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Trump envidia a Putin y Putin envidia a Trump
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Marta García Aller

Segundo Párrafo

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Trump envidia a Putin y Putin envidia a Trump

Por inspirador que pueda resultar al imperialismo, los rusos más pesimistas tienen motivos para preocuparse con lo que está pasando en Venezuela

Foto: El presidente de EEUU, Donald Trump (d), y su homólogo ruso, Vladímir Putin. (Europa Press/Archivo)
El presidente de EEUU, Donald Trump (d), y su homólogo ruso, Vladímir Putin. (Europa Press/Archivo)
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Como en todo desmoronamiento del orden global que se precie, a la incertidumbre le sigue una dosis proporcional de ironía. Cómo calificar sino que el Ministerio de Exteriores ruso, ¡el ruso!, describiera el ataque de EEUU a Venezuela de este fin de semana como "una violación inaceptable de la soberanía de un Estado independiente". Cuando se fue haciendo evidente que EEUU se hacía en una operación relámpago con el control del país caribeño, el senador Alexei Pushkov lamentaba el regreso al "imperialismo salvaje del siglo XIX". La Rusia de Putin lamentando que un país viole la soberanía nacional de otro mientras continúa bombardeando Kiev. La ironía no calma la incertidumbre, pero ayuda a mirarla de frente.

Los rusos más optimistas pueden celebrar que el presidente de Estados Unidos normalice el uso de la fuerza para imponer gobiernos títeres y saquear el botín que le plazca, ya sea el petróleo venezolano o las tierras raras groenlandesas. Es exactamente lo que Putin lleva años haciendo y tanto se le reprochaba. Ya no será la excepción, sino la norma, que las grandes potencias pueden saltarse las fronteras que les plazcan para imponer su ley.

En lo que llevamos de 2026, y no ha pasado aún una semana, Trump se ha hecho con el control de Caracas desechando el derecho internacional (y el Congreso estadounidense); y ha amenazado otros países, incluyendo Colombia, con un presidente elegido democráticamente; y, ya puestos, ha amenazado directamente la soberanía danesa en Groenlandia, lo que hace temblar la existencia misma de la OTAN. El mensaje que está lanzando Trump a aliados y adversarios es que la única ley que vale es la del más fuerte. Qué más podía pedirse Putin para Reyes.

Sin embargo, los rusos más pesimistas también tienen motivos para preocuparse con lo que está pasando en Venezuela. Para empezar, porque queda claro que congraciarse con Putin como hizo Maduro no sirve de mucho. Humillar a Maduro es humillar un poco también al que se suponía era su protector. Rusia ha suministrado más de 20.000 millones de dólares en equipo militar al chavismo este siglo, pero el Kremlin ha dejado claro que no sale al rescate de sus pupilos. En Venezuela echa a perder su inversión y su imagen protectora.

Foto: maduro-rusia-venezuela-putin-washington-1hms

Además, desde el punto de vista militar, la operación estadounidense del 3 de enero fue un éxito que ya querría Putin para sí. Cuanto más hábil se muestra Trump militarmente, más pone en evidencia la torpeza de Putin en Ucrania. Que a Trump se le dé bien una conquista, por una parte legitima el uso de la fuerza y la noción imperialista, pero es también un espejo incómodo de lo que Putin está teniendo problemas para lograr.

Lo que ha hecho Trump con Maduro fue de hecho lo que Putin intentó en Ucrania con Zelenski y no le salió. No olvidemos que estos señores imperialistas, además de mucho poder, tienen mucho ego. Así que no es descabellado que se lo anden midiendo.

Supremacía hemisférica

Si Trump deja a Delcy Rodríguez el control tutelado de Venezuela, lo que está promoviendo, más que un cambio de régimen, es un cambio de dictador. Detiene a un tirano sanguinario y corrupto como Nicolás Maduro, para dejar a su mayor cómplice de dictadura subrogada. El régimen no ha sido derrocado, solo tutelado.

Al presidente de EEUU no le interesa la democracia (ni una vez ha mencionado siquiera esa palabra estos días) ni cumplir la constitución venezolana (no le importa la suya, le va a importar la de los demás), sino el control de los recursos estratégicos del país. Así lo ha explicado repetidamente Trump a quien le quiera escuchar.

En Venezuela, Trump presume de que ahora manda él. Y hasta ahora, al menos, no ha mostrado el más mínimo interés en liberar a los presos políticos ni devolver libertades a los venezolanos ni llevar ayuda humanitaria a un pueblo que lleva años pasando hambre por un régimen tan opresor como incompetente. Más que en Noriega en Panamá, a lo mejor se ha inspirado en Lukashenko en Bielorrusia.

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Trump no actúa como un líder democrático cuando reclama la supremacía hemisférica. Ni siquiera piensa como un empresario, porque la colaboración y la confianza son importantes en las empresas y eso a Trump no le importa. Ni la transparencia, ni la legitimidad. El presidente de EEUU está actuando más bien como un gánster que se cree con derecho al pillaje a cambio de ofrecer una falsa seguridad, la de los matones que, si les pagas, te protegen de sí mismos.

No hay más que ver qué países son los que más admira Trump. Es fácil saberlo, porque lo ha dicho repetidamente. No son los más ricos ni los más libres. Sino aquellos en los que sus élites sí que lo son, como Rusia, Arabia Saudí. En los que los dueños del cotarro se lo llevan todo y actúan como les place, aunque su pueblo viva oprimido.

Los medios rusos pro-Kremlin (valga la redundancia) llevan años proclamando que el mundo se rige por la fuerza y ahora es el presidente de EEUU quien presume de ello. La toma de control de Venezuela formaliza el uso de la fuerza para el saqueo del botín.

Es decir, Trump envidia a Putin y Putin envidia a Trump. Ya quisiera el estadounidense librarse como hizo el ruso de toda esa prensa molesta que le cuestiona y de los jueces y la oposición. En más de cuarto de siglo en el poder, Putin ya ha conseguido silenciarlos a todos. Pero ya quisiera Putin tener el poderío militar de Trump. Claro, que mientras Rusia y EEUU se vayan midiendo la supremacía hemisférica a base de fuerza, lo que desaparecen son precisamente la influencia y los valores democráticos que solían caracterizar Occidente.

Como en todo desmoronamiento del orden global que se precie, a la incertidumbre le sigue una dosis proporcional de ironía. Cómo calificar sino que el Ministerio de Exteriores ruso, ¡el ruso!, describiera el ataque de EEUU a Venezuela de este fin de semana como "una violación inaceptable de la soberanía de un Estado independiente". Cuando se fue haciendo evidente que EEUU se hacía en una operación relámpago con el control del país caribeño, el senador Alexei Pushkov lamentaba el regreso al "imperialismo salvaje del siglo XIX". La Rusia de Putin lamentando que un país viole la soberanía nacional de otro mientras continúa bombardeando Kiev. La ironía no calma la incertidumbre, pero ayuda a mirarla de frente.

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