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Florentino y Joan, Joan y Florentino: ese parecido razonable
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Alberto Artero

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Florentino y Joan, Joan y Florentino: ese parecido razonable

Lejos quedan los tiempos en los que el mandatario tenía claro para quien gobernaba, sus socios, y quienes eran los gobernados, entre otros, los futbolistas. Nunca más

Foto: Florentino Pérez y Joan Laporta. (AFP7)
Florentino Pérez y Joan Laporta. (AFP7)
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Florentino Pérez y Joan Laporta, Joan Laporta y Florentino Pérez comparten un rasgo común que les acerca mucho más de lo que cabría pensar. Y no, no me refiero a su condición de presidentes de dos de las instituciones deportivas más representativas de nuestro país; sería demasiado evidente. Ni siquiera a ese afán por demonizar al otro sobre la base de cualquier excusa que por algo son más que un club.

No. Hablamos de otra cosa: de su manía de poner las personas por encima de sus entidades y, de este modo, horadar sus cimientos, dañar su prestigio, condicionar las relaciones, dificultar el trabajo o socavar al equipo. Lejos quedan los tiempos en los que el mandatario tenía claro para quien gobernaba, sus socios, y quienes eran los gobernados, entre otros, los futbolistas. Nunca más. Y siendo así, están creando las condiciones tanto para la ruina moral de sus respectivas ‘casas’, como para la personal de aquellos a quienes sitúan en los altares y que huelen ya de lejos a juguete roto. Si no, al tiempo.

Le pasa a Joan con Lamine y a Floro con Vinicius.

Aún resuenan en el Barça los ecos de destierros más que sonados de jugadores a los que se les iba la cabeza -y también la entrepierna- cuando eran jovencitos y a los que prefirieron dar pasaporte antes de que los problemas fueran a mayores. Ahora nos encontramos con un chaval que celebra sus 18 como los celebra; que colecciona chicas que vienen y van de su barco; que se escapa en helicóptero estando lesionado; que se salta las normas de los entrenamientos y no pasa nada, o que juega al trilero con los equipos médicos de la Selección aconsejado por no se sabe quién. 18 años, insisto. La cosa, como que no pinta bien.

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Y, en lugar de encontrarse con límites que es lo que pide esa edad, por mucho dinero que se tenga, por muy ‘mejor delantero del mundo’ de que se trate -si es que lo fuera-, lo que hacen los que le rodean es expandirlos, alimentando aún más a la fiera. A ver si con esas sucesivas lesiones que, de cronificarse, convertirían todo este circo en una burda ilusión, consiguen que el chaval se embride, ya que no lo puede hacer su entrenador. Porque claro, donde hay patrón, poco manda marinero, por muy germánico que sea. De su entorno, mejor no hablar. Basta con echar un vistazo para salir corriendo.

Lo de Vinicius es harina de otro costal. Muy parecido en el fondo, pero distinto en la forma. Lo que hace el brasileño en su vida privada no desentona demasiado con lo habitual en su clase y condición, guste o no. El problema, por tanto, no nace de él -o sí- sino de su presidente. Desde el momento en que de algo simbólico que surge de una votación, como es el Balón de Oro, arremetes contra todo y contra todos, no solo pierdes tu legitimidad como dirigente -para cuándo las grandes batallas (¿alguien ha dicho Superliga?) o las justificaciones importantes (¿he oído sobrecoste?)- sino que creas las condiciones para que uno suba a los altares y el resto baje a los infiernos. Que se lo digan, si no, al pobre Xabi Alonso, ahora en la cuerda floja.

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Qué tiempos aquellos en los que Santiago Bernabéu bajaba al vestuario y todos se cuadraban. Ni media broma. O cuando el himno del club identificaba como seña de identidad ese ‘cuando pierde da la mano’ que acompañó toda nuestra infancia. Mamporrear desde Real Madrid TV se ha convertido en el pan nuestro de cada día, poco importa que detrás de los señalados por sus comentaristas haya personas con derecho también a equivocarse. Ni ‘caballero del honor’, ni ‘noble y bélico adalid’, ni ‘sin envidias ni rencores’. Este es el nuevo Madrid. El cambio de música y letra era toda una declaración de intenciones. Como ha quedado demostrado.

Es necesario recuperar la cordura, volver a los valores que condujeron a ambas instituciones a donde se encuentran actualmente en términos de prestigio, relevancia e influencia. Situar cada uno de sus peones en su justo lugar para que el conjunto, que es lo que queda, predomine siempre por encima de cada uno de sus integrantes que, por naturaleza, están de paso. Y así, dejar hacer al que tiene que hacer y no hacer lo que no hay que hacer, evitando de esta manera los parecidos razonables. ¿Serán capaces?

Es de cajón, puro sentido común.

Florentino Pérez y Joan Laporta, Joan Laporta y Florentino Pérez comparten un rasgo común que les acerca mucho más de lo que cabría pensar. Y no, no me refiero a su condición de presidentes de dos de las instituciones deportivas más representativas de nuestro país; sería demasiado evidente. Ni siquiera a ese afán por demonizar al otro sobre la base de cualquier excusa que por algo son más que un club.

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