Irene Montero, Pablo Iglesias y el timo de la estampita de Podemos
Lo más triste no es que hayan medrado políticamente para enriquecerse particularmente, sino que jugaron con la ilusión de mucha gente, aquellos que pensaron que había otra forma de hacer política
El exvicepresidente del Gobierno Pablo Iglesias, y la exministra de Igualdad Irene Montero. (Europa Press/Alberto Ortega)
Los más viejos del lugar se acuerdan de la mítica escena de Tony Leblanc en ‘Los Tramposos’ donde a un incauto recién llegado a la ciudad cae en el timo de la estampita. Creyendo que se hacía con un fajo de billetes que un tonto se había encontrado en la calle, se encontraba entregando todo lo que tenía a cambio de lo que resultaba ser una ristra de papeles sin valor.
Pues qué quieren que les diga, es ver la escena y acordarme de Pablo e Irene,de Irene y Pablo. Iglesias y Montero, claro está, que no Urdangarin.
Aprovechando la inercia del 15-M, se dedicaron a enseñar euros en forma de regeneración, derechos sociales y participación ciudadana a miles, millones de incautos que se creyeron que lo que había detrás era algo más que lo que luego ha quedado probado: un plan establecido de antemano para llegar a donde llegan todos los neocomunistas que engañan a las masas: a disfrutar una vida que para el resto es inalcanzable.
No se me echen las manos a la cabeza, ni pongan su artillería mediática dirigida a mi yugular.
Que si el chalecito, que si vacaciones en Menorca, que si los niños al colegio privado, que si la seguridad 24/7, que si los viajes a Nueva York a costa de nuestro bolsillo… Y, todo ello, sin despeinarse. Qué va. Lo que sorprende es que levanten la mano en busca de nuevos ilusos que les sigan financiando la fiesta y aún haya quien acuda a la llamada, que es importante que el sultán no apoquine, que no le da para tanto lujo. Cosas de Garibaldi.
Lo más triste del tema no es que hayan medrado políticamente para enriquecerse particularmente, sino que jugaron con la ilusión de mucha gente que se creyó su cuento: aquellos que pensaron, no sin razón, que, más allá de cualquier programa, había otra forma de hacer política. Pero, oye, fue tocar poder y si te he visto, no me acuerdo. Objetivo personal cumplido. Y al pueblo, pues eso: que le den. Lo extraño es que aún se les tenga en consideración.
Me gustaría saber, y esa es la pregunta que si fuera votante de Podemos, o de cualquiera de sus confluencias, me haría, cuál ha sido la aportación de esta pareja devenida en clase media-alta -¿he oído clase o era casta?- al conjunto de la política nacional, cuál va a ser su legado, su huella. Oiga, que me cuesta, más allá de decisiones que comprometen la viabilidad del sistema o que, cierto es, mejoran las condiciones de los más necesitados, pero a costa de quienes les dan empleo y oportunidad.
Puede que esté equivocado porque llevo tiempo sin escribir de estas cosas y alejado un tanto de la realidad, pero me da que no. No sé por qué, intuiciones que tiene uno. Basta con ver lo último de las pulseras antimaltrato. Que todo lo que tocan lo rompen, vaya.
Ahí tenemos a Albert Rivera que soñando con convertirse en estadista se quedó en un oportunista que traicionó a una Catalunya que le había votado a mansalva e impidió con su estulticia que hubiera un Gobierno con contrapeso al primer Sánchez, que de buena nos hubiéramos librado después. Razones distintas, algún día se sabrá lo que sucedió en esas semanas, pero un mismo final del camino: decepción tras decepción.
Y mientras, Pablo e Irene e Irene y Pablo, felices como perdices. Porque ellos sí sabían lo que querían y ellos sí están donde querían estar. Y da igual todo lo dicho en el pasado -qué traidora es la hemeroteca- porque era la estampita, el engañabobos, la triquiñuela para que los demás picaran. Éxito total. Y como es necesario que alguien -Gobiernos foráneos aparte, si los hubiera- siga pagando la fiesta, pues sigo pontificando mientras sirvo copas o me quito el sostén y me voy a vociferar a la Vuelta rodeada de guardaespaldas, que esa foto no tiene precio.
Lástima que tenga que terminar el festival de hoy. Pronto volveremos con más reflexiones. Pero, sea como fuere, aprendamos unos, otros y los demás allá a no dejarnos vencer por los cantos de sirena. Porque sabíamos de dónde venían ambos y era previsible intuir, la historia siempre se repite, dónde iban a terminar.
Como así ha sido.
Es de cajón. Puro sentido común.
Los más viejos del lugar se acuerdan de la mítica escena de Tony Leblanc en ‘Los Tramposos’ donde a un incauto recién llegado a la ciudad cae en el timo de la estampita. Creyendo que se hacía con un fajo de billetes que un tonto se había encontrado en la calle, se encontraba entregando todo lo que tenía a cambio de lo que resultaba ser una ristra de papeles sin valor.