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Si los okupas no dieran audiencia
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Marta García Aller

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Si los okupas no dieran audiencia

Es más fácil atraer audiencia y votos a través del conflicto que de la crítica constructiva, igual que es más fácil generar desprecio que entusiasmo

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), escucha la intervención del líder del PP, Alberto Núñez Feijóo (de espaldas), en una sesión de control al Ejecutivo. (EFE/JJ Guillén)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), escucha la intervención del líder del PP, Alberto Núñez Feijóo (de espaldas), en una sesión de control al Ejecutivo. (EFE/JJ Guillén)
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Antes, las habitaciones de adolescentes de todo el mundo estaban llenas de pósters de estadounidenses como Bon Jovi y Madonna. Ahora van ganando Rosalía, Bad Bunny y el K-Pop. Lo que EEUU está exportando con más éxito ya no son tanto tendencias culturales como políticas. Antipolíticas, más bien. La polarización, que empezó antes siendo un fenómeno estadounidense, está más de moda que nunca. Está devorando Occidente y va extendiéndose por el resto de democracias como si fuera un pegadizo éxito del pop.

Como los estadounidenses nos llevan también ventaja en estudiarse a sí mismos, acaba de publicarse un estudio de Harvard junto al MIT, titulado The Business of the Culture War, que analiza las causas de esta polarización a partir del irresistible encanto de las "guerras culturales". Primero colonizaron los medios, luego la política. Las redes sociales llegaron después.

Por más tentador que sea echarle la culpa de todo al algoritmo, el fenómeno es anterior. Echar la vista a los años en que Bon Jovi y Madonna llenaban las paredes, y la MTV y la Fox llegaron a los televisores, ayuda más a entender dónde estamos, según el economista Aakaash Rao.

Tras analizar segundo a segundo la tele por cable, su conclusión es que los canales de noticias empezaron a conseguir más audiencia dando cobertura a temas de inmigración, crimen, género o criticando a las élites, en vez de informando de economía y salud, que era lo que hacían antes. No es lo más importante ni lo que afecta más a la gente lo que engancha. Los conflictos, sobre todo si son culturales, nos atraen más.

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Por eso sube la audiencia hablar de okupas en vez del aumento del precio de la vivienda. Hasta que la crisis habitacional no ha generado suficiente indignación, apenas tenía cobertura televisiva. Los okupas, sin embargo, hace una década que son protagonistas. Y eso que las denuncias por allanamiento o usurpación en 2024 apenas suponen el 0,06% sobre el parque total de viviendas, según el Ministerio del Interior.

Entre tanto, desde 2015, la vivienda en España se estaba disparando: ha subido casi un 50% y el alquiler un 58%, y hay millones de personas que se han visto afectadas por ello. Pero el miedo es uno de los ingredientes clásicos de la audiencia. A ver, no es que la okupación no sea un problema. Hay unas 16.400 denuncias por usurpación o allanamiento al año. Y hay 27 millones de viviendas. Lo dicho, un 0,06%. Es decir, se trata de un problema mucho menos frecuente, pero más atractivo para la audiencia que la subida de precios del mercado inmobiliario y la escasez de viviendas.

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Pasa también con la religión o los conflictos por la lengua en las escuelas, que atraen más atención que los problemas estructurales del sistema educativo en España. Las que más atención suelen tener en los medios (y en el debate político) son las que más conflictos identitarios generan, para desesperación de expertos en Educación como los que traemos de vez en cuando a Pausa.

Esto empezó a acentuarse en los 90 con los canales de noticias por cable, cuando la multiplicación de canales recrudeció la guerra de audiencias. Así se ha ido transformando el paisaje político, alimentando la llamada "guerra cultural", hasta convertirlo en un lugar en el que parece imposible ponerse de acuerdo en nada. Y lo que es peor, que quienes están en desacuerdo están atacando nuestra identidad.

No se trata solo de que los informativos privilegien lo polémico por encima de lo importante, sino que empezaron a colocar en la agenda temas que antes no se consideraban tan relevantes. Y a fuerza de estar más presentes, primero en la televisión y luego en las redes, se volvieron más presentes en la agenda de los partidos.

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Las guerras culturales resultan más eficaces para ganar audiencia porque atraen a quienes normalmente no consumen noticias, en comparación con los asuntos económicos, que solo "roban" espectadores ya interesados en noticias a otros canales.

El mismo fenómeno se ha acentuado en este siglo con las redes sociales. Un grupo de investigadores de la Universidad de Chicago encontró que cuanto más divisivo es el contenido político, o sea, más echa un post la culpa de los problemas al grupo identificado como contrario, más los recomienda el algoritmo. Enfadarse es más viralizable.

¿Cómo no va a aumentar entonces la división política? ¿Cómo no va a escasear el análisis de los problemas reales frente a quienes se ganan la vida, y los clics, azuzando divisiones infladas por interés?

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Los efectos en las democracias son muy concretos: los votantes han pasado en las últimas décadas a considerar los conflictos culturales como los principales problemas del país, y los partidos políticos, a su vez, han ido adaptando sus campañas para responder a esas nuevas prioridades. El resultado es un ciclo en el que se refuerzan las divisiones culturales y desplaza el eje del debate público hacia lugares que, en vez de resolver problemas, los alimentan, como explicaba un reciente artículo del Financial Times.

Es más fácil atraer audiencia y votos a través del conflicto que de la crítica constructiva, igual que es más fácil generar desprecio que entusiasmo. Y, para eso, la construcción de un enemigo cultural es de lo más eficaz. El otro puede ser una raza, una ideología o un género. Además de mucho juego políticamente, da mucha audiencia. Y, encima, podemos encalomarle la culpa de lo que nos pasa de una manera mucho más simple que la que requeriría un análisis complejo sobre empleo, impuestos o salud.

Fomentar la polarización funciona para la audiencia y funciona para movilizar votantes, pero es veneno para la democracia. El partidismo negativo se ha agudizado en cada vez más países, según un análisis sobre el auge de la polarización de The Economist. El diagnóstico es similar: fomentar la crítica identitaria, azuzando el odio al oponente político en vez de la ilusión a un proyecto propio, fomenta el descrédito de las instituciones y daña la credibilidad del sistema. También de los medios, claro.

La tentación por conseguir cuanta más audiencia mejor no explica todo lo que nos está pasando. Pero sí ayuda a entender mejor la tendencia que se va contagiando por las listas de éxitos de la antipolítica. Es difícil abrirse paso en este ecosistema de guerras culturales y conflictos constantes. Pero no imposible. Por eso este artículo lleva ‘okupas’ en el titular.

Antes, las habitaciones de adolescentes de todo el mundo estaban llenas de pósters de estadounidenses como Bon Jovi y Madonna. Ahora van ganando Rosalía, Bad Bunny y el K-Pop. Lo que EEUU está exportando con más éxito ya no son tanto tendencias culturales como políticas. Antipolíticas, más bien. La polarización, que empezó antes siendo un fenómeno estadounidense, está más de moda que nunca. Está devorando Occidente y va extendiéndose por el resto de democracias como si fuera un pegadizo éxito del pop.

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