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¿Cuánto nos va a durar la solidaridad con Ucrania si Putin cierra el gas?
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Marta García Aller

Segundo Párrafo

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¿Cuánto nos va a durar la solidaridad con Ucrania si Putin cierra el gas?

La vida de los ucranianos ha dejado de parecerse a la nuestra tras cinco meses de guerra, pero de seguir ayudándolos depende que Europa no deje de parecerse a sí misma

Foto: Las centrales térmicas de carbón alemanas compensarán la reducción del suministro de gas desde Rusia. (EFE/EPA/Sascha Steinbach)
Las centrales térmicas de carbón alemanas compensarán la reducción del suministro de gas desde Rusia. (EFE/EPA/Sascha Steinbach)
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Cuando hace más de 150 días empezó la guerra de Ucrania, muchas crónicas destacaban lo mucho que aquellas familias que huían se parecían a nuestras familias. Lo mucho que aquellas calles que estaban siendo bombardeadas, con sus McDonald's, sus Zaras y sus Domino’s Pizza, se parecían a nuestras calles. La odontóloga que conducía a sus hijos a la frontera, la profesora de inglés que buscaba refugio en los sótanos de la escuela…

En febrero, seguíamos en directo cada sirena que alertaba de los bombardeos rusos en Kiev. Vivimos en marzo el minuto a minuto de la caída de Jersón, los bombardeos de Mariúpol, con aquel teatro arrasado, y en abril el horror en Bucha. Seguíamos una a una las comparecencias de Zelenski en parlamentos de medio mundo, recordando Pearl Harbour, a Churchill y las ruinas de Verdún. Y la amenaza nuclear tuvo en vilo a Europa durante semanas. Hasta que nos acostumbramos. Porque a todo nos acostumbramos.

Según han ido pasando los meses desde que Putin empezó la guerra, y ya van cinco, Ucrania ya no parece tan cerca como antes

Este verano, la guerra ya no está en las portadas. Según han ido pasando los meses desde que Putin empezó la guerra, y ya van cinco, Ucrania ya no parece tan cerca como antes. Es como si hubiéramos ido dejando de reconocernos en el espejo europeo de ese país a medida que nos acostumbrábamos a verlo en ruinas. Es el peligro de basar la solidaridad en cuánto de nosotros mismos reconocemos en el drama.

Foto: El presidente ruso, Vladímir Putin, durante una visita a una planta para licuar el gas natural en Sabetta, Rusia. (EFE/Alexei Druzhinin)

Nuestra vida se parecía a la de la odontóloga y la profesora de inglés que huían de Kiev en su monovolumen, no a la de las refugiadas que llevan meses tratando de buscarse la vida en Cracovia. Los ucranianos han ido desapareciendo de las noticias cuando su rutina ha ido dejando de parecerse a la nuestra y poco a poco recuerda a la de cualquier otra guerra.

Ya ni nos suenan los nombres de las decenas de puertos y ciudades del Donbás que siguen atacando los rusos, ni tenemos muy claro cuántas veces ha cambiado Jersón de bando. Ya no estamos pendientes de los misiles que llegan a Odesa, sino de si podrán seguir trabajando las cosechadoras de trigo en Zaporiyia. Hay bombardeos en Mikolaiv, pero la atención está en si el grano estancado en Ucrania podrá salir de sus puertos. De la exportación de esos miles de toneladas de cereales ucranianos depende buena parte de la crisis alimentaria global.

Foto: Merkel, Putin y el perro negro. (EFE/Sergei Chirikov)

El minuto a minuto de la guerra ya no está en Ucrania, sino en el precio de la energía y los alimentos y, sobre todo, en qué hará Putin con la llave del gas a Alemania. ¿Cuántas turbinas del Nord Stream 1 va a fingir que se estropean para presionar al resto de Europa con los cortes de suministro? ¿Y cuánto durará la solidaridad con Ucrania si Putin corta el gas en invierno?

Putin está poniendo presión a los gobiernos europeos para que cesen las sanciones, pero Europa necesita seguir poniendo presión a Putin para que cese la guerra. Puede que la vida de los ucranianos haya dejado de parecerse a la nuestra tras cinco meses de guerra, pero de seguir ayudándolos depende que Europa no deje de parecerse a sí misma.

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Cuando hace más de 150 días empezó la guerra de Ucrania, muchas crónicas destacaban lo mucho que aquellas familias que huían se parecían a nuestras familias. Lo mucho que aquellas calles que estaban siendo bombardeadas, con sus McDonald's, sus Zaras y sus Domino’s Pizza, se parecían a nuestras calles. La odontóloga que conducía a sus hijos a la frontera, la profesora de inglés que buscaba refugio en los sótanos de la escuela…

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