Dijo que compraba Twitter para defender la libertad de expresión, lo que no dijo, pero lo vamos entendiendo, es que se refería únicamente a la suya o los que piensan como él
Cualquiera que entre en Twitter desde que se llama X corre un alto riesgo de encontrarse con Elon Musk nada más abrir la app. Da igual que use la red social para comentar un partido que ver vídeos de osos panda. Musk estará siempre acechando detrás de la esquina del algoritmo para, en cualquier momento, soltarte su murga. Normalmente, sobre lo bueno que es Trump y lo malísimo que es lo woke, pero hay variaciones, como lo mala que es Kamala Harris y lo bueno que es Milei. Tampoco mucho más.
Ese controvertido multimillonario que lo mismo manda turistas al espacio en sus naves SpaceX, que tuitea compulsivamente sobre las elecciones estadounidenses, compró Twitter hace dos años y la rebautizó “X”. Ahora tiene la cuenta más popular de su propia red social con 198, 8 millones de seguidores, pero sus mensajes aparecen en la pantalla de los usuarios le sigan o no. Es imposible darle esquinazo a sus mensajes, sus vídeos y sus fotos: Elon Musk con Bukele; Elon Musk sobre Starlink; Elon Musk alabando a Trump; Elon Musk con Milei… ¡Elon Musk, suélteme el brazo!
Musk ha tuneado el algoritmo para ser omnipresente para todos los usuarios y empieza a parecerse al personaje de la madre de Woody Allen en ‘Historias de Nueva York’, la que de pronto se le aparece flotando sobre el cielo de Manhattan en los momentos más incómodos hablándole a voces delante de toda la ciudad. En la película de Woody Allen, la imagen gigante de su madre ocupando el cielo era una manera surrealista de revisitar el mito de Edipo, con Musk nos sirve como metáfora de la desinformación online. ¿No hay escapatoria?
El jefe quiere casito. Y, sobre todo, influencia. El escaparate lo mismo le sirve para congraciarse con el presidente de Argentina, que no en vano es una de las fuentes del litio que necesitan sus Tesla, que hacerse amigo de Modi en India para que le bajen los aranceles a sus coches eléctricos, que para influir en las elecciones estadounidenses a favor de su amigo Trump, que ya le ha ofrecido un cargo si gana el 5 de noviembre.
Desde que en 2022, Musk compró Twitter, el papel que juega en la desinformación es cada vez mayor y tiene tres partes. Una opaca, en tanto no sabemos qué contenidos promueve de forma oscura (para beneficiar la campaña republicana). Otra obvia, que ha hecho de su red un altavoz cada vez mayor de los discursos de odio y fake news desde que eliminó los equipos de moderación de contenido; y una tercera mucho más burda, y no menos peligrosa, que son los bulos que directamente difunde Elon Musk desde su cuenta. Desde afirmaciones falsas sobre una amenaza de bomba en un mitin de Trump y vídeos falsos de Kamala Harris para desacreditarla a bulos sobre fraude electoral, al tiempo que carga contra los periodistas y los grandes medios para desacreditarlos.
De hecho, los propietarios de redes sociales encabezan la encuesta mundial sobre preocupaciones por desinformación, según el Panel Internacional sobre el Entorno de la Información (IPIE) y Musk tiene mucho que ver en eso que Philip Howard, cofundador del IPIE y profesor de estudios de Internet en la Universidad de Oxford, llama “coyuntura crítica” por cómo el control sobre los contenidos que tienen plataformas como “X” está afectando a la baja calidad de contenidos que circula en la dieta informativa de cientos de millones de personas. Cuando carga contra la prensa, Musk decía hace poco en una conferencia que su sistema trae libertad, porque en vez de concentrar el poder de las noticias que llegan a la gente en las pocas manos que deciden las portadas ahora el poder está en la gente, que es la que decide. En realidad, ni son noticias ni es la gente la que decide lo que ve (o no estaríamos viendo todo el rato a Elon Musk). En realidad, el que decide es él.
Tener a Musk publicando afirmaciones escandalosas en Twitter no es nada nuevo, pero la velocidad y la amplitud a la que circulan estos mensajes sí. A los 199 millones de seguidores hay que sumarle un algoritmo trucado a su favor para, encima, tener que escucharle quieras o no. Es como si se hubiera comprado un enorme tambor de Dixan planetario al que subirse a pontificar en medio de internet sobre lo que tenemos que pensar todos los demás. Dijo que compraba Twitter para defender la libertad de expresión, lo que no dijo, pero lo vamos entendiendo, es que se refería únicamente a la suya o los que piensan como él. ¿No hay escapatoria?
Bluesky, el viejo Twitter
La única manera que tenía Woody Allen de no encontrarse con su madre cuando le vigilaba acechante desde el cielo era evitar salir a la calle o asomarse por la ventana. La solución para dejar de encontrarse a Elon Musk es no entrar en Twitter. Y, a juzgar por los datos, cada vez más gente lo está haciendo. El éxodo está siendo más evidente en Reino Unido. Los usuarios han caído de 8 millones a 5,6 en el último año, según datos de Similarweb que citaba Financial Times. El mismo fenómeno está pasando en otros países, más allá de Brasil, donde ha sido prohibido por un juez por no cumplir los requerimientos judiciales. En EEUU, desde que el dueño de la plataforma agita las redes con mensajes sus teorías sobre una guerra civil inminente de la que solo Trump puede salvar a los estadounidenses, los usuarios activos de X han caído una quinta parte.
Entre las alternativas, la nueva red social que más usuarios está captando es Bluesky, la nueva red impulsada por Jack Dorsey, el mismo que fundó Twitter hace ahora 15 años. Se parece mucho al viejo Twitter, no solo en la interfaz y en los tuits por orden cronológico, también en tener más doctorados que insultos por metro cuadrado de scroll.
La cantidad de mensajes de odio que pululan por el nuevo Twitter y el sesgo evidentemente trumpista de sus mensajes más virales está espantando mucha gente de ‘X’, especialmente a quienes no comulgan con Musk ni Trump. Así que poco a poco, el riesgo de las redes sean cámaras de eco en las que solo vemos los tuits que nos dan la razón o que más nos indignan, está dejando paso a una nueva era de las redes en las que no es que dentro de cada red haya cámaras de eco, sino que cada red social es un silo en sí mismo. Bluesky está creciendo rápido y, de momento, es un lugar tranquilo. Tal vez demasiado, pero por lo menos no se te aparece Elon Musk a opinarte encima.
Cualquiera que entre en Twitter desde que se llama X corre un alto riesgo de encontrarse con Elon Musk nada más abrir la app. Da igual que use la red social para comentar un partido que ver vídeos de osos panda. Musk estará siempre acechando detrás de la esquina del algoritmo para, en cualquier momento, soltarte su murga. Normalmente, sobre lo bueno que es Trump y lo malísimo que es lo woke, pero hay variaciones, como lo mala que es Kamala Harris y lo bueno que es Milei. Tampoco mucho más.