La Moncloa salió a negar la existencia de financiación ilegal del PSOE con la misma contundencia que negaba hasta hace diez minutos que Santos Cerdán estuviera implicado en la trama de corrupción. Oír a Pilar Alegría presumiendo de las auditorías externas del partido, al día siguiente de que su último secretario de Organización entre en la cárcel, comprenderá el Gobierno que no tenga mucha credibilidad. Escuchando ayer a la portavoz, sin embargo, queda claro que no lo entiende. Es lo que tiene un presidente delirante.
Que los dos últimos ex secretarios de Organización del partido están implicados no lo dudan ya ni en el partido, pero defienden que no tienen nada que ver con ellos. ¿Cerdán? No les suena. Nada que ver con el PSOE, dice la vicepresidenta Montero. Cuando entró en la cárcelya no era socialista, añade el president Illa. Como si al entregar voluntariamente el carné de Ferraz, Cerdán borrase lo que hizo mientras lo tuvo.
Por si el auto les refrescara la memoria, hablamos del hombre que se considera “el arquitecto de los gobiernos” de Sánchez. Cerdán ha estado en la médula del sanchismo desde antes de que se llamara así. Desde el Peugeot y las primarias bajo sospecha de 2014 que le ganó a Madina, a los acuerdos con Bildu y Puigdemont, pasando por la moción de censura.
El hombre que siempre estuvo a la vera de Sánchez está en Soto del Real, y en Moncloa quieren seguir como si no les hubieran fallado todos los controles y, con ellos, los principios. Piden perdón, encargan un par de auditorías y a otra cosa.
El Ejecutivo que llegó al poder mediante una moción de censura contra la corrupción, considera que la corrupción no es un motivo suficiente para dejar el Gobierno que prometió regenerar. Sánchez no ve la contradicción.
La consigna en Moncloa sigue siendo resistir. Como si por dejar pasar el tiempo algo pudiera mejorar su situación. Como si el juez no estuviera investigando adónde fue a parar el dinero. Cuanto más tiempo pase, más corrupción aflorará.
Por eso esta vez la idea de resistir es diferente, no es heroica ni para la izquierda porque es la más avergonzada. Ningún relato se sostiene ya.
Ni el de la regeneración, ni el del lawfare contra el juez que encarceló a Cerdán, ni el del fango contra la prensa que advirtió al presidente de que tenía corruptos en el Gobierno. El último argumento en caerse del guindo es el de Sánchez como la última esperanza para frenar a la extrema derecha.
Resistir en el poder deja de tener sentido cuando retrasando la salida nada puede ir a mejor. Cuando todo apunta a que falta mucha corrupción por salir, y tanto el juez como la UCO así lo indican, cuanto más aguante Sánchez en el Gobierno, más deteriorará al PSOE y mejor armada va a estar la oposición cuando llegue la cita electoral. Acorralado por la corrupción, Sánchez no es el dique contra la extrema derecha, sino su combustible.
¿Y por qué Sánchez no da un paso atrás? La coartada no es la democracia, porque solo le habla a la mitad del país. Mitad menguante. Teme que si convoca elecciones venga la otra mitad, la que según las encuestas, cuanta más corrupción aflora, es cada vez mayor.
¡Pero cómo no va a serlo! Cómo no va a ayudar a la derecha que el arquitecto de la legislatura que prometía la regeneración está en Soto del Real por encabezar una organización criminal que afecta al partido y no sabemos a cuántos ministerios.
El último argumento de Sánchez de permanecer en el poder, y sus socios de mantenerle, desgasta sobre todo a su partido, o lo que quede de él, y beneficia a la oposición.
Cuanto más aguanta en el poder la persona responsable de nombrar a Ábalos y Cerdán, mientras el juez los investiga como organización criminal, más desgasta al Gobierno, al PSOE y a las instituciones. Y, por tanto, a la democracia. El enfado y la decepción ante el sistema es su mejor caldo de cultivo de la extrema derecha.
Mientras tanto, sus socios de Sumar exigen “medidas de regeneración democrática contundentes”, como en Esperando a Godot, no se mueven. No concretan ninguna medida más allá de la indignación. Yolanda Díaz se muestra enfadadísima y exige explicaciones al Gobierno como si no formara parte de él. Como dice Rafa Latorre, amenaza con coger la puerta… ¡y quedarse!
Sánchez, en realidad, hace lo mismo. Se dice engañado por los que le han traicionado, sin hacerse responsable de la traición que él mismo ha cometido a sus votantes.
¿Por qué hace año y pico cesó a Ábalos sin ninguna sentencia ni nadie en prisión? Porque Ábalos era responsable de haber nombrado a Koldo, el único imputado entonces. Sánchez entendía que eso era suficiente para abandonar el cargo. ¿Y por qué no se hace entonces responsable entonces de haber nombrado él a Ábalos y a Cerdán, que ya duerme en Soto del Real? ¿Ábalos? ¿Cerdán? No le suenan.
Si Sánchez hiciera caso a Sánchez, haría responsable a Sánchez de la persona que ha nombrado Sánchez para pedir a Sánchez que dimitiera. Pero igual que Cerdán y Ábalos no se reconocen en las grabaciones hablando de mordidas que tiene la UCO, Sánchez no se reconoce en la de veces que subió a la tribuna del Congreso exigiendo dimisiones ante la corrupción. La ajena, se entiende.
La Moncloa salió a negar la existencia de financiación ilegal del PSOE con la misma contundencia que negaba hasta hace diez minutos que Santos Cerdán estuviera implicado en la trama de corrupción. Oír a Pilar Alegría presumiendo de las auditorías externas del partido, al día siguiente de que su último secretario de Organización entre en la cárcel, comprenderá el Gobierno que no tenga mucha credibilidad. Escuchando ayer a la portavoz, sin embargo, queda claro que no lo entiende. Es lo que tiene un presidente delirante.