¿Aguantará? El día que Sánchez empezó a perder al póker
Creía que era el jugador de baloncesto que no da un rebote por perdido, y va a acabar su carrera política como el jugador que no sabe cuándo retirarse antes de perderlo todo
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, accede al hemiciclo del Congreso. (EFE/Mariscal)
La pregunta que más se escucha últimamente es cuánto aguantará Sánchez en el poder. Está pasando de ser una preocupación a una curiosidad morbosa. Como en esas partidas de póker en las que alguien está empeñado en seguir adelante, mientras lo va perdiendo todo, van arremolinándose curiosos que no pueden dejar de mirar. Algunos sufren, otros se alegran.
El presidente Sánchez empieza a recordar el aguante que lleva a los jugadores de póker a seguir jugando cuando los están desplumando. Ese impulso que hace que inversores en bolsa y jugadores de póker que van perdiendo se nieguen a salir del atolladero, creyendo que si siguen un poco más lo pueden arreglar, explica mejor la política española que ningún ‘Manual de Resistencia’.
Daniel Kahneman y Amos Tversky, pioneros de la ciencia del comportamiento, identificaron varios sesgos que explican por qué a los inversores les cuesta tanto vender cuando van perdiendo. La teoría vale para inversores en bolsa, jugadores de póker y presidentes del Gobierno a los que acorralan los escándalos de corrupción.
La psicología del comportamiento lo llama la aversión a la pérdida: duele más perder cien euros de lo que alegra ganarlos. No aceptar una pérdida lleva a correr riesgos mucho mayores que derivan en mayores pérdidas que nos ahorraríamos si nos retiramos a tiempo. Esa resistencia a aceptar una pérdida es la base de muchos errores financieros, de juego… y políticos. Ahí está ahora atascado el presidente Sánchez.
Tanto tiempo lleva Sánchez creyendo que su capacidad de resistencia era su virtud más admirable, creyendo que era el jugador de baloncesto que no da un rebote por perdido, y va a acabar su carrera política como el jugador de póker que no sabe cuándo retirarse antes de que lo desplumen del todo. Aquí no es una inversión ni una partida lo que está en juego, sino su partido, o lo que queda de él, y su legado político.
Cuanto más resista Sánchez, cuantos más audios se conozcan del escándalo Ábalos-Koldo-Cerdán y más pruebas halle la UCO, más se desacredita su continuidad en el cargo. Y más apuro da ese empeño en resistir a quienes quieren lo mejor para el PSOE. De ahí que cada vez más voces en el partido le ruegan que se retire. Pero él, como siempre ha hecho, quiere resistir, subir la apuesta. No ve que esta vez es diferente. Va con todo. Pero su capacidad de resistencia ya no es vista como una virtud, sino como una conducta suicida.
La prueba de que esta vez es diferente es que son sus seguidores los que se avergüenzan y sus detractores, de los que ha ido acumulando estos siete años a izquierda y derecha, los que están ahora menos impacientes que de costumbre en verle caer. Es como si disfrutaran la partida final en la que está claro que su negativa a levantarse de la mesa le va a suponer un agónico final. Cuanto más aguante, más pierde.
Lo trágico de este sesgo de mal jugador es que el miedo a perder es, paradójicamente, lo que le lleva a exponerse aún más a pérdidas mayores, con la esperanza de evitar la primera. Así, el círculo vicioso continúa. En las personas que odian perder, como bien es sabido que le pasa al presidente Sánchez, este sesgo es más acuciante todavía.
A los riesgos que corre Sánchez interponiéndose a su propia sucesión, no solo hay que sumarle el deterioro de su partido, su Gobierno y su legado, también el descrédito internacional. Su imagen fuera de España también está en la apuesta que va perdiendo.
¿Realmente dos años más de legislatura en la que ni siquiera tiene Presupuestos valen el desgaste que Sánchez parece estar dispuesto a correr? ¿Merece la pena seguir deteriorando las instituciones, el partido y su propia imagen pública?
Los expertos en economía del comportamiento tienen muy estudiado el sesgo de aversión a la pérdida tanto en el póker como en los mercados. Pedro Sánchez les ofrece un excelente caso de estudio en la pérdida de capital político.
Así que en vez de ‘ Manual de Resistencia’, para entender el final del sanchismo, puede ser más útil el libro de Annie Duke, una jugadora profesional de póker: ' Quit: The Power of Knowing When to Walk Away' ('Dejar de jugar: El poder de saber cuándo alejarse').
La pregunta que más se escucha últimamente es cuánto aguantará Sánchez en el poder. Está pasando de ser una preocupación a una curiosidad morbosa. Como en esas partidas de póker en las que alguien está empeñado en seguir adelante, mientras lo va perdiendo todo, van arremolinándose curiosos que no pueden dejar de mirar. Algunos sufren, otros se alegran.