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Julio Iglesias, sátrapa, adicto pero ¿abusador?
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Alberto Artero

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Julio Iglesias, sátrapa, adicto pero ¿abusador?

Una cosa es la persona, otra el personaje. Pensar que no se puede juzgar una de manera independiente del otro es pueril. Julio será siempre eterno en lo musical. Nadie le pide que sea un santo en lo personal

Foto: Julio Iglesias. (EFE/Archivo/Thais Llorca)
Julio Iglesias. (EFE/Archivo/Thais Llorca)
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Pues resulta que servidor justo había terminado de leer la biografía no autorizada de Julio Iglesias, El español que enamoró al mundo, de Ignacio Peyró, cuando elDiario.es publicó la exclusiva acerca de los posibles abusos a sus empleadas por parte del cantante. Dos días antes, para ser más exacto. ‘Timing’ perfecto se llama esto.

Mi impresión del libro, que no deja de ser un compendio de otros muchos libros y reportajes publicados sobre el artista a lo largo de los años, es de prosa fácil en lo formal, de humor contagioso en lo espiritual y de apuntar sin dar en lo esencial. Tiene la delicadeza de no entretenerse demasiado en las partes más morbosas del personaje, pero deja la sensación también de ser un ‘quiero y no puedo’, de intentar contentar a todos, el primero de ellos, al propio Julio.

De él se colige que, como todo en la vida, en la construcción del mito ha habido algo de suerte, mucho de talento y, sobre todo, dosis ingentes de trabajo. No se puede negar lo que Julio Iglesias ha sido, lo que es y lo que ojalá siga siendo en el imaginario colectivo de los españoles. Se lo ha ganado con creces. Pero lo cortés no quita lo valiente y de la lectura del texto se derivan algunos rasgos de personalidad, cuando menos, preocupantes que podrían, mal aplicados, dar carta de naturaleza a las acusaciones.

Foto: julio-iglesias-pide-el-archivo-de-las-agresiones-sexuales-por-falta-de-competencia-de-espana

Julio Iglesias sería un sátrapa. Probablemente, como muchos de aquellos a los que la sociedad ha situado en un pedestal a resultas de su actividad. Inseguro en su adolescencia y juventud, buena parte de esas carencias las ha suplido con un nivel de perfeccionismo y de autoritarismo que han condicionado la vida de los que le rodean. La DRAE define 'sátrapa’ como ‘persona que gobierna despótica y arbitrariamente y hace ostentación de su poder’. Y, siendo sinceros, uno tiene dudas de que, sin ello, pudiera haber alcanzado los éxitos en, por ejemplo, un Estados Unidos donde tuvo a todos locos durante muchos, muchos meses. Debía, probablemente, ser así.

Julio Iglesias sería un adicto. Bien se cuida Ignacio Peyró de pasar por encima de otras ‘aficiones’ distintas del sexo, pero es evidente que lo que durante muchos años se ha comprado como un éxito envidiable del músico con las mujeres, tiene todos los tintes de una adicción. Todo giraba alrededor de la cama, continente y contenido. De una en una, de dos en dos y de tres en tres. Antes de los conciertos para afinar la voz, después de ellos para relajarla y siempre porque sí. Y de todos es sabido que las adicciones piden siempre más y no menos. Y que tienden a despersonalizar y a cosificar las relaciones. A sacar de la realidad. Y esto es siempre un problema. A veces, el problema.

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Sátrapa y adicto, pero ¿abusador? De los dos primeros atributos se podría colegir el tercero. Sin embargo, la realidad es tozuda: si de verdad han sido miles de mujeres las que han pasado por las sábanas del cantante, ¿cómo es que ninguna, salvo estas dos, le ha denunciado? Caben dos escenarios: o bien lo que sucedía en la casa eran relaciones consentidas en todos sus términos y, por tanto, aquí paz y después gloria, o bien, cuando no era así, se solucionaba como se solucionan estas cosas. De hecho, es frecuente, cuando de artistas se trata, el que los ‘invitados’ y/o empleados firmen un acuerdo de no difusión y de liberación de responsabilidades con o sin componente económico. Nunca lo sabremos, pero uno tiende a pensar que, de haber habido abuso, sería más psicológico -fascinación por el personaje que lleva a hacer lo que él dice, anulando la personalidad- que físico stricto sensu. A saber.

Vuelta al principio, nadie le puede negar a Julio Iglesias su mérito profesional. Pero eso no quita para reconocer sus fallas en lo personal, sin algunas de las cuales le hubiera sido imposible llegar a donde ha llegado. Hizo soñar a una España en búsqueda de identidad interna y de proyección exterior. Fue, en efecto, el español que enamoró al mundo. Su legado es innegable. Pero, para los que hemos trabajado en medios, lanzar una exclusiva como la de elDiario sin tenerlo todo bien atado es suicida. Por eso, no confundamos: una cosa es la persona, otra el personaje. Pensar que no se puede juzgar uno de manera independiente del otro es pueril. Julio será siempre eterno en lo musical. Nadie le pide que sea un santo en lo personal. Con casi total seguridad, nunca lo fue.

Es de cajón, puro sentido común.

Pues resulta que servidor justo había terminado de leer la biografía no autorizada de Julio Iglesias, El español que enamoró al mundo, de Ignacio Peyró, cuando elDiario.es publicó la exclusiva acerca de los posibles abusos a sus empleadas por parte del cantante. Dos días antes, para ser más exacto. ‘Timing’ perfecto se llama esto.

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