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Echo de menos la hipocresía
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Marta García Aller

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Echo de menos la hipocresía

Apelar al derecho internacional para protestar contra las amenazas de Trump ha quedado anacrónico de repente. Patético, incluso

Foto: El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters/Evelyn Hockstein)
El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters/Evelyn Hockstein)
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Tiene mala fama. Y, sin embargo, qué necesaria era. Como las cosas realmente importantes de la vida, no te das cuenta de lo importante que es hasta que te falta. Quién nos iba a decir que echaríamos tanto de menos la hipocresía. Las relaciones internacionales, como las familiares, se desmoronan sin ella. Pues eso es lo que le ha pasado al orden global. Con Trump ya no hay que fingir respetar las normas. O mentiras, muchas. U honestidad brutal. Pero no hay término medio. ¿Hipocresía? Ya no.

Antes las guerras de EEUU tenían un pretexto, cierto o no, que daba una cierta sensación de orden global. La mayor potencia global atendía a unas leyes, unos valores, unas leyes que fingía cumplir aunque fuera como coartada. Salvo excepciones, claro. Las excepciones forman parte de la norma. Y son importantísimas.

Que EEUU invadía Irak bajo el pretexto de unas armas de destrucción masiva, desafiando el orden internacional, pues nos escandalizábamos contra sus mentiras y su hipocresía. Sin darnos cuenta de que, en realidad, era esta precisamente la que permitía que el orden mundial permaneciera inmutable.

Antes, cuando EEUU se pasaba por el forro la legalidad internacional, solía tomarse la molestia de hacerlo en nombre de la democracia. Podía colar o no, pero las reglas del juego se mantenían. Aquella, la de Irak, fue una invasión injusta, pero no loca. Había un pretexto, una coartada fallida, una mentira hipócrita. La hipocresía que preservó durante décadas el orden mundial del caos. Porque para protestar contra el que se salta las normas hace falta seguir creyendo en las normas. Y eso es lo que ha cambiado en apenas 10 días. Apelar al derecho internacional para protestar ha quedado anacrónico de repente. Patético, incluso.

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Ahora el presidente Trump presume de ir por el mundo haciendo lo que le place. En una semana ha tomado el control de Venezuela porque, según él mismo dice, le interesa su petróleo. Lo de las drogas como pretexto tampoco se ha molestado en fingirlo mucho, así que no cuenta como hipocresía. "El dominio de Estados Unidos en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado", declaró tras la captura de Maduro.

Una semana más tarde retransmitió su cumbre con las mayores petroleras para repartirse el negocio, por si quedaba alguna duda. No es habitual ver la mayor potencia del mundo negociando el reparto del botín sin haber hecho siquiera el amago de parapetarse en alguna resolución de la ONU, en una votación en el Congreso o, qué sé yo, una declaración solemne por la libertad. Ni se molesta en hacerlo en nombre de la democracia ni de los derechos humanos.

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No le interesa mucho un cambio de régimen en Venezuela, le basta con estabilizarlo siempre y cuando le garantice el control del petróleo. Ha sacado de Venezuela al dictador Maduro en una operación relámpago y ha dejado a su número dos, Delcy Rodríguez, al frente de la dictadura. Tutelada, pero dictadura. Al menos, de momento.

No había terminado de declararse "al mando" de Venezuela y Trump ya estaba amenazando con hacerse con Groenlandia. Por las buenas o por las malas. No sabemos aún cuánto hay de farol, pero de hipocresía ni rastro. Mentiras sí que hay, claro. Con Trump nunca faltan.

EEUU ya tiene bases militares en Groenlandia y podría aumentar los efectivos tanto como quisiera si lo que realmente le preocupara fuera la seguridad en el Ártico. Pero no es eso lo que busca. Lo que hay en Groenlandia son tierras raras y minerales críticos. Y Trump ya sabemos que no gobierna como un presidente al uso, pero tampoco como un empresario, tiene más mentalidad de gánster: amenaza con la fuerza para llevarse lo que quiere. Y, como los matones, si les pagas, te protegen de sí mismos.

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Con la fuerza bruta no hace falta hipocresía. En el desorden mundial ahora rige la impulsividad. Después de las amenazas a Groenlandia, ha puesto el foco en Cuba e Irán. A medida que se ha ido viniendo arriba, Trump presume abiertamente ya de que su voluntad no atiende a leyes, ni nacionales ni internacionales, que el único que le puede parar es él mismo. Así se lo dijo en una entrevista a The New York Times. Así que poco a poco va quedando claro que cuando prometía a sus votantes "America First", lo que realmente quería decir era "yo primero". Lo que él quiera, vaya.

Trump ha venido a darle la razón a Putin en que una potencia puede hacer lo que le plazca con los vecinos. Ni rastro del derecho internacional, vuelve el Salvaje Oeste. Las amenazas a Dinamarca y Colombia dejan claro que los objetivos no dependen de si los países son democráticos o no, ni del narco, ni de ninguna ley, sino de lo que le venga bien al más fuerte en cada momento.

Bienvenidos al caos. A medida que el mundo va aprendiendo a tomarse en serio las amenazas de Trump y las normas que regían en las relaciones internacionales desde la Segunda Guerra Mundial quedan totalmente obsoletas, está por ver quién sale ganando. Puede que ni siquiera el más fuerte. Porque, a largo plazo, el caos es muy costoso.

Lo que realmente hizo próspero a EEUU fue un mundo en el que los países podían, salvo excepciones, confiar entre sí. Esa confianza trajo estabilidad, comercio y prosperidad. Trajo también hipocresía. Y no es lo único que vamos a echar de menos.

Tiene mala fama. Y, sin embargo, qué necesaria era. Como las cosas realmente importantes de la vida, no te das cuenta de lo importante que es hasta que te falta. Quién nos iba a decir que echaríamos tanto de menos la hipocresía. Las relaciones internacionales, como las familiares, se desmoronan sin ella. Pues eso es lo que le ha pasado al orden global. Con Trump ya no hay que fingir respetar las normas. O mentiras, muchas. U honestidad brutal. Pero no hay término medio. ¿Hipocresía? Ya no.

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