cada vez más difícil de sostener. El primer engañado es el propio emérito, de quien cuesta creer que sea consciente del daño que le está haciendo a la Corona que abdicó en Felipe VI. O a lo mejor lo sabe y finge con ingenuidad no enterarse de nada, como hacía al final la madre de la película.

En esta versión de ‘Good Bye Lenin’, no es el hijo el que monta la ficción, sino el que la sufre. Y no encuentra manera de hacerle entender al padre que el país ha cambiado, que ya no se lo perdona todo y que no es verdad que la manera en la que ha escenificado su regreso a España después de dos años en Emiratos solo moleste a comunistas y republicanos. Estos, de hecho, son los que más están disfrutando con la decisión del emérito de volver a España para un finde de regatas en Sanxenxo, como si nada.

Juan Carlos I pasa por Zarzuela como quien saca un rato para darse una vuelta por el Duty Free

Son muchos monárquicos, algunos de ellos residentes en Zarzuela, los que andan espantados por este plan trazado a espaldas de la Casa Real. Normal que allí no haya sentado nada bien. Antes incluso de aterrizar en Vigo, Juan Carlos I ya había incumplido los estándares de ejemplaridad y transparencia fijados por el nuevo jefe del Estado. Eligió viajar en un 'jet' privado propiedad de una empresa angoleña que aún no se sabe quién ha pagado, pese a que el código ético de Felipe VI impide a los miembros de la familia real aceptar regalos cuantiosos.

Si la ficción interpretada para él en Sanxenxo ha funcionado, el emérito irá a encontrarse con el rey Felipe y la reina Sofía sin entender todavía a qué tanto revuelo. Al fin y al cabo, les dirá, no está haciendo más que lo de siempre. Bueno, lo de siempre no, porque últimamente ni está defraudando impuestos ni matando elefantes en compañía de su amante, así que para tanto no será. La ventaja de tener residencia fiscal en Emiratos es que se ahorra tenerle que dar otra vez explicaciones a Hacienda de si el 'jet' que le llevó a Pontevedra es o no un pago en especie. Está por ver si esas explicaciones al menos se las da a su hijo. O si, convencido de que todo ha salido fenomenal, de regreso a Emiratos, Juan Carlos I pasa por Zarzuela como quien saca un rato para darse una vuelta por el Duty Free.

Cuánta gente se ha esmerado este fin de semana para darle la razón al Rey emérito. Y no era fácil. Una cuidada puesta en escena en Sanxenxo buscaba hacerle creer a un señor de 84 años, acostumbrado a tenerlo todo, incluido el cariño de un pueblo e inmunidad para el fraude fiscal, que en España nada ha cambiado desde que aparecieron sus cuentas opacas en Suiza. Su propio hijo se desvinculó de él, le retiró su asignación oficial y unos meses más tarde trasladó su residencia a Abu Dabi. El emérito ha vuelto a España este fin de semana dos años después, convencido de que puede venirse cuando y como quiera, dejándose agasajar por sus amigos de la 'jet' en regatas y comilonas de rodaballo, navajas y sardinas a la brasa recién pescadas para él. ¿Ve, Majestad? Todo sigue como antes.

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