De Puigdemont a Foucault: la vuelta a la rutina más loca
Andamos normalizando cosas por encima de nuestras posibilidades. Illa se reúne con Puigdemont para amnistiarlo políticamente mientras Sánchez ataca a los jueces y dice que seguirá sin Presupuestos
El presidente de Cataluña, Salvador Illa (i), y el 'expresident' Carles Puigdemont. (EFE/EPA/Olivier Matthys)
Septiembre es el mes de la vuelta a las rutinas. Aunque tienen mala fama, las rutinas pueden ser muy útiles. Una de sus ventajas principales, dicen los psicólogos, es que ofrecen estructura y estabilidad. Ayudan a reducir el estrés. Esto, en teoría, es beneficioso en tiempos de cambios e incertidumbre. Y será por incertidumbres. Claro, que no todas las rutinas son igual de saludables. Otra cosa es que las normalicemos sin darnos cuenta. .
Hay rutinas que se convierten en eso que consideramos normal a base de repetición. Empezar el curso con Puigdemont recordándole al Gobierno que su futuro depende de él es una de ellas. Hace no tanto habría escandalizado hasta al propio Gobierno. Incluso al president de la Generalitat que ahora lo ha ido a visitar. Como si ya que estás en Bruselas, visitar al prófugo del procés que se saltó la Constitución y nunca ha rendido cuentas por ello fuera tan normal como traerse unos Leónidas.
Tanto desde el Gobierno como desde la Generalitat lo llaman "normalización". Y tal vez lo sea en el sentido que le daba Foucault al término. La normalización, decía el filósofo francés, es un proceso que impone el poder para definir lo que es correcto y deseable. El poder va poco a poco definiendo lo que es normal o anormal y, a base de repetición, ideología o propaganda, empiezan a darse por sentado sin cuestionarse cosas que antes escandalizaban.
Andamos normalizando cosas increíbles por encima de nuestras posibilidades. Illa se reúne con Puigdemont para amnistiarlo políticamente al día siguiente de que el presidente del Gobierno diga que no ve inconveniente en seguir gobernando sin Presupuestos un año más (y van tres), pese a que la Constitución le obliga a ello. En esa misma entrevista (después de 14 meses sin dar una, eso también lo hemos normalizado) el presidente Sánchez atacó a los jueces que investigan casos de corrupción en su entorno. El resto son buenos, son solo los que le tocan de cerca los malos, que ya es casualidad.
Puede que sea rutina ya que desde el poder político se ataque al poder judicial, pero no parece una muy saludable para la democracia si se quiere evitar el descrédito en las instituciones. Como tampoco favorece a su crédito que quienes están al frente de ellas no se responsabilicen de nada malo que suceda bajo su jurisdicción, como están haciendo muchos de los presidentes de las comunidades que han sido arrasadas por el fuego, pese a que las competencias de prevención son autonómicas. Ya pasó también con la dana. Otra triste rutina.
También es habitual escuchar estos días que esto no pasa en un país serio. Que lo que estamos viendo en España no pasa en ningún otro sitio. Esta frase deberíamos irla poniendo en cuarentena, ahora que lo anormal empieza a ser lo rutinario también por ahí fuera. Lo vimos en Hungría y en Polonia primero y lo estamos viendo también en Estados Unidos, donde los ataques a los jueces desde la Casa Blanca han cobrado otro nivel.
En la América de Trump ha pasado a ser rutina que el presidente invoque supuestas emergencias de tiempos de guerra lo mismo para desplegar la Guardia Nacional en las ciudades donde gobiernan demócratas que para imponer aranceles, desafiando luego a los jueces que lo declaran ilegal porque consideran que está extralimitando su poder.
En menos de un año, Estados Unidos está viviendo un vertiginoso proceso de normalización de ataque a la democracia liberal que va desde purgas ideológicas entre funcionarios, ataques a las universidades y a los bufetes de abogados, al estrangulamiento de la investigación científica, por no hablar de la persecución a los extranjeros que viven en el país, también aquellos con permiso de residencia. Si hasta las bolsas se han acostumbrado a los vaivenes arancelarios y los ataques a la independencia de la Fed.
Con una oposición débil, el único contrapoder que frena al presidente más autócrata de la historia reciente de EEUU es ahora mismo el judicial. Los tribunales están bloqueando muchas de las políticas de Trump por ilegales, a lo que él responde, como buen autócrata, que los jueces solo quieren interferir en la voluntad popular que, obviamente, él encarna.
Cuando se vuelve rutina despreciar la separación de poderes, las instituciones y los límites constitucionales, lo mismo normalizando la falta de Presupuestos, que la imputación de un fiscal general que atacando jueces molestos que visitando al prófugo en Bruselas, se está allanando el camino para una autocracia, ya sea presente o futura. Una vez normalizadas ciertas cosas que hasta hace poco habrían escandalizado, el que venga después también lo tendrá más fácil. Si Sánchez no quiere parecer un autócrata, convendría que dejara de imitarlos. Las autocracias también están llenas de rutinas.
Septiembre es el mes de la vuelta a las rutinas. Aunque tienen mala fama, las rutinas pueden ser muy útiles. Una de sus ventajas principales, dicen los psicólogos, es que ofrecen estructura y estabilidad. Ayudan a reducir el estrés. Esto, en teoría, es beneficioso en tiempos de cambios e incertidumbre. Y será por incertidumbres. Claro, que no todas las rutinas son igual de saludables. Otra cosa es que las normalicemos sin darnos cuenta. .